
Hacia 1968, el mundo estaba en medio de un fuego cruzado. Revoluciones, guerras, reivindicaciones alucinógenas por doquier y la música pop atravesando los quicios de todas las puertas. Era el momento de cantarle a la modernidad, a los sueños libertarios, de reafirmar el derecho a vivir de manera libre y salvaje bajo el amparo de lo que se nos viniese en gana. Pero, alto, no todos están de acuerdo; hay en la comarca alguien que desea regresar a la campiña, holgazanear en la rivera de un río mientras disfruta de una exquisita mermelada de fresa. Sí, nuevamente Ray Davies, el díscolo de la clase, consideraba que lo mejor que podía hacerse era agarrar las petacas y largarse lejos de las luces de la metrópoli, donde los animales reales juegan.