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	<title>surruido &#187; Gonzalo Hernández</title>
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	<description>Ruido desde el Sur</description>
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		<title>James Hadley Chase: Maestro del Arte de la Decepción</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 19:45:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[James Hadley Chase]]></category>

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		<description><![CDATA[Escribió más de noventa novelas, la mayoría ambientadas en los Estados Unidos, país que visitó sólo en dos ocasiones y brevemente. Para sus ficciones se valía de enciclopedias, guías turísticas, mapas del territorio norteamericano, diccionarios de slang gangsteril, entre otros recursos referenciales. James Hadley Chase fue un británico austero, solitario y muy alejado del mundo criminal y violento que en sus obras describió con asombroso conocimiento de causa. Su lectura, además de un placer, es una obligación para cualquier persona interesada en la literatura negra del siglo XX.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/Chase1.jpg"></a><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/chase01r.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4787" title="chase01r" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/chase01r.jpg" alt="" width="215" height="270" /></a>Escribió más de noventa novelas, la mayoría ambientadas en los Estados Unidos, país que visitó sólo en dos ocasiones y brevemente. Para sus ficciones se valía de enciclopedias, guías turísticas, mapas del territorio norteamericano, diccionarios de slang gangsteril, entre otros recursos referenciales. James Hadley Chase fue un británico austero, solitario y muy alejado del mundo criminal y violento que en sus obras describió con asombroso conocimiento de causa. Su lectura, además de un placer, es una obligación para cualquier persona interesada en la literatura negra del siglo XX.</p>
<p><strong>El Cartero llama al Escritor.</strong></p>
<p>Nacido en 1906, su verdadero nombre era René Babrazon Raymond. Su interés por la escritura comenzó tardíamente. Antes, como muchos, tuvo que descubrir que era un perfecto inútil en multitud de materias. Su padre, Francis Raymond, un coronel de la Armada británica, se preocupó de darle una educación abnegada. Quería que el hijo le saliera científico, y con ese espíritu lo mandó a Calcuta para hacer un estudio de la hidrofobia. Fracasó. De vuelta a Londres, con 18 años y defenestrado del hogar familiar, encontró trabajo en un almacén librero vendiendo enciclopedias infantiles. A los 26 contrajo matrimonio. De su mujer, Sylvia Ray, obtuvo pronto un retoño. Hasta ese instante no es más que un londinense entre tantos, dedicado a mercader de libros. Pero de pronto lee a James Cain, y todo en su vida cambia.</p>
<p>La novela que llega a sus manos se titula &#8220;El Cartero Llama dos Veces&#8221; (1934). Es la trepidante epopeya delictual de Frank Chambers y Cora Smith, un vagabundo y una dependienta de restaurante, entre los cuales estalla una furiosa pasión que al poco acaba con el asesinato del marido de ella, dueño de la fonda, y la fuga de la pareja de fugitivos. En la obra hay cinismo, violencia, tensión psicológica, y por cierto un lote de elementos que luego pasarán por tópicos en lo que se denomina &#8220;realismo sucio&#8221;. Pero lo mejor de todo, lo que impresiona vivamente al inglés Raymond, es el recurso de contar la historia desde la perspectiva del criminal. Se le ocurre que él podría hacerlo bien, y decide probar suerte.</p>
<p><strong>La Familia Grisson.</strong></p>
<p>Antes de escribir, el autor sólo sabe dos cosas. Una, que la trama tiene que ir de un secuestro; lo otro es que la acción debe desarrollarse en Estados Unidos. Hay quien sostiene que lo primero se debe a su lectura de &#8220;Santuario&#8221; (1931), de William Faulkner, y en particular a la influencia del personaje de Popeye, un psicópata al mando de una banda de delincuentes de poca monta que goza torturando a una muchacha secuestrada. Lo segundo es más claro: Estados Unidos es el país indicado, luego de la gran Depresión del &#8217;29, para desarrollar una temática criminal de este tipo. Su sociedad fracturada, su institucionalidad corrompida, la ruina moral de sus habitantes, el contexto de la prohibición alcohólica y el contrabando a mansalva que de ello resulta, conforman el escenario perfecto para el proyecto narrativo que el inglés tiene en mente.</p>
