
Jack, ya en manos de una incipiente enajenación, mira la maqueta de un laberinto con ojos de una deidad loca que observa lo creado como una abyecta alucinación. Esta escena, atrapada en medio de El Resplandor, es una premisa que recorre persistentemente la obra de Stanley Kubrick que nos abruma: hay un error original, una falla sistémica completa que rodea a esto llamado universo y somos nosotros, tristes criaturas, quienes repetimos una y otra vez este estropicio colosal, fruto de un dios chapucero u orate, o simplemente indiferente.