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	<title>surruido &#187; Literatosis aguda</title>
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	<description>Ruido desde el Sur</description>
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		<title>Historias sobre amor y otras traiciones: Richard Russo y El Puente de los Suspiros</title>
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		<pubDate>Wed, 26 May 2010 18:37:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Burgos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[El Puente de los Suspiros]]></category>
		<category><![CDATA[Richard Russo]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Qué puede haber de revelador o apenas interesante en construir una narración a partir de vidas corrientes? Por corriente, aclaremos, nos referimos a esas existencias que parecieran tener una ruta de viaje más o menos definida, sin grandes fracturas o al menos unas que se gestan con tal pausa que son tan difíciles de pesquisar como el crecimiento de un roble: crecer, trabajar, armar una familia, ganarse la vida lo más dignamente posible y, bueno, esperar el desenlace en la mejor posición de paz con uno mismo y los otros. Así, tirado a la cara, no parece un pastel muy apetitoso. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Qué puede haber de revelador o apenas interesante en construir una narración a partir de vidas corrientes? Por corriente, aclaremos, nos referimos a esas existencias que parecieran tener una ruta de viaje más o menos definida, sin grandes fracturas o al menos unas que se gestan con tal pausa que son tan difíciles de pesquisar como el crecimiento de un roble: crecer, trabajar, armar una familia, ganarse la vida lo más dignamente posible y, bueno, esperar el desenlace en la mejor posición de paz con uno mismo y los otros. Así, tirado a la cara, no parece un pastel muy apetitoso. Pero no sé, hay novelistas o una tradición de éstos, los norteamericanos específicamente, obsesionados con el escondrijo de lo común, de las características más pedestres de los ciudadanos. ¿Por qué les interesa esto y no las grandes sagas, historias donde se pruebe el tesón y el ingenio del ser humano? Quien sabe, lo más probable es que esa normalidad, ser capaz de transmitir y forzar una sensación de estabilidad permanente, lleva consigo el arrastre de kilos y kilos de sedimentos: negaciones, traumas, fracasos, errores gruesos y todo esto a escala exponencial, finalmente determina el lugar donde todos vivimos nuestras existencias.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/puente-de-los-suspiros.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4232" title="puente de los suspiros" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/puente-de-los-suspiros-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a>Richard Russo es un tronco del bosque de los investigadores de lo cotidiano. Él dice venir de Richard Yates, el otro Richard, aquel de malos hábitos, abusivo y entreverado en dinamitar familias. Y es contemporáneo de un tercer Richard, Ford, metido en la casi absurda idea de levantar la existencia de un hombre que un tiempo tuvo cáncer, otro fue periodista y un siguiente corredor inmobiliario, tomándose cuatro décadas y tres novelas, solo para contarnos como un alter ego se las arreglaba para pasar unos cuantos feriados junto a familiares. En fin, que la incontinencia es también una cercana colaboradora de Russo, particularmente en la novela que llama estas líneas, El Puente de los Suspiros.</p>
<p>Russo nos pone en un pueblo del noreste norteamericano. Un villorrio dependiente hace muchos años de la industria de la curtiduría y que, poco a poco, amén de un país que se desarrollaba y de una comunidad que ya tenía poco que ofrecer al crecimiento de su zona, se fue apagando y convirtiendo en un caserío de pocas o casi nulas expectativas. Pero los tiempos de gloria de Thomaston –nombre de la localidad- no fueron gratuitos: la curtiduría, luz y garante de sus vecinos, contaminó sin tapujos el río que cruza el pueblo: años después, aparte de pobreza, los habitantes de Thomaston deberán lidiar con sinnúmeros casos de cáncer. Entre éstos el padre de Lou “Lucy” Lynch, protagonista de esta historia. Lou es como su padre, ingenuo hasta la torpeza, bondadoso pero quizá demasiado ciego al no revisar que hay cosas que no basta con desear que vayan bien para que así sea y que irán a mal aunque uno busque lo contrario, y por tanto se debe estar preparado. Su familia regenta un negocio de abarrotes que no tiene la fuerza suficiente para generar prosperidad sino apenas una sobrevivencia magra; y la madre de Lou sabe de esto, de las complicaciones que acarrea la falta de una sana cuota de cinismo, de no sospechar un poco más de lo que ocurre alrededor y mantenerse sobreaviso. Y de aquí en adelante, durante 700 páginas, asistimos a una auténtica saga familiar, social y más allá. Un monumento literario que es capaz de armarse de materiales de baja ley para mostrarnos cómo y cuán extraordinario puede ser el proceso de vivir y elevar una creencia acerca de cómo deben hacerse las cosas.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/RR-RichardRusso.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4233" title="RR-RichardRusso" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/RR-RichardRusso-200x300.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a>Lou jamás salió de su pueblo natal. Dice que nunca lo requirió, que nunca sintió esa pulsión. A diferencia de su mejor amigo de la infancia y adolescencia, Bobby Marconi, quien sí apenas tuvo oportunidad de romper las cadenas con un entorno asfixiante y propiciar el caos, abandonó su antigua vida para ya no volver más a los confines de Thomaston. A diferencia de su amigo, quien se conformó con heredar el almacén de manos de su padre, Marconi fijó residencia en Europa y se convirtió en un afamado pintor. Es en este antagonismo, el de Lou y Bobby, el ingenuo y el cínico -ambos, además, enamorados de la misma chica-, el pasivo y el inquieto, donde reposan los cimientos de la novela de Russo.</p>
<p>Una aventura de cuarenta años, en que lo principal que vemos son  reuniones de un clan a la mesa, en la hora del desayuno o la cena, compartiendo a través de los ritos de poner una mesa, limpiar platos y abrir las ventanas, las coordenadas que les permiten interpretar el mundo de formas tan irreconciliables; la apertura diaria de la cortina del emporio en que la familia Lynch se ganó la vida por varias generaciones; clases del colegio de Bobby y Lou  a cargo del padre de Sarah, la mujer que lo une y separa, futura mujer de Lou pero a la vez intensamente enamorada de Bobby. Gestos, conversaciones, leves señales, que una tras otra, como un inmenso bolo, van dibujando un fresco literario en que la vida –concibiendo ésta como el espacio doméstico, abrumadoramente doméstico, donde finalmente peleamos todas las batallas que valen la pena disputarse- aparece con un leve desfase en relación a la realidad. Porque quizá la literatura trata de eso: de propiciar misteriosamente un leve retardo de reacción frente a la materia incandescente del aquí y ahora, y por tanto su tiempo, único y elástico, es capaz de captar y trocar lo efímero en permanencia, el sueño en vigilia inquieta, y cada pequeño paso en un incontinente reguero de insospechadas consecuencias.</p>
<p>Demás está decirlo, pero bueno, digámoslo: El Puente de los Suspiros es una obra maestra. Un espeso caldo narrativo que en su sigiloso entramado aturde y conmueve. Y sobre todo, alienta como pocas cosas la fijación en el incesante ruido blanco con que nos levantamos cada mañana.</p>
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		<title>Philip K. Dick: Caleidoscopio de realidades</title>
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		<pubDate>Fri, 07 May 2010 19:23:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[Philip K Dick]]></category>

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		<description><![CDATA[Mediados de los sesenta. Luego de la victoria alemana en la segunda guerra, el mundo fue repartido políticamente entre los tres países del Eje. Estados Unidos constituye un ejemplo de la hegemonía global: la costa este es regida por los nazis; California y sus alrededores son una suerte de protectorado japonés, y el centro del territorio pasa por una zona neutra con claro ascendente racial ítaloamericano.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mediados de los sesenta. Luego de la victoria alemana en la segunda guerra, el mundo fue repartido políticamente entre los tres países del Eje. Estados Unidos constituye un ejemplo de la hegemonía global: la costa este es regida por los nazis; California y sus alrededores son una suerte de protectorado japonés, y el centro del territorio pasa por una zona neutra con claro ascendente racial ítaloamericano.</p>