<p>Se dice que sólo se demoró seis semanas en escribirla. Un tiempo que parece verosímil, considerando el ritmo de producción que lo caracterizaría años después. La acción es igualmente veloz: un grupo de patanes secuestra a una joven y rica heredera. Son tipos más estúpidos que perversos. Hubiesen querido robarle sólo el collar, pero algo se desmadra y el novio de la muchacha termina muerto, y ella como rehén. Después, bueno&#8230;, las cosas siguen desmadrándose. La irrupción en escena de la familia Grisson, al mando de una temible matriarca y su retorcido hijo, termina de configurar el mapa y el destino de la joven, cuyo nombre, por cierto, es Miss Blandish.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/7-James-HAdley-Chase-El-secuestro-de-Miss-Blandish.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4629" title="7 - James HAdley Chase - El secuestro de Miss Blandish" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/7-James-HAdley-Chase-El-secuestro-de-Miss-Blandish.jpg" alt="" width="125" height="166" /></a>En el desarrollo ocurren múltiples peripecias, se cambian las perspectivas narrativas, entran y salen memorables personajes secundarios, pero el lector siempre sabe que nada de eso puede acabar bien. Cada página, al estrujarse, destila una crueldad y misoginia feroz, y sin embargo no gratuita ya que digna de su época. No hay nadie que pueda ser moralmente templado en este universo. Los diálogos son lacónicos, mordaces, y en sus mejores momentos recuerdan al Chandler más inspirado. Una comparación que al Gran Raimundo, digámoslo, no le habría hecho mucha gracia.</p>
<p>La novela de 1938 &#8220;No hay Orquídeas para Miss Blandish&#8221; (a veces traducida como &#8220;El Secuestro de Miss Blandish&#8221;) fue un éxito rotundo no sólo en Inglaterra y en Estados Unidos, sino también en el resto de Europa, África y Asia. René Raymond quedaba relegado al anonimato, escudado de una nueva y prolífica identidad: la de James Hadley Chase. Un apellido que no por nada significa &#8220;Cacería&#8221;.</p>
<p><strong>P</strong><strong>ugilatos Negros y Visiones de Futuro.</strong></p>
<p>La fórmula, claro está, había que repetirla. El escritor se lanzó a la creación de novelas con un ritmo de producción impresionante. En la siguiente década sacó más de veinticinco obras, la mayoría firmadas por Chase, otras por James L. Docherty, Ambrose Grant o Raymond Marshall, sus otros seudónimos. Una reseña del Times lo señaló como un &#8220;Maestro del Arte de la Decepción&#8221;. Pero no todas sus entregas tuvieron buena recepción crítica. Sobre todo en Norteamérica.</p>
<p>Uno de sus más acérrimos enemigos fue Raymond Chandler, quien despreciaba su escritura. Decía de él que era &#8220;un escritor pulp de la peor especie&#8221;, y que su labor desprestigiaba al género. En 1946 lo acusó públicamente de plagiario, al sostener que había incluido fragmentos literales de trabajos suyos y de Dashiell Hammett y Jonathan Latimer en la novela &#8220;Requiem para una Rubia&#8221;. Chase estuvo obligado a disculparse en un comunicado, y a partir de ese momento, según se cuenta, su vida se hizo aún más solitaria y recluida que de ordinario.</p>
<p>Hubo otros que salieron en su defensa. Graham Greene y George Orwell -no precisamente unos advenedizos- lanzaron sendos ensayos destinados a revalidar sus méritos literarios. Del autor de &#8220;La Granja de los Animales&#8221; existe un conocido artículo titulado &#8220;Raffless y Miss Blandish&#8221;. Orwell establece un paralelo entre el elegante ladrón decimonónico creado por E. W. Hornung y el universo criminal descrito en &#8220;Miss Blandish&#8221;, llegando a la conclusión de que, si el resultado del libro de Chase es repugnante en términos morales, ello se deba a que su autor logra un fiel retrato de la época que describe. El recurso de narrar desde la perspectiva criminal no es nuevo; el mejor ejemplo es Raffless, un personaje dedicado al delito pero con un atractivo definido, algo picaresco, capaz de compadecerse por causas justas y dueño de un código ético que, de algún modo, lo redime frente al lector. No sucede así con ninguno de los personajes de la novela de Chase. Ni siquiera con la inocente protagonista, que termina inevitablemente corrompida por su brutal entorno. &#8220;Lo que interesa aquí es la enorme diferencia de atmósfera moral que existe entre los dos libros, y el cambio en la actitud popular que ello probablemente implica.&#8221;, anota Orwell.</p>
