
Valentía y dignidad. Dos conceptos que a menudo se presentan en el cine de Mike Leigh: un artista que desde su primer asalto allá por 1971 con Bleak moments, ha sabido construir un impecable ideario visual al servicio de quienes deambulan por las calles haciendo la travesía más excitante y peligrosa de todas: sobrevivir a un nuevo día, el confuso reto de salvar el pellejo de la mala leche de una vida quizá en exceso hostil. Son ya casi cuarenta años de obra y su cine, lejos del estereotipo y la conclusión taimada, sigue prestándole más que una mano a la deslavada escena cinematográfica contemporánea. Su más reciente apuesta, Happy-Go-Lucky, lo muestra inquieto y manteniendo la baza de una trayectoria que no conoce de mediocridades.