<p>La cultura resulta una extraña mezcla de estos distintos elementos, y las ideologías son híbridos que someten a los ciudadanos a un estado de sumisión y pasividad mental. Un mundo donde, en apariencia, no tiene espacio la rebeldía. En medio de este clima neocolonial, circula una novela peligrosa que transmite una idea inquietante. ¿Qué pasaría si los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, hubiesen ganado la guerra? ¿Y qué tal si eso fue lo que ocurrió en realidad? ¿Cómo estar seguros de que lo que vivimos es el efectivo producto de la historia, y no una proyección ilusoria de un presente meramente posible?</p>
<p>Preguntas como ésta surgen a cada paso de la lectura de la obra de Philip K. Dick (1928-1982), no por nada considerado como uno de los autores fundamentales de ciencia ficción del siglo XX.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/HombreCastillo.png"><img class="alignleft size-medium wp-image-4176" title="HombreCastillo" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/HombreCastillo-170x300.png" alt="" width="170" height="300" /></a>La idea recién mencionada proviene de la trama de “El Hombre en el Castillo”, novela ganadora del premio Hugo, en 1962, y cabal ejemplo de maestría en un arte tan resbaladizo como lo es la ucronía. O en este caso quizás habría que hablar de una meta-ucronía: un desliz en el curso del tiempo encerrado dentro de otra discontinuidad alterna. Las realidades, tal vez, operan de manera yuxtapuesta. Acaso basta con un esfuerzo, o luxación de la percepción, para apreciar este hecho. Después de todo, lo que vemos del mundo no es sino la representación de nuestra fina sensibilidad espacio temporal, una estructura por lo demás frágil y nada segura, ontológicamente hablando.</p>
<p>Dice Rodrigo Fresán, en conversación con otro Roberto, Bolaño, que la lectura de corrido de varias obras de Dick podría producir una dislocación en nuestra usual percepción del espacio &#8211; tiempo que vivimos. Podríamos agregar que ese ejercicio, cuando menos, mueve a la sospecha. Una posibilidad ciertamente terrorífica, ya que si la consistencia de lo real es así de blanda, nada nos asegura que cuanto vemos, vivimos, amamos y recordamos, pueda ser una feble construcción cognitiva entre otras muchas posibles. Una alucinación, pero no individual sino intersubjetiva. La locura no existe como diagnóstico particular, dado que no hay un parámetro de normalidad sobre el cual justificarla. Y puede que solo desde ella se deje apreciar la esencia de las discontinuidades. ¿Alguien se ofrece de voluntario para la prueba?</p>
<p>Ejemplo de visión alterada es Manfred Steiner, el niño autista de la soberbia “Tiempo de Marte”. En las colonias del vecino planeta la vida no es fácil; a las áridas condiciones de existencia se agregan algunas incomodidades extras, como los niños. Quienes nacen en Marte son levemente distintos. No completos deformes, ni decididamente retardados, pero sí extrañamente retraídos, reacios a aprender el lenguaje, faltos de empatía, “más parecidos a un animal tenso y vigilante que a un niño”. Existe una teoría al respecto que dice que los nativos perciben la realidad en un tiempo levemente acelerado. El mundo pasa ante sus ojos como una película en cámara rápida. No pueden apercibirse del lenguaje; a sus oídos, las palabras se expanden en sonidos inarticulados. De hecho, no ven lo mismo que los seres “normales”. Ni siquiera viven el mismo presente. Estimulado por estas ideas, y sobre todo por la posibilidad de que Manfred sea capaz de ver el futuro –y por ende un camino seguro para hacer fortuna-, Arnie Kott, un prepotente político local, se obstinará en tender un puente artificial de contacto entre “su” mundo y el del niño autista. La gran dificultad será establecer una comunicación en regla. Pero cuidado con lo que se desea: el ambicioso plan del sindicalista puede derivar en un horror que más valdría dejar oculto.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/philipdisck.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4177" title="philipdisck" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/philipdisck-214x300.jpg" alt="" width="214" height="300" /></a>La multiplicidad de realidades no solo puede abrirse a los seres considerados anormales. Dick explora asimismo las posibilidades que encierran las religiones y las drogas a este respecto. Siempre y cuando consideremos que ambas son cosas distintas. En “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”, por ejemplo, la religión y el uso de cierta droga son una unidad, una consubstanciación análoga a la de ciertos misterios clásicos del cristianismo, como la unión del padre y el hijo. Su resultado es una comunión, una esencia material indispensable para la vida de los colonos en otros planetas; en rigor, dicho milagro constituye la única posibilidad de sobrevivir a unas condiciones de vida insalvables, el último vestigio de sentido al cual aferrarse. Sacrificar la propia cordura, en este contexto, pasa por una necesidad vital. Al igual que ocurre con los dudosos humanos de “¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?” (llevada al cine por Ridley Scott, con mucho menos ambición, bajo el título de “Blade Runner”). Aquí, la extraña religión del mercerismo es también puerta de entrada a una dimensión paralela, por así llamarla, en la cual los hombres purgan sus faltas transfigurándose en Mercer, suerte de mezcla entre Cristo y Sísifo; apedreado por toda la eternidad, Mercer se ve condenado a repetir incesantemente un camino de dolor “por la salvación de toda la humanidad”. La vida cotidiana se sostiene en esta creencia y en un sistema de programación mental que permite a las gentes elegir estados anímicos templados y agradables, todo bajo el telón de un payaso que repite en televisión una sarta de noticias monotemáticas que reivindican la normalidad del día a día.</p>
<p>El futuro anticipado por Dick es siempre consecuencia de una devastación. Una gran guerra o un cambio climático irreparable (en tiempos en que el tema no era la moda de turno), que obliga al hombre a valerse de artificios tecnológicos que funcionan mal, la mayoría de las veces, o bien son decididamente inútiles. Los paisajes de estos mundos están siempre poblados por cerros de chatarra, y no es casual que sus héroes sean casi siempre técnicos, tipos que reparan cosas, representantes de un proletariado cuya función es indispensable en un mundo donde la disfunción es la impronta de todo proceso industrial. Los artefactos revelan un mundo creado y el ingenio de quienes los idean y fabrican, pero, a diferencia de las obras de arte, están muy lejos de la perfección, e incluso del criterio de lo óptimo. La tecnología deja en el paisaje un zurullo indeseable y absurdo. En “¿Sueñan los Androides…?”, Dick bautiza a esta materia inservible como kippel. El mundo está lleno de esta residualidad que no se ocupa, no se piensa en ella, solo se acumula. ¿Y quién nos dice que la cantidad de kippel pueda un día ser tanta que produzca una aceleración en la natural entropía del universo?</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/eldritch.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4178" title="eldritch" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/eldritch-200x300.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a>No se puede sentir seguridad leyendo a Dick. Ni siquiera la propia consistencia escrita de sus relatos puede tranquilizarnos. Paradójicamente, el despertar de la paranoia puede provocar en el lector accesos de fe insospechados. Leyéndolo, de pronto damos crédito sincero a algo que de otro modo pasaría como un simple desvarío. La prosa de Dick tiene un raro poder sugestivo; sus ideas, a diferencia de otros autores del género, son dichas con una claridad tal que no precisa de sofisticados argumentos para sostenerlas con verosimilitud. Entrar en contacto con ellas es algo perturbador. Pero no es suficiente con decir eso. Quizás convenga, a fin de cuentas -y para prescindir de eufemismos-, volverse un poco esquizoide al leerlo.</p>
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		<title>Philip Roth: El conjurado contra América</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Apr 2010 19:39:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo Cavieres</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[Philip Roth]]></category>