<p>Es que en la sociedad estadounidense de los años treinta anida el brutal germen fascista que el autor luego desarrollará en la novela &#8220;1984&#8243; (1949) . El ensayo se detiene en la escena de una pelea de otra novela de Chase: &#8220;Él ya no la Necesitará&#8221;. La golpiza termina con uno de los luchadores aplastando su bota repetidas veces en la cabeza de su rival. En una escena de &#8220;1984&#8243;, a su vez, el personaje de O&#8217;Brien le promete a Winston Smith, rehén suyo, lo siguiente: «Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano. Incesantemente.&#8221;</p>
<p><strong>Esfinges y Muerte.</strong></p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/chase1.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4630" title="chase1" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/chase1.jpg" alt="" width="173" height="291" /></a>Lejos de ser elementos de decorado, las mujeres son para Chase detonantes de toda tragedia potencial. Su presencia en escena determina cada imprevisto y giro circunstancial, que en sus ficciones son la constante. Pueden tener actitudes pasivas o agresivas, pero siempre reside en ellas el poder de enloquecer a los hombres y precipitarlos a uno u otro derrotero de violencia.<br />
En la novela &#8220;Eva&#8221; (1945), Chase da vida al miserable Clive Thurston, un tipo de escaso talento y elevadas ínfulas que, merced a un fraude, se hace de dinero, reputación y fama literaria en el mundo de Hollywood. De pronto Thurston tiene la vida soñada: todos lo conocen y respetan, las mujeres se rinden a sus pies; puede darse el lujo de cobrar millones por sus pobres creaciones gracias a su nombre consagrado. Su prometida se llama Carol y es un ejemplo de abnegación, inteligencia, bondad y equilibrio. Ella sabe que su buen Clive, de tanto en tanto, le pone los cuernos, pero está decidida a no hacerle la alharaca hasta el día en que se casen. En este contexto aparece Eva, una prostituta de mirada glacial, no especialmente atractiva, pero absolutamente indiferente a los encantos del farsante, lo que lo enloquece y arrastra a un desenlace que se escalona en variadas fases de humana degradación. Otro ejercicio maestro en el arte de decepcionar.</p>
<p>Al margen de su trama y construcción, la historia muestra los extremos que puede alcanzar un hombre sometido por una pasión dominante. Y la tesis de Chase parece decir que todos, llegado el caso, podemos caer en un embrujo parecido, mandando cuánto nos rodea -pareja, amigos, negocios, trabajo, posición, nombre- al carajo. A sabiendas de lo mal que está ese proceder, pero precisamente por ello con más fuerza y determinación. Y lo que queda detrás del rostro de Eva, mujer primordial para Chase -una &#8220;esfinge sin secreto&#8221;, en la frase de Oscar Wilde-, es esa pulsión de muerte siempre latente y presta a poseernos para arrastrarnos al abismo.</p>
<p>Ellas, por su parte, esconden siempre un complejo de inferioridad que se preocupan de recubrir bajo mil formas, concientes del poder que les da su sexo. Lo hace Eva, amparada en su oficio, secretamente despreciando a todos los hombres que la cortejan, a todos los que le prometen una vida mejor, menos sórdida; todos aquellos que buscan acceder a su corazón con bobas declaraciones de amor. Al único que ella quiere es a Jack -así, a secas- quien, se adivina, es aquél que está con ella sólo cuando quiere, siempre borracho, y que su máxima manifestación de cariño consiste en un puntapié en la espalda, luego de satisfecho sexualmente, para sacársela de encima.</p>
<p><strong>Chasing Cine.</strong></p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/chase.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4631" title="chase" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/09/chase.jpg" alt="" width="250" height="236" /></a>De sus más de noventa novelas, cincuenta y dos han sido llevadas al cine. La mayoría en Francia e Italia, países en donde logró mayor popularidad. De las mencionadas en este artículo, &#8220;No hay Orquideas para Miss Blandish&#8221; tuvo dos adaptaciones. La primera, en 1948, dirigida por St John Legh Clowes con su título original. La segunda se llamó &#8220;La Banda de los Grisson&#8221;. Robert Aldritch la estrenó en 1971, siendo, en opinión de la crítica, más lograda y fiel con la dureza y tensión de la obra literaria.</p>
