
Ciertamente ya no vale la pena gastar tinta en esclarecer las razones de por qué Paul McCartney, uno de los compositores más respetados de la era del pop, -algo que sabe usted, el lustrabotas y quizá incluso el esperpento que merodea la Casa de gobierno-, no vino a Chile. Simplemente, el problema fue nuestro, no suyo