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		<description><![CDATA[Philip Roth (Newark, 1933), es sin duda uno de los escritores norteamericanos de ascendencia judía más importante de los últimos veinticinco o treinta años. En un comienzo profesor universitario de escritura creativa y literatura comparada, actividades que conjuga luego con la de editor y ensayista, Roth deja la pedagogía definitivamente para asumir la voz de un “cronista” insurrecto que habla precisamente de los judíos y toca cada uno de los puntos a los que son tan sensibles y afectos, y, por supuesto, no los deja bien parados]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Philip Roth (Newark, 1933), es sin duda uno de los escritores norteamericanos de ascendencia judía más importante de los últimos veinticinco o treinta años. En un comienzo profesor universitario de escritura creativa y literatura comparada, actividades que conjuga luego con la de editor y ensayista, Roth deja la pedagogía definitivamente para asumir la voz de un “cronista” insurrecto que habla precisamente de los judíos y toca cada uno de los puntos a los que son tan sensibles y afectos, y, por supuesto, no los deja bien parados. La infancia trascurre siempre en un barrio de clase media semi marginal y trabajadora, perímetro sofocado por una imponente figura materna sobreprotectora, estricta, castradora y culposa. Entre la búsqueda y la revelación aflora la sexualidad, pero descrita generalmente desde el deseo y la obsesión enfermiza; la problemática de la identidad y de la consciencia en tierras extranjeras, ni dudarlo, asunto obligatorio; la política, también, e inmediatamente surge la descarnada crítica al sistema que en gran medida ellos mismos han dado forma. La hipocresía y la moral absolutamente trastocada es un recurrente ruido de fondo sobre el que Roth despliega con gran ingenio las más atractivas anécdotas de la vida cotidiana y las delicias de la miseria humana. Un despiadado juego, un ejercicio perfecto, de peligrosa mezcla entre ficción e implacable memoria personal. Y entre esos límites, Nathan Zuckerman, el más delineado alter ego del escritor, es quién con un fino sarcasmo y elegante humor jode cada tanto a esta poderosa comunidad y desgrana en detalle cada una de sus fantasías, triunfos y por sobre todo las derrotas.</p>
<div id="attachment_4049" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/04/philip-roth2.jpg"><img class="size-medium wp-image-4049" title="philip-roth2" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/04/philip-roth2-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a><p class="wp-caption-text">“La audacia debe tener un objetivo, pues de lo contrario es de pacotilla, superficial y vulgar”</p></div>
<p>Premiado hasta el cansancio, Philip Roth lo ha ganado todo: el National Book Award, el National Book Critics Circle Award y el Pen/Faulkner, todos en dos oportunidades; el Pulitzer, el Ambassador Book Award, el Pen/Nabokov, la Medalla Nacional de las Artes, la Medalla de Oro de Narrativa, etc…, todo, todo menos el Nobel, premio que obviamente nunca le otorgarán por más que lo postulen una y otra vez, porque sencillamente y como todo gran escritor, Roth es políticamente incorrecto, no se anda con cuentos y saca ronchas mientras escribe sin parar. Publica y publica novelas nuevas cada, más o menos, 18 meses, y si bien algunos de los últimos libros son meros retoques de ideas mejor expuestas ya mucho antes, como un ejercicio que expele ese olorcillo de compromiso contractual más que de necesidad literaria, Roth no tiene nada que demostrarle a nadie y menos a estas alturas de su vida. El maestro es inagotable y trabaja fuerte, día a día, casi sin pausas, contra el tiempo, seducido por el tema de la muerte.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/04/philip_roth_med.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4050" title="philip_roth_med" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/04/philip_roth_med-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a>Háganse un favor y lean su “trilogía americana”, que finaliza de manera espléndida con esa gran novela llamada “La mancha humana” (2000). Devórense “El Teatro de Sabbath” (1995) y den rienda suelta a sus más bajos instintos; vamos, “El mal de Portnoy” (1969) está reeditado a precio módico y seguro disfrutarán con los monólogos su protagonista; “Elegía” (2006) no está nada mal y “Patrimonio” (1991) llega a ser enternecedora. Cualquier libro que escojas te dejará la misma sensación: Philip Roth es un profesional, seco, riguroso. No se sienta frente a su escritorio a tratar de modelar frases bonitas, a esperar la inspiración divina. El viejo boxea con la literatura y con la vida como si nada; lleva años haciéndolo y con la muerte rondándole muy, muy de cerca. Es el cáncer que no lo deja tranquilo; y como es un hueso duro de roer, no te lo hace fácil y no es ni por si acaso amable con su prosa, porque sabe lo que dice y el efecto que eso causa en sus lectores, seguidores y detractores; es peligrosamente autobiográfico, irreverente y provocador; te muele a frases esplendidas y te grita a la cara lo iluso que puedes llegar a convertirte mientras, ahí sentado, esperas la oportunidad de tu vida; te hace añicos el sueño americano y te lo convierte en una pesadilla diaria. Philip Roth es un maldito.</p>
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		<title>José Gai: Del Veinte y del Más</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jan 2010 21:12:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[Del Veinte y del Más]]></category>
		<category><![CDATA[José Gai]]></category>

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		<description><![CDATA[En este libro de cuentos, José Gai despliega con sorprendente oficio su paleta de recursos narrativos. La variedad de estilos, voces y tratamientos que desfilan acá resultan una sorpresa más que interesante. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En este libro de cuentos, José Gai despliega con sorprendente oficio su paleta de recursos narrativos. La variedad de estilos, voces y tratamientos que desfilan acá resultan una sorpresa más que interesante. Siendo que aún no leo Las manos al Fuego, su novela debut, creo que haber entrado a su prosa mediante este grupo de relatos ha sido la motivación perfecta; dudo que las recetas sirvan a todos por igual, pero si alguien no tiene puta idea de quién es Gai, resulta más que recomendable partir por los cuentos de El Veinte a modo de propedéutica de algo mayor.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/gai.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3181" title="gai" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/gai.jpg" alt="" width="188" height="125" /></a>Mencionaré algunos relatos y sus circunstancias. Lección de Dibujo, en mi inservible opinión, es un ejercicio de maestría narrativa como pocos. No sé si es el que más me gustó, pero me parece con creces el más logrado. En breves cuatro páginas asistimos a un fresco de recuerdos escritos al modo de una carta hacia un destinatario cuya verdadera dimensión sólo aparece en las últimas diez palabras. Del humor infantil pasamos al desgarro y a la impotencia, y de ahí a la rabia vengativa sin la necesidad de recurrir a artificios melodramáticos de ningún tipo. La construcción es impecable, y la manera en que nos acercamos al doloroso trasfondo ocurre a un ritmo que el mismo Carver alabaría. Un cuento para incluir en material de lectura para colegios, sin lugar a dudas.</p>
<p>Pero si de gustos se trata, cómo no hablar de El Mejor Puntero Izquierdo del Mundo. Su protagonista es el calco de una generación completa de jugadores que han fracasado bajo el sueño del reconocimiento pelotero. Una generación &#8211; la del 87, para ser precisos-, que tuvo el tiempo para ilusionarse y luego ver cómo sus castillos se derrumbaban con estruendo, esfumándose en el aire. O en polvo, en este caso, esa arena hostil de Alto Hospicio que hace de trasfondo miserable y desesperanzado de nuestro zurdo protagonista, el cual se hace querible, como buen tonto, con su voz en primera persona diciéndonos frases para el bronce tan rotundas como la que sigue, que resume el relato: “el fútbol no es mejor ni más decente que la droga”.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/El-Veinte.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3182" title="El Veinte" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/El-Veinte.jpg" alt="" width="144" height="203" /></a>Tanto El Veinte como Un Express son imaginarios futuristas elaborados a base del más probable derrotero de los desastres que actualmente incubamos como sociedad. El primero apunta a sesenta años plazo en un mundo cuya historia está condicionada por Grandes Guerras Virales, no biológicas sino de información, y donde los humanos garrapatean en máquinas perennemente estropeadas tratando de saber algo de sí mismos; náufragos que sitúan la cuna de la civilización en Tampa, Florida, a causa de alguna pérdida computacional irreparable que trunca sin perdón cualquier posible remisión a un origen. Acaso Heidegger se extasiaría en horror leyéndolo y constatando cómo la reificación técnica lleva hasta extremos que difícilmente podrían ser tildados de humanos eso que él llamó, no sin pompa, “el olvido del ser”. Lo tiro como una posible lectura, pues en verdad la cosa se presta para muchas, siendo en esencia una magistral pieza negra breve. Léanlo y compruébenlo.</p>