<p>&#8220;Eva&#8221;, por su parte, fue adaptada en 1962 por Joseph Losey, contando en los protagónicos con Dick Bogarde y Jeanne Moreau, quien al parecer consiguió una extraordinaria interpretación del personaje.</p>
<p>Resulta curioso, por decir lo menos, cómo este autor logró tal nivel de comprensión y fidelidad de un mundo que no conoció en vida. No sólo el hampa criminal, sino también el ambiente de actores, guionistas y productores de Hollywood, a los que retrata con tanto conocimiento de causa como si fuera un Francis Scott Fitzgerald. Su vida fue un ejemplo de sosiego. Lejos de los buscavidas y proxenetas, cuya psicología demostraba dominar al dedillo, Chase fue un esposo devoto y fiel. Luego de la polémica con Chandler se retiró a Francia, en 1956, y posteriormente a la localidad suiza de Corseaux-sur-Vevey, lugar en el que permaneció hasta su muerte, en 1985, dedicado en solitario a la creación de su oscuro universo literario.</p>
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		<title>Zanfonas de los Suburbios: Lo nuevo de Arcade Fire</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Aug 2010 18:23:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Terapia melómana]]></category>
		<category><![CDATA[Arcade Fire]]></category>
		<category><![CDATA[The Suburbs]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta semana salió a la venta el tercer disco de los canadienses Arcade Fire, titulado "The Suburbs". La pieza venía haciendo ruido desde que un par de temas se colaron en la web, voluntariamente o no por parte del grupo, anunciando su regreso. Es que las expectativas eran altas tras el aclamado "Neon Bible" (2007) algo que siempre produce alguna sospecha. Esta vez, sin embargo, se puede decir que la espera valió su tiempo.
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/08/arcade_fire_the_suburbs-460x455.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4583" title="arcade_fire_the_suburbs-460x455" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/08/arcade_fire_the_suburbs-460x455-300x296.jpg" alt="" width="300" height="296" /></a>Esta semana salió a la venta el tercer disco de los canadienses Arcade Fire, titulado &#8220;The Suburbs&#8221;. La pieza venía haciendo ruido desde que un par de temas se colaron en la web, voluntariamente o no por parte del grupo, anunciando su regreso. Es que las expectativas eran altas tras el aclamado &#8220;Neon Bible&#8221; (2007) algo que siempre produce alguna sospecha. Esta vez, sin embargo, se puede decir que la espera valió su tiempo.</p>
<p><strong>La Previa a &#8220;The Suburbs&#8221;.</strong></p>
<p>En Arcade Fire intentan mantener una filosofía del secreto y la sorpresa; preservar la expectación de un lanzamiento, algo que hoy, en la época del leaking indiscriminado, huele a anacronismo. Dice el guitarrista y bajista Tim Kingsbury al respecto: &#8220;Hoy en día sabemos que es imposible que un artista no vea como los temas de su nuevo álbum llegan a Internet, lo que genera que la sorpresa que te pueda producir ese lanzamiento, cuando el artista lo decide, no exista. Y esa es una costumbre que no deberíamos perder. Yo todavía entro a las tiendas de discos a comprarlos en el momento en que salen, con incertidumbre, con la sensación de encontrar algo de forma pura, hasta inocente. Por eso creo que es mucho mejor guardar el secreto y esperar hasta el día en que sale. Además es una forma de que la expectativa sea conjunta, de todos por igual&#8221;.</p>
<p>¿Idealistas? La postura del grupo ha sido siempre conservar su independencia artística en todas las materias, rasgo que ha hecho que muchos los aclamen como una de las bandas más originales del último tiempo, sino la más. Sin ánimo de caer en afirmaciones grandiosas, lo cierto es que estos canadienses, oriundos de Montreal, le hacen el quite a los convencionalismos. Partiendo por el modo en que tocan. Arcade Fire son siete músicos, todos multiinstrumentistas, a los cuales se suman otros dos cuando salen de gira. Su cóctel de sonidos incluye violines, violas, violonchelos, pianos, mandolinas, acordeones, ukeleles, y alguna excentricidad atípica como la zanfona, instrumento del siglo IX asociado a la música religiosa.</p>
<p>La mezcla sonora no suena artificiosa ni rebuscada, como podría parecer. Las canciones de Arcade Fire son simples, aunque bien elaboradas. De sutiles arreglos que sostienen bases melódicas inclinadas al pop, pero no por ello faltas de fuerza. Win Butler, frontman del grupo, las define como &#8220;pequeñas y complejas obras gestadas como piezas aisladas de un gran plano arquitectónico&#8221;. Algo hay de eso en los dos primeros discos de la banda, &#8220;Funeral&#8221; (2004) y &#8220;Neon Bible&#8221; (2007). Una atmósfera conceptual que se desgrana en pequeñas partes de distinta intensidad y que alcanza momentos que tocan breves destellos de éxtasis sacro.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/08/imgArcade-Fire2.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4584" title="imgArcade Fire2" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/08/imgArcade-Fire2-297x300.jpg" alt="" width="297" height="300" /></a>Esto último es particularmente notorio en &#8220;Neon Bible&#8221;, cuya temática religiosa se hace patente desde el título. Criado en un ambiente rural, de férrea tradición mormona, Butler elabora una personal reflexión de ese mundo cerrado y draconiano que inspiró también al joven John Kennedy Toole en su primera novela: &#8220;Hay dos tipos de miedo. La Biblia habla bastante sobre el temor de Dios y sobre el temor a algo imponente, fantástico. Esa clase de miedo es lo que hace que una persona quiera cambiar. Pero el temor de otras personas hace que quieras seguir como estás, sin cambiar nada, para así proteger lo que tienes. Ese miedo no hace bien, porque estanca y paraliza. Estas historias hablan básicamente de eso.&#8221;.</p>
<p>El disco &#8220;Funeral&#8221; tiene, asimismo, su peculiaridad temática. Sucede que durante su grabación murieron una serie de personas ligadas a la banda. Coincidencia o no,  el hecho influyó en las líricas y, evidentemente, en el título de esta placa debut. Tim Kingsbury lo explica: &#8220;Entiendo que no es el nombre comercialmente más luminoso e inteligente para salir a vender un álbum, pero era lo que nos pasaba en ese momento. Tratamos de tomarlo con un poco de humor.&#8221;.</p>
<p>Como se lee, estos tipos no carecen de un especial sentido de lo gracioso. Algo que los lleva, en ocasiones, a decisiones pintorescas, como grabar el videoclip del tema &#8220;Neon Bible&#8221; encerrados dentro de un ascensor, o el absurdo sistema de percusiones que la frontwoman Régine Butler, esposa de Win, a veces improvisa en vivo: aporrear hojas de periódicos en extraños movimientos de abanico. Una actuación que, en opinión de muchos, resulta deslumbrante. No falta quienes sostienen que son &#8220;la banda que hay que ver en vivo antes de morir&#8221;, o tremendismos por el estilo. Para comprobarlo habría que traerlos, claro. Mucho se ha hablado de un posible paso por Brasil y Argentina para promocionar &#8220;The Suburbs&#8221;, ocasión que podría derivar en un show en Santiago, aunque nada concreto hay aún, más allá de los rumores.</p>
<p>¿Cómo es que han logrado tal nivel de notoriedad? Muchos se extrañan del fenómeno, tratándose de una banda tan atípica y que recibe mucho menos atención mediática que un montón de grupos actuales. Casi no suenan en la radio, pero sus discos -sólo dos en diez años de carrera- son superventas; están invitados a cuanto festival se hace en Europa, y ellos siguen trabajando bajo el decálogo indie. Aseguran que jamás una multinacional recibirá dinero por sus creaciones, y hasta el momento lo han logrado. Hace siete años firmaron para el sello autónomo Merge Records; ahí siguen. &#8220;Nosotros decidimos trabajar de acuerdo con ciertos lineamientos y nos sentimos felices de ser dueños y responsables de todo lo que hacemos, pero no criticamos la forma de trabajo de los demás. Aunque, sí, nos podríamos considerar una banda atípicamente exitosa&#8221;, remata Win Butler.</p>
<p>Para estos días ya se anuncia, con visos de espectacularidad, una presentación de &#8220;The Suburbs&#8221; en el célebre Madison Square Garden. La dirección visual estará a cargo del director británico Terry Gilliam (&#8220;12 Monos&#8221;, &#8220;Panico y Locura en Las Vegas&#8221;), en un show que podrá seguirse en directo a través de Youtube, con la posibilidad de que el espectador elija a su antojo entre distintas cámaras dispuestas para el evento. Muchos anticipan que esto marcará el despegue definitivo de los canadienses hacia el estrellato, aunque probablemente ellos sean los primeros en reírse ante sentencias de este tipo.</p>
<p><strong>El Disco</strong></p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/08/arcade-fire-1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4585" title="arcade fire 1" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/08/arcade-fire-1-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a>Es el registro más extenso de la banda hasta la fecha: dieciseis canciones y algo más de setenta minutos de duración. Una producción vistosa y sofisticada, con ocho carátulas distintas, hicieron que varios observaran con desconfianza esta entrega. El resultado, sin embargo, está a la altura de lo que ya habían hecho previamente.</p>
<p>Canciones simples y directas, amables de entrada con el oído, que de cuando en cuando alcanzan alguna cota épica, como en &#8220;Half Light II (No Celebration)&#8221; o &#8220;Mountains Beyond Mountains&#8221;, por nombrar un par. Ritmos pegadizos, sencillos aunque nada planos, con cuidadosos arreglos y esa melancolía que está en la impronta de las voces de Win y Régine Butler. Cierta tristeza que remite a la infancia, o a una primera adolescencia, como de inmediato nos sugiere la letra del tema que da nombre al disco. No es un canto de grandes dolores ni profundos traumas: pequeñas desazones al viento, como mudanzas y cambios de colegio, van dando forma al recuerdo imaginario de los suburbios de Montral, lugar donde algo se perdió y que se resiste a ser recuperado, incluso en la memoria.</p>
<p>La atmósfera oscila entre momentos de agitación -&#8221;Empty Room&#8221;, &#8220;Month of May&#8221;- y otros más cadenciosos -&#8221;Sprawl I&#8221;, &#8220;Rococo&#8221;-. Quedan de inmediato grabadas en la oreja las emotivas &#8220;City With no Children&#8221; y &#8220;Wasted Hours&#8221;, temas a medio tono en donde la frustración lírica queda revestida de cierta indefinida belleza musical.</p>
<p>Las mezclas de elementos están equilibradas y dan la impresión de consistencia. Las exageraciones se evitan, y eso consigue que la placa pase ligera, sin desmerecer su complejidad. Los momentos lentos, que en otras producciones aburren de tan elaborados, aquí se entregan en dosis precisas. Es un disco bien pensado y, lo mejor, pensado para el oyente, no a su pesar.</p>
<p>Como última curiosidad, un botón: en la página oficial de la banda se puede encontrar la letra del tema &#8220;The Suburbs&#8221;, con el añadido extra de que cada palabra ahí es un enlace que remite a una imagen distinta. Si el lector dispone de ocio, puede hacer la prueba de jugar un rico puzzle de posibilidades al tiempo que escucha la canción de trasfondo. La experiencia, quizás, lo dejará con una leve sensación de inquietud. Algo por lo demás muy a tono con el resto del contexto.</p>
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		<title>Philip K. Dick: Caleidoscopio de realidades</title>
		<link>http://surruido.com/2010/05/07/philip-k-dick-caleidoscopio-de-realidades/</link>
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		<pubDate>Fri, 07 May 2010 19:23:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[Philip K Dick]]></category>

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		<description><![CDATA[Mediados de los sesenta. Luego de la victoria alemana en la segunda guerra, el mundo fue repartido políticamente entre los tres países del Eje. Estados Unidos constituye un ejemplo de la hegemonía global: la costa este es regida por los nazis; California y sus alrededores son una suerte de protectorado japonés, y el centro del territorio pasa por una zona neutra con claro ascendente racial ítaloamericano.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mediados de los sesenta. Luego de la victoria alemana en la segunda guerra, el mundo fue repartido políticamente entre los tres países del Eje. Estados Unidos constituye un ejemplo de la hegemonía global: la costa este es regida por los nazis; California y sus alrededores son una suerte de protectorado japonés, y el centro del territorio pasa por una zona neutra con claro ascendente racial ítaloamericano.</p>
<p>La cultura resulta una extraña mezcla de estos distintos elementos, y las ideologías son híbridos que someten a los ciudadanos a un estado de sumisión y pasividad mental. Un mundo donde, en apariencia, no tiene espacio la rebeldía. En medio de este clima neocolonial, circula una novela peligrosa que transmite una idea inquietante. ¿Qué pasaría si los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, hubiesen ganado la guerra? ¿Y qué tal si eso fue lo que ocurrió en realidad? ¿Cómo estar seguros de que lo que vivimos es el efectivo producto de la historia, y no una proyección ilusoria de un presente meramente posible?</p>
<p>Preguntas como ésta surgen a cada paso de la lectura de la obra de Philip K. Dick (1928-1982), no por nada considerado como uno de los autores fundamentales de ciencia ficción del siglo XX.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/HombreCastillo.png"><img class="alignleft size-medium wp-image-4176" title="HombreCastillo" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/HombreCastillo-170x300.png" alt="" width="170" height="300" /></a>La idea recién mencionada proviene de la trama de “El Hombre en el Castillo”, novela ganadora del premio Hugo, en 1962, y cabal ejemplo de maestría en un arte tan resbaladizo como lo es la ucronía. O en este caso quizás habría que hablar de una meta-ucronía: un desliz en el curso del tiempo encerrado dentro de otra discontinuidad alterna. Las realidades, tal vez, operan de manera yuxtapuesta. Acaso basta con un esfuerzo, o luxación de la percepción, para apreciar este hecho. Después de todo, lo que vemos del mundo no es sino la representación de nuestra fina sensibilidad espacio temporal, una estructura por lo demás frágil y nada segura, ontológicamente hablando.</p>
<p>Dice Rodrigo Fresán, en conversación con otro Roberto, Bolaño, que la lectura de corrido de varias obras de Dick podría producir una dislocación en nuestra usual percepción del espacio &#8211; tiempo que vivimos. Podríamos agregar que ese ejercicio, cuando menos, mueve a la sospecha. Una posibilidad ciertamente terrorífica, ya que si la consistencia de lo real es así de blanda, nada nos asegura que cuanto vemos, vivimos, amamos y recordamos, pueda ser una feble construcción cognitiva entre otras muchas posibles. Una alucinación, pero no individual sino intersubjetiva. La locura no existe como diagnóstico particular, dado que no hay un parámetro de normalidad sobre el cual justificarla. Y puede que solo desde ella se deje apreciar la esencia de las discontinuidades. ¿Alguien se ofrece de voluntario para la prueba?</p>
<p>Ejemplo de visión alterada es Manfred Steiner, el niño autista de la soberbia “Tiempo de Marte”. En las colonias del vecino planeta la vida no es fácil; a las áridas condiciones de existencia se agregan algunas incomodidades extras, como los niños. Quienes nacen en Marte son levemente distintos. No completos deformes, ni decididamente retardados, pero sí extrañamente retraídos, reacios a aprender el lenguaje, faltos de empatía, “más parecidos a un animal tenso y vigilante que a un niño”. Existe una teoría al respecto que dice que los nativos perciben la realidad en un tiempo levemente acelerado. El mundo pasa ante sus ojos como una película en cámara rápida. No pueden apercibirse del lenguaje; a sus oídos, las palabras se expanden en sonidos inarticulados. De hecho, no ven lo mismo que los seres “normales”. Ni siquiera viven el mismo presente. Estimulado por estas ideas, y sobre todo por la posibilidad de que Manfred sea capaz de ver el futuro –y por ende un camino seguro para hacer fortuna-, Arnie Kott, un prepotente político local, se obstinará en tender un puente artificial de contacto entre “su” mundo y el del niño autista. La gran dificultad será establecer una comunicación en regla. Pero cuidado con lo que se desea: el ambicioso plan del sindicalista puede derivar en un horror que más valdría dejar oculto.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/philipdisck.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4177" title="philipdisck" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/philipdisck-214x300.jpg" alt="" width="214" height="300" /></a>La multiplicidad de realidