
William Wyler está inscrito en la historia del cine como el hombre en la silla plegable tras Ben-Hur. Voraz devoradora de premios óscar (junto con Titanic) asocia el nombre de su director con carrozas relucientes, accidentes casi mortales que aprovecharon de poner en la película, maltrato animal en beneficio del celuloide y, obviamente, el timonel de la Asociación Nacional del Rifle, Charlton Heston. Pero 1965 guarda una deliciosa sorpresa, y una estrellita brillosa en el currículum de Wyler.