<p>El futuro de Un Express, en cambio, es a corto plazo. Bajo el relato de una primera persona de dudosa moralidad &#8211; la mejor posición para narrar toda caída-, asistimos a una evocación permanente de un Bicentenario que se desploma por todas partes. Partiendo por la justicia y el sistema inmobiliario-penitenciario, nudo central del cuento, pero también por los malestares populares y la represión policíaca-militar como única solución del problema, la transformación de cada fragmento social en imagen y la ruina política que ello supone. También por la alienación adolescente, por el distanciamiento cada vez mayor entre generaciones distintas, y un largo etcétera. Nos queda la sensación, después de leerlo y sintiendo la misma corriente nerviosa que el protagonista, que esto tiene necesariamente que desembocar en alguna masacre fabulosa.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/gai1.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3183" title="gai1" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/gai1.jpg" alt="" width="125" height="188" /></a>Un Señor de Respeto y Cuatro Volantines son igualmente perturbadores, aunque a un nivel de subjetividad más acotado. La curiosa afición de un respetable anciano, residente de un barrio venido a menos – el viejo Santiago, ¿por qué no? O ciertas zonas de San Miguel-, de proveerse de niños ajenos con algún oscuro fin que no precisamente tiene que ser el que uno imagina de primeras. O la adolescente, criada en un cajón de frutas en algún pueblo montañés del norte de Chile, cuya intuición e inteligencia superan con creces la de su psiquiatra tratante, incapaz éste de ver el trasfondo real de los crímenes que hacen de escenario de fondo. Una prueba de que la formación profesional de estos parásitos no hace sino nublarles la vista a lo evidente, tan empaquetados los pobres en las interpretaciones canónicas de cada símbolo. En Cuatro Volantines, la naturaleza silvestre le pega diez patadas en la raja a todo resabío academicista. Por detalles como estos es que Gai me cae tan bien.</p>
<p>En Los de Siempre también hay algo de eso, pero encapsulado en un mundo más pretérito e inaccesible al simio moderno. No es acá la ciencia la que fracasa ante las fuerzas primigenias, sino la religión. Puto dogma, qué lindo es leerte caer y retirarte ensangrentado de escena, montado en burro y condenando lo que no se entiende. Y culpable, lo mejor de todo, ante los ojos de un cerro milenario cuyos dioses no pueden sino reír ante el espectáculo de un débil cristiano arrancando de sí mismo.</p>
<p>En fin. Si no hablo del resto es porque no quiero hacerla demasiado larga en esta nota, pero que no quepa duda que Ojalá Mañana, Sólo un Poncho en la Pampa, La Tía Elizabeth y Jueves de Lourdes son igualmente notables en sus distintos registros. José Gai no sólo dibuja muy bien – es ilustrador en La Nación Domingo-, sino que escribe con un oficio de la puta madre. Además depura y corrige con un esmero que se nota y agradece. Por ahí ocupa ciertas estrategias que me merecen algunos reparos, pero no me interesa dar la lata con eso porque implicaría el mal gusto de reescribir las tramas, y con vicios de crítico yo no comulgo.</p>
<p>Prefiero ir a la caza mayor. Las Manos al Fuego me espera, seguramente no menos sucia y negra que estos buenísimos relatos</p>
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		<title>Peces muertos y una silla rota: Jack Kerouac y Big Sur</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 18:07:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Burgos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[Big Sur]]></category>
		<category><![CDATA[Generación beat]]></category>
		<category><![CDATA[Jack Kerouac]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay ciertas cosas de las que ya casi no se puede hablar, o en este caso escribir. Se han erigido en mitos, y éstos muy pronto se fosilizan, y en un tejido calcáreo ya es muy difícil meter la punta de un cuchillo. La generación beat es quizá el fenómeno socioliterario sobre el que más cuartillas se han escrito durante la segunda mitad del siglo XX]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“La angustia mental es tan intensa que uno siente que ha traicionado su propio nacimiento, el esfuerzo y los dolores de parto de mi madre cuando me trajo al mundo, he traicionado el esfuerzo que hizo mi padre para alimentarme, permitirme crecer y hacerme fuerte y Dios mío también educarme para la “vida”, se siente una culpa tan profunda que uno se identifica con el demonio y Dios parece muy lejano, abandonándolo a uno de su estupidez enfermiza. Uno se siente enfermo en el máximo sentido de la palabra, respira sin creer en ello”</em><em> </em></p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/Jack-Kerouac620.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3142" title="Jack-Kerouac620" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/Jack-Kerouac620-300x232.jpg" alt="" width="300" height="232" /></a>Hay ciertas cosas de las que ya casi no se puede hablar, o en este caso escribir. Se han erigido en mitos, y éstos muy pronto se fosilizan, y en un tejido calcáreo ya es muy difícil meter la punta de un cuchillo. La generación beat es quizá el fenómeno socioliterario sobre el que más cuartillas se han escrito durante la segunda mitad del siglo XX. Y a estas alturas, cincuenta años después de su momento de mayor algidez, hay algunas cosas en claro: hablar de movimiento es a todas luces desproporcionado, hay en cambio más la sensación de una cofradía de muchachos de pretensiones libertarias como los hubo antes y los habrá en el futuro, a saber: jóvenes escritores cansados del estilo conformista y apoltronado de la sociedad norteamericana, reivindican la improvisación, la vida en la carretera y la glotonería vital como ideario. Y de aquí a la eternidad. Porque, extraña paradoja, esa misma sociedad narcotizada en el consumismo, en el capitalismo orondo, gracias a su potente industria del espectáculo, convirtió a Jack, Allen y William –y quienes le seguían- en cabezas de cartel pop de todo lo que se llame rebeldía, inconformismo y poesía en los confines. Para Ginsberg y Burroughs, todo marchó bien; ambos pudieron acomodarse en sus respectivos espacios: el primero como poeta ubicuo y santón, un día apareciendo con Leary, al otro con Lennon y años después con Bono. El segundo como perfecto espécimen de yonqui dandinesco transmitiendo desde las catacumbas. Pero al primero, quien más hizo –consciente o no- por articular una visión de una nueva América, la pose de mesías bufonesco de los parias se le atragantó en el pescuezo para no dejarlo en paz  ya nunca más.</p>
<p>Jack Kerouac escribe en Big Sur de eso, de aquella profunda incomodidad y decepción, de la incapacidad de remontar una vida, de escapar del alcoholismo, de la veneración absurda y patética de gente que acude a él esperando el convite de un impenitente vividor y, en cambio, hallan a un hombre en el estado definitivo de sus miedos y alucinaciones. Big Sur es, a su modo, lo que Crack-Up fue para Scott Fitzgerald: la constatación de un abandono, de un descenso sin regreso por una miseria que los carcome alejándolos de todo lo que alguna vez pudo haber tenido sentido. Ambos, comparten más de una similitud: sus respectivos cánones literarios han sido menospreciados por más de un crítico aduciendo la fecha de vencimiento de sus obras; ambos fueron perfectos en fijar las coordenadas de un mundo y un entusiasmo definidos. Ambos terminaron en la amargura más solitaria que se pueda concebir.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/lbrs149_kerouac_bigsur.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3143" title="lbrs149_kerouac_bigsur" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/lbrs149_kerouac_bigsur.jpg" alt="" width="180" height="268" /></a>Keroauc no lo ha pasado bien con el transcurso de los años. No obstante existe un culto hacia él y su obra que no disminuye con el paso del tiempo, consiguiendo importantes acólitos como Tom Waits o Johnny Depp, su tesón literario se resiente en la pesquisa. Hay demasiada chimuchina con tufillo zen, demasiadas ideas candorosas que expiran apenas son declamadas, teorías vinosas que se disuelven en el charco. Pero, cuidado, Kerouac era un prosista extraordinario cuando afinaba sus dianas. Es magnífico al expresar con tanta belleza el noble sentimiento de la amistad, como en aquel capítulo de Big Sur en que visita a un  amigo suyo en el sanatorio de tuberculosos y se despiden haciendo incesantes maromas y juegos infantiles; es un mundo emocional que se torna indispensable para salvaguardar su inestable equilibrio mental y esto es quizá lo que al fin y al cabo es la amistad: un puente de oro sobre la turbulencia negra.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/jack-kerouac.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3144" title="jack-kerouac" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/jack-kerouac-300x236.jpg" alt="" width="300" height="236" /></a>Sobre todo, y es lo que hace de Big Sur un testimonio invaluable, hay una dureza y un desamparo escalofriantes. “<em>Pero no existe en absoluto alegría o diversión, la gente dice Oh, bueno, está borracho y feliz, dejémoslo dormir tranquilo y que se reponga. El pobre borracho está llorando. Llora llamando a su madre y a su padre, a su hermano y a su amigo, llora y pide ayuda, intenta actuar coordinadamente acercando un zapato a su pie pero ni siquiera puede hacer esto bien esto, dejará caer el zapato o golpeará contra algo, invariablemente pasará alguna cosa que lo hará llorar otra vez. Querrá sepultar la cara entre sus manos y llorar y gemir rogando una piedad que sabe que no existe – No solamente porque no la merece sino sencillamente porque de todos modos no existe. Porque levanta los ojos al cielo azul y no ve otra cosa que el espacio vacío haciéndole una gran mueca”.</em></p>
<p>El alcoholismo se ha llevado a Kerouac por delante, los delirios, las culpas morales, religiosas y de todo tipo lo tienen por el pescuezo, no cree en nada, escapa del repugnante mito que él sin querer ha ayudado a levantar, ya ni siquiera la amistad, su más preciado bien, la confianza en esa cofradía rutilante, puede aliviarlo<em>. “Mira al mundo, éste le está sacando la lengua y cuando retira esta máscara el mundo lo observa con grandes ojos vacíos y enrojecidos como sus propios ojos, puede ver el movimiento de la tierra pero no hay sentido alguno que se lo haga conferir. Un ruido imperceptible a sus espaldas lo hará gruñir de furia, estirará su camisa manchada y descolorida, siente como si estuviera frotando el rostro en algo que no es”.</em></p>
<p>Big Sur es un gran canto de desesperación en prosa, espasmódico, violento y triste, por sobre todo, triste. Una apertura hacia una soledad cósmica que en su inmensidad sólo puede deparar un naufragio mortal. Jack Kerouac, mesías y mártir, alfa y omega beat.</p>
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		<title>Expendio: G.K Chesterton y La Taberna Errante</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Dec 2009 18:34:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[G.K Chesterton]]></category>
		<category><![CDATA[La Taberna Errante]]></category>

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		<description><![CDATA[Los letreros de las cantinas revisten una importancia fundamental para la estabilidad de occidente. No sólo indican la naturaleza del vital brebaje que ahí dentro espera a los parroquianos, sino que son también la materialización jurídica del derecho de las gentes de compartir un trago. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los letreros de las cantinas revisten una importancia fundamental para la estabilidad de occidente. No sólo indican la naturaleza del vital brebaje que ahí dentro espera a los parroquianos, sino que son también la materialización jurídica del derecho de las gentes de compartir un trago. Esto, que parece una perogrullada, tiene en verdad una significación más honda, la cual seguramente sería apreciada en todas sus dimensiones en un contexto de prohibición de este placer esencial. Como afortunadamente (aún) no hemos llegado a ese extremo de demencia legislativa, es bueno y útil que la perspectiva exista a modo de ficción. Y cuál más alegórica, certera y concluyente, que ésta que nos ofrece G. K. Chesterton.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/12/wallpaper_gkc.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3116" title="wallpaper_gkc" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/12/wallpaper_gkc-300x225.jpg" alt="wallpaper_gkc" width="300" height="225" /></a>Leída así, La Taberna Errante remece nuestros habituales parámetros de razonabilidad con el mundo. Ciertas instituciones y costumbres que damos por supuestas, como la tradición del “expendio”, podrían no existir. ¡Y cómo resentirían con ello nuestros márgenes de tolerancia! Pero el asunto va más allá de los resquebrajamientos psicológicos a escala individual, los cuales no bastarían para explicar la oleada de suicidios colectivos que sin duda provocaría el fenómeno. Y la perspectiva no es descabellada. Hace ya varias décadas que la razón occidental resulta maniatada por cierta ideología de la higiene que no pocas veces alcanza extremos absurdos. Chesterton, que ya detectaba el germen de esta locura allá por 1914, incluso antes de la instauración de la ley seca en Estados Unidos, la combate a punta de bromas, paradojas, alegorías y dialéctica.</p>
<p>El resultado es fantástico, en el más amplio sentido de la palabra: Patrick Dalroy, un gigante irlandés autodenominado “Rey de Itaca”, ex capitán de una tropa que combatió en una delirante guerra entre oriente y occidente, regresa a Inglaterra con la genuina intención de beber un buen trago en su taberna favorita: “El Viejo Navío”, propiedad del generoso y ecuánime Humprey Pump, prototipo del hombre común inglés que tanto agrada a Chesterton. El problema es que, terminada la guerra, cierto diplomático fanático, Lord Ivywood, esteta de un orden “progresista” basado en el “entendimiento ecuménico de las culturas”, ha dispuesto una serie de ordenanzas legales que prohíben la venta de alcohol. Bajo el pretexto de una dudosa moralidad de la templanza, Ivywood y sus secuaces van a requisar los permisos de venta de bebidas alcohólicas expresados en la figura del “letrero”. Lo que sigue a continuación es una rebelión del sentido común, representado este último en las figuras de Dalroy y Pump, quienes, armados con un barril de ron y un queso enorme, además del susodicho cartel, inician un peregrinaje fugitivo en defensa de las tabernas a lo largo de Inglaterra.</p>
<p>Con los elementos así dispuestos, la novela se despliega en una sucesión de situaciones jocosas, elogios a la vida vagabunda, cantos a favor del vino y el ron, burlas al vegetarianismo (y por extensión a Bernard Shaw), a la moral de la aristocracia burguesa y al auge del negocio farmacéutico, expresión insigne de una época que lleva el culto a la salud a la categoría del disparate. El recurso cómico, virtud llevada a un grado sublime en Chesterton, camufla los horrores que se esconden detrás de un mundo regido por estos ideales, los cuales, de tan saludables en sus intenciones, devienen insalubres.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/12/latabernaerrante.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3117" title="latabernaerrante" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/12/latabernaerrante-204x300.jpg" alt="latabernaerrante" width="204" height="300" /></a>Porque si el propósito, en teoría, es elevar al ser humano desde su animalidad y emanciparlo a un más alto grado civilizatorio, lo que se consigue en la práctica es esterilizar una institución social por excelencia, como la taberna, y de paso borrar del plano de las costumbres las instancias de acercamiento entre los hombres. Si la excusa es la defensa de un modo de vida más sano, para de este modo empezar a prohibir el alcohol, los cigarrillos, las carnes, las grasas, el juego, y en general todo aquello que nos otorga un placer, el resultado cotidiano es un tipo de existencia miserable, gris, sin ningún tipo de retribución que merezca calificar a la vida de digna de ser vivida. La abstinencia por sí misma es un significante vacío. Y tras el pretexto de integrar, fusionar, reconciliar las distintas culturas, en la búsqueda de la supresión de los límites tradicionales del mundo, descansa el fanatismo sectario de la prohibición y la consiguiente disolución de las identidades. La reacción de Chesterton contra esta manía sanitaria va más allá del simple aunque saludable gesto de pelear a la contra. Su defensa a los límites establecidos es un grito de libertad más genuino que las habituales proclamas de los ideólogos del liberalismo. Se trata de recuperar la capacidad de ver y apreciar las bondades de las cosas, rescatarlas en su particularidad y librarlas de la tiranía de la visión general y universalizante que busca fundirlas en un todo ecuménico. La difuminación de los límites conlleva la pérdida de definición, y en un mundo sin definiciones acontece no sólo el arribo del nihilismo, sino el dogmatismo de la ley pura y vacía: Todo contenidos, pero sin forma. Si el hombre puede aceptar leyes para la naturaleza y para su comportamiento, lo hace en virtud de que éstas sepan establecer definiciones y límites precisos, cosa que la libre elección de medios y fines permanezca asegurada, con toda la carga de riesgo e inseguridad que ello supone. La ley de la indefinición, en cambio, no asegura nada salvo un mundo privado de parámetros de elección. Una perspectiva sosa donde las haya.</p>
<p>Borges dijo alguna vez que, si algo lamentaba de Chesterton, era que en su literatura había un germen de moralismo. Pero no obstante su gran inteligencia, el argentino no pudo nunca trazar una alegoría con la contundencia y ferocidad racional del inglés. ¿Le faltaba moralina? Lo cierto es que también carecía de mordacidad. Y de talante heroico. A lo largo de estas páginas desfilan veinticinco capítulos que son veinticinco alegorías enmarcadas en una sola, local y cósmica a la vez, cuyo desenlace, sobradamente político y revolucionario, es una imagen en sí misma de cómo Chesterton entiende la diferencia entre razón y locura (con burla a Nietzsche incluida). La Taberna Errante es una novela preclara y que hoy calificaríamos de ambiciosa, precisamente porque vivimos en una época de ambiciones muy disminuidas. ¡Qué contraste ofrecen los gigantes Dalroy y Chesterton! Titanes anacrónicos y náufragos en un mundo de chimpancés parlantes.</p>
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		<title>Si yo fuera Christopher Banks  (“Cuando fuimos huérfanos”, de Kazuo Ishiguro)</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Nov 2009 18:12:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Francesca Coeffe</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>

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		<description><![CDATA["… Y mis padres hubieran desaparecido cuando yo aún era una niña, la verdad es que no los hubiese buscado; pero Banks tenia todas las de ganar si en Shanghai vivía una realidad paralela junto a Akira, su vecino japonés de la misma edad, residente como él de la colonia internacional".]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/11/huerfanos.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3041" title="huerfanos" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/11/huerfanos.jpg" alt="huerfanos" width="248" height="400" /></a>&#8220;&#8230;Y mis padres hubieran desaparecido cuando yo aún era una niña, la verdad es que no los hubiese buscado; pero Banks tenia todas las de ganar si en Shanghai vivía una realidad paralela junto a Akira, su vecino japonés de la misma edad, residente como él de la colonia internacional.</p>
<p>La historia transcurre en los años 30, con un Christopher Banks que no es demasiado fiable en cuanto a la percepción que tiene de sí mismo y del mundo del cual forma parte, sobretodo porque la mayoría de la novela depende de su memoria, la que más que nada actúa como creadora de confusión. Así el relato, además, va construyéndose sobre la capacidad que Banks posee de revivir hechos acontecidos durante el tiempo que pasó en Shanghai, de sus juegos con Akira y de cómo imaginaban juntos el rescate de su padre, y la posterior desaparición de su madre, quien antes de partir sostenía misteriosas reuniones relacionadas con tráfico de opio.</p>
<p>Cuando vuelve a Shanghai, después de haberse educado en Londres y dispuesto a resolver el gran dilema de su vida -el que representa en su actualidad la gran apatía que lo sobrecoge por no tener la seguridad de que sus padres siquiera estén vivos-, ya adulto y convertido en un célebre detective privado, se encuentra de narices con la guerra chino-japonesa y con una realidad que no estaba en sus recuerdos: un país dividido por gente que lo veía como un salvador, un hombre con la capacidad de resolver un misterio que intrigaba a todo un país (dada la situación mediática en que la familia se vio envuelta en esos años), y por otro lado la problemática social que se desenvuelve en la historia paralela que Christopher Banks construye con Sarah Hemmings y las decisiones que él mismo toma para convertirse en su aliado.</p>
<p>“Cuando fuimos huérfanos” resulta a ratos abrumadora por todo lo que a lo político-social se refiere, (el protagonista, por eventos que se resolverán en el transcurso de la novela, resulta ser poseedor de una vasta fortuna, pero muchos de quienes lo rodean no contaron con tal “suerte”) pero finalmente deja la sensación de ser una buena novela por su particular uso y desuso del tema de la memoria y como el protagonista se sumerge en sus recuerdos de infancia, dejando al lector en un buen pie para iniciar su propio descenso hacia el pasado que nos acoge, a algunos mejor que ha otros, en sus brazos.</p>
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		<title>La crueldad de nuestros errores: Ian McEwan entre nosotros</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Sep 2009 19:50:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Burgos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[Ian McEwan]]></category>

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		<description><![CDATA[La vida de dos amantes determinada para siempre por el simple capricho y despecho de una observación equívoca de una niña de ocho años. Dos hombres, un afamado neurocirujano y un maleante con cierto daño cerebral, se encuentran en pleno Londres y sus profundas diferencias los llevarán a un choque terrible.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La vida de dos amantes determinada para siempre por el simple capricho y despecho de una observación equívoca de una niña de ocho años. Dos hombres, un afamado neurocirujano y un maleante con cierto daño cerebral, se encuentran en pleno Londres y sus profundas diferencias los llevarán a un choque terrible; el extravío de una niña pequeña desde la caja de un supermercado, definiendo drásticamente el devenir de sus padres. En fin, todas encrucijadas irrevocables, momentos en que una comprensión antojadiza de las propias decisiones puede conllevar consecuencias atroces para sí mismo y los demás. De esto es más o menos lo que se encarga hace ya más de 35 años Ian McEwan, quien sin ambages es uno de los más importantes escritores ingleses vivos si no el que más.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/09/mcewan450.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-2692" title="mcewan450" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/09/mcewan450.jpg" alt="mcewan450" width="254" height="252" /></a>Mañana martes 22 de septiembre McEwan participará en un coloquio gratuito organizado por la Universidad Católica en su casa central. Será una excelente oportunidad para conocer las dinámicas de un escritor interesado en esos pequeños big bangs humanos en que una materia oscura es liberada entre nosotros y tiñe nuestros caminos impidiéndonos la ruta de regreso para siempre. Recuérdese su última y magnífica novela, Chesil Beach: una joven pareja, en los albores de la década de los sesenta, se encuentra en su noche de bodas. Ambos son sexualmente inexpertos y con comprensiones muy diferentes de cómo enfrentar la consumación de su amor. En esa pugna se enfrentan sus respectivas tradiciones, orígenes, traumas familiares y vínculos afectivos; son un matrimonio que tiene el infortunio de pertenecer aún a una época en que hay ciertas cosas que no se discuten, sobre las cuales no hay suficiente valor para abordarlas, donde ni siquiera el amor puede romper ese absurdo cerrojo. El resultado es la estupidez de la separación, el sinsentido de una ruptura ridícula propiciada por un malentendido perfectamente remediable. Una vez más, la liberación de una energía negra que es capaz de acabar con todo.</p>
<p>McEwan es también un conocido simpatizante del evolucionismo darwiniano. Pero ojo, él no entiende evolución como un progreso, como una necesaria mejoría en las condiciones de vida del hombre, sino como un proceso de cambio en que las especies deberán adaptarse a cambios hostiles so pena de perecer. Las novelas del inglés menudean en comprensiones científicas, quizá como una forma de certificar las constantes disfunciones a las que sus protagonistas deben enfrentarse, de mostrar una superestructura dentro de la cual se suceden errores y obsesiones que demuestran nuestra mezquina falibilidad.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/09/chesil-beach.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-2693" title="chesil-beach" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/09/chesil-beach.jpg" alt="chesil-beach" width="263" height="415" /></a>Cierto es que en los comienzos de su carrera McEwan se deleitaba con deliciosas historias de sadomasoquismo, de descubrimientos sexuales retorcidos y oscuros. Poco después, McEwan se convirtió en autor grande y comenzó a firmar sus libros más reconocidos: Perros Negros, Niños en el Tiempo, Expiación, Sábado, y la ya comentada Chesil Beach. Obras en que historias personales al borde de una importante fractura se superponían en contextos sociales e históricos plenamente definidos, a modo de un telón de fondo que influye en un más que complejo porvenir.</p>
<p>Pero claro, aún está la literatura como el campo de pruebas último donde ajustar cuentas con los derroteros humanos. Como Briony, protagonista de Expiación, quien reescribe la historia de su hermana Cecilia y Robbie, su novio, con un posible reencuentro de los amantes que jamás ocurrió, como modo de purgar el desbarajuste que ella misma provocó al acusar a Robbie de un acoso que jamás sucedió. Una literatura que intenta fijar una verdad, la suya, tan o más macabra que la realidad misma, pero en que el control está totalmente en manos del escritor cual dios veleidoso. Un juego de demiurgo al que McEwan se adscribe con mórbido placer. El placer de un caprichoso viajero.</p>
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		<title>Bascombe entre nosotros: Richard Ford en Chile</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2009 23:01:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Burgos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[Richard Ford en Chile]]></category>

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		<description><![CDATA[Frank Bascombe, hombre de nuestros días. Alguna vez promisorio escritor, hasta que el temor a la caída, las dudas y la falta de ideas lo sacó del equipo, periodista deportivo otro tanto, y finalmente un satisfecho corredor de propiedades. Entretanto, un hijo muerto, un divorcio, noviazgos por aquí y por allá, días buenos y otros temibles: la perspectiva de una vida.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>“Con tantas cosas como suceden en el mundo resulta difícil juzgar qué es y qué no es esencial, y te pasas media vida dándole vueltas al lugar donde deberías vivir. Esta es otra razón por la que dejé la literatura y acepté un negocio en el seguro negocio de los deportes. Yo no tenía idea de cómo era el mundo, y no me atrevía a arriesgarme especulando. Y todavía no me atrevo. Lo único que podría decir, haciendo un sincero esfuerzo, es que todos lo contemplamos desde algún punto, de una forma práctica y esperanzada. Y para la literatura eso no basta, aunque tampoco me preocupa. Yo quiero decir sí a todo lo que pueda: sí a mi ciudad, sí mi a barrio, a mi vecino, a su coche, a su césped, y su seto, a sus desagües. Que todo salga bien. Que todos tengamos felices sueños hasta que todo se acabe”.</em></p>
<div id="attachment_2636" class="wp-caption alignleft" style="width: 300px"><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/09/ford.jpg"><img class="size-medium wp-image-2636" title="Richard Ford, escrutador de la inquietud urbana" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/09/ford-290x300.jpg" alt="Richard Ford, escrutador de la inquietud urbana" width="290" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Richard Ford, escrutador de la inquietud urbana</p></div>
<p>Frank Bascombe, hombre de nuestros días. Alguna vez promisorio escritor, hasta que el temor a la caída, las dudas y la falta de ideas lo sacó del equipo, periodista deportivo otro tanto, y finalmente un satisfecho corredor de propiedades. Entretanto, un hijo muerto, un divorcio, noviazgos por aquí y por allá, días buenos y otros temibles: la perspectiva de una vida.</p>
<p>Detrás de Bascombe, Richard Ford, muy probablemente el escritor estadounidense vivo más importante, perdone usted Philip Roth. Sin embargo, Ford las tuvo negras en sus inicios: durante los setenta publicó un par de novelas correctas, con momentos excelentes, pero deudoras en exceso de una voz que no parecía la suya; sus argumentos rondaban los bordes de la civilización, con hombres obligados a  enfrentarse a un destino macabro, resueltos a ser devastados por una dureza y tristeza de la cuales no se podía escapar. Los críticos lo pusieron dentro del incómodo sitio del realismo sucio, junto a su gran amigo Raymond Carver, entre otros. Ford diría que aquellos libros de fondo autodestructivo representaban “la expresión de la violencia como un purgatorio”. Y así fue. Pero las cosas no marchaban del todo.</p>
<p>Ford estuvo a punto de dejar las letras, hasta que el milagro de la inspiración, y cierta madurez emocional, lo hicieron dar el último intento. El resultado, El Periodista Deportivo, primera parte de las aventuras de un corriente hombre de clase media llamado Frank Bascombe. ¿Y qué había aquí? Un hombre en crisis, pero no violenta ni terminal, sino un tipo que diariamente enfrentaba sus inseguridades, inconsistencias –suyas y externas- intentando prever cuál es la mejor forma para vivir una existencia que, lo quieras o no, te puede sorprender de forma a veces poco amigable. El ideario de Frank es claro: olvida tu pasado, intenta anticipar tu futuro, evita las confidencias como el lugar donde todo se echa a perder, reconoce en el mundo las posibilidades de pasártelas de maravilla cueste lo que cueste. Aligera la carga. ¿Sencillo, no? Pero Ford, viejo zorro, sabe que ese relajado sobrevuelo tiene costos e indica heridas que no han sanado: Bascombe está saliendo de un divorcio, su hijo Ralph de apenas nueve años falleció por causa de un extraño síndrome; busca mantener una sana y cercana relación con sus dos hijos sobrevivientes y persigue rehacer su vida amorosa con más contratiempos que aciertos. Problemas, dificultades, remordimientos que aparecen de sopetón, desencajando al pobre Bascombe de su muy estudiado método de vida. Y mientras éste se las ingenia para darle la vuelta a cada día, Ford triunfa como un clásico.</p>
<div id="attachment_2637" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/09/ford1.jpg"><img class="size-medium wp-image-2637" title="Literatura en lo más alto de su expresión" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/09/ford1-300x198.jpg" alt="ford1" width="300" height="198" /></a><p class="wp-caption-text">Literatura en lo más alto de su expresión</p></div>
<p>Hubo un cambio de paradigma, de enfoque. A Ford ya no le interesaba el mal como motor de todo, como presencia abrumadora; sí, en cambio, la anchura de la existencia. ¿Qué hacemos si en lugar de mostrar a un depresivo hombre de la mediana edad, víctima de sus errores, las malas decisiones y el azar, lo colocamos como un escéptico optimista, probando extrañas y de vez en cuando no tan exitosas estrategias para salir a flote? El resultado, tres de las novelas más grandes escritas en los últimos treinta años. Porque después de El Periodista Deportivo vino El Día de la Independencia, para cerrar la obra en la senectud de Bascombe con Acción de Gracias. Tres libros que trascurren apropiadamente en tres días llenos de augurios y planes: día de pascua, y los días de la independencia y acción de gracias norteamericanos, respectivamente. Tuvimos la oportunidad de escuchar al inventor del método, al creador de este nuevo arquetipo literario. Estuvo el pasado 27 de agosto en el Aula Magna de la Universidad Católica recordándonos que para él la literatura, la suya, se encarga de asistir a esos roces permanentes entre nosotros y el resto, entre esa compleja asimetría entre nuestros deseos y cinismos, y los planes que nos ofrece la realidad. Simple, y la vez colosal.</p>
<p><em>“Desvanecerse como un susurro en el viento significa libertad. Si somos lo bastante afortunados como para ganar tal libertad, aunque la provoquen acontecimientos negativos, deberíamos utilizarla. Es el único consuelo natural que nos es dado, único y soberano, sin el apoyo ni la tolerancia de otros, entre los cuales incluyo al propio Dios, que no nos deja permanecer invisibles mucho tiempo, ya que se reserva ese estado para sí. Dios no ayuda a los que son invisibles como él”.</em> No se preocupen, Bascombe y Ford sí nos ayudan: son un par de queridos amigos dispuestos a acompañarnos en nuestro diario asombro, dándonos un par de consejos que tal vez puedan hacernos más grata la jornada</p>
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		<title>César Valdebenito: el escritor en los extramuros del establisment</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Aug 2009 20:31:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rosario Villaseñor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[César Valdebenito]]></category>

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		<description><![CDATA[César Valdebenito hasta hoy ha publicado los libros de poemas: El Jardín (Ediciones Lar, 1998), Urnas (Ediciones Lar, 1999), una polémica antología de poetas chilenos jóvenes, y una novela: Correciones Elementales (Ediciones de Bolsillo, 2008). Sus cuentos han aparecido en revistas alternativas. Se ha dicho que la narrativa de Valdebenito construye un extraordinario retrato histórico, social, cultural de la Latinoamérica contemporánea.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/08/VALDEBENITO-ROJO.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2584" title="VALDEBENITO ROJO" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/08/VALDEBENITO-ROJO-300x224.jpg" alt="VALDEBENITO ROJO" width="300" height="224" /></a>César Valdebenito hasta hoy ha publicado los libros de poemas: El Jardín (Ediciones Lar, 1998), Urnas (Ediciones Lar, 1999), una polémica antología de poetas chilenos jóvenes, y una novela: Correciones Elementales (Ediciones de Bolsillo, 2008). Sus cuentos han aparecido en revistas alternativas. Se ha dicho que la narrativa de Valdebenito construye un extraordinario retrato histórico, social, cultural de la Latinoamérica contemporánea. Siempre he admirado a César Valdebenito como escritor y es alarmante lo que sentenció Roberto Bolaño un año antes de morir: “Es el escritor más perfecto de las últimas generaciones. Escribe los mejores relatos palabra por palabra. Yo no cambiaria una frase de Mi primer coito con Michelle Bachelet” También recuerdo a un profesor de la Facultad de Humanidades y Arte de la Universidad de Concepción que afirmaba que leer a Fitzgerald es como comer filetes de peces, pero que leer a César Valdebenito es degustar caviar a la orilla del mar y beber agua pura de un manantial, añadía que leer a Mario Bellatín es como comer hamburguesas. Y leer a Zambra como tomar coca cola. O como me dijo un amigo: “Si Donald Barthelme es un agente secreto desquiciado, con una horrible peluca roja, Valdebenito nos provoca, burlándose, excitando nuestra cólera.”</p>
<p>LAS ANÉCDOTAS<br />
Yo no sé exactamente qué pensar de César Valdebenito como personaje público, pero cualquiera que iguala en ingenio a los mejores de sus contemporáneos es, sin duda, alguien a quien vale la pena conocer. En esta época su contribución a la vida literaria de Concepción ha sido de un valor inestimable y por supuesto ha tenido resonancia a lo largo de Chile. Permítanme ilustrarlo con los acontecimientos ocurridos hace unos quince años en el espacio de unos ocho días. En primer lugar César Valdebenito en 1991, duró exactamente diez minutos en el escenario del auditorio de la Universidad de Playa Ancha antes de que los auxiliares de la universidad se lo llevaran por insultar directamente al rector y otras autoridades presentes. Dijeron que estaba borracho y murmuraba obscenidades. Al día siguiente concedió una entrevista al diario El Sur en la que de manera contundente declaraba que él era el mayor escritor Latinoamericano desde García Márquez, y que autores ilustrados como Piglia, Bellatín, Monterroso y un tropel de farsantes del mismo jaez eran unos verdaderos ineptos. En marzo de 1996 apareció en un programa cultural de TVU afirmando que no le solicitaran (esto lo dijo directamente frente a las cámaras) leer un poema porque sólo los burros leían poemas en televisión. Eso lo repitió tres veces al entrevistador, el cual perdiendo el control de la entrevista dio paso a comerciales, al regreso el asiento de Valdebenito estaba vacío. Cuando a sus 22 años dirigió El amante de la china del norte (ese pasquín, así lo llama él) tres semanas seguidas fue decomisado el tiraje de los locales de distribución por difamación y antisemitismo. En el 2006, en una radio de Valdivia, el locutor tubo que llamarlo reiteradamente a la calma y finalmente amenazarlo con sacarlo del aire, él estaba hablando de los fondos de cultura y se le ocurrió tildar a la ministra de muy neurótica, una loca desde luego. El 2007 se publicó en una página en Internet su cuento Mi primer coito con Michelle Bachelet, en él se relata el orgasmo de 41 minutos que le proporcionó a una frígida mandataria. La página duró tres días en el ciberespacio, luego de esto el cuento fue publicado en tantas páginas que a los saboteadores no les quedó más que hacer la vista gorda. Así, las anécdotas de este escritor son muchas.<br />
SUS INICIOS<br />
Valdebenito empezó a escribir a los siete años. “Desde que tengo memoria mi padre tenía una hermosa biblioteca”. Su padre era abogado y un ávido lector y también escribía, pero sin mayor pretensión. Por ahí comenzó su interés por la lectura y la escritura. Estudió en el Instituto de Humanidades A.S.S., “Ahí me encontré con esos compañeros que eran unos monstruos, eso fue para mí una gran motivación, al igual que ese colegio de curas, era de un despotismo apoteósico. Era realmente fabuloso lo que hacían con nosotros, lo que indudablemente fue como si pusieran una grúa empujándome a escribir.” De joven leía mucho a los rusos, le fascinaban: Tolstoi, Dostoievski, Gogol, Lermontov y otros. “Luego descubrí a Hesse, a Poe, Faulkner”. En aquella época tenía 16 o 17 años. “Las tardes de ocio eran placenteras, y fue entonces que di un salto a la poesía, lo leía todo, la plata que llegaba a mis manos se me iba en libros, mientras algunos iban a fiestas yo me encerraba en mi casa a leer, en las tardes de otoño recorría librerías y bibliotecas.” Entonces entró a estudiar Licenciatura en Matemáticas a la Universidad de Concepción. Allí organizó un, dos y tres encuentros de poetas en los cuales conoció a Parra, Gonzalo Rojas y otros. También a María Nieves Alonso directora de extensión de la casa de estudios y una persona decisiva en su formación como escritor. En 1997 fundó la revista Difusión. En 1998 publicó el libro de poemas El Jardín (Premio fondos concursables Municipalidad de Concepción). El 2000 fue publicado, su controvertido libro objeto, La Muerte de Bukowski. Es un homenaje al gran escritor norteamericano, pero también un cóctel explosivo que disfrutó mucho escribiéndolo. Los trescientos ejemplares de su primera edición se agotaron en una semana en las librerías de Concepción. En el 2001 sale a luz su Antología de Poetas Chilenos Jóvenes (Premio a la reedición de las mejores obras publicadas en el año por el Fondo del Libro y la Lectura del Gobierno de Chile). “Por ese tiempo comencé a ser llamado para dictar talleres literarios para los alumnos de la Universidad de Concepción, Universidad del Bío Bío y Universidad Católica de la Santísima Concepción, recuerdo que siempre les decía bastante enojado —y cada vez que dicto un taller lo sigo diciendo—: si desean ser escritores ¿por qué no están en la casa escribiendo en vez de estar apiñados en esta sala?” Sin embargo parece que ese es uno de sus muchos gratos recuerdos. En el 2002 apareció su segundo libro de poemas Urnas o Réquiem a la palabra (Ediciones Lar). Ha sido editor de la revista, Quiltro (Premiada con los fondos concursables Universidad de Concepción). Cuando publicó esa revista mucha gente anhelaba encontrarse con él para insultarlo o felicitarlo. “Claro que eran muchos más lo que intentaban crucificarme, deseaban ponerme una almohada en la cara hasta asfixiarme”. En esa revista le hizo una entrevista a Armando Uribe el que quedó con los pelos de punta ante una escandalosa sucesión de preguntas. El 2004 es premiado por la autoría del CD interactivo Literatura de las Nuevas Fronteras. Un trabajo financiado por una fundación. Ha sido jurado de distintos certámenes literarios a nivel nacional. El 2008 es publicada su novela Correcciones Elementales, un libro que en la portada luce la fotografía de una escultura del afamado artista cubano Antúan Rodríguez, en su contratapa vienen elogiosos comentarios de Antonio Skármeta y Marco Antonio de la Parra. Estoy segura que un escritor de la línea de Valdebenito debe ser indiscreto, un francotirador, debe capturar el material deleznable, la vida gris, las triviales cosas terribles que todo hombre conoce, es como si amara a los cancerosos y a los leprosos y él cumple maravillosamente bien esa regla.</p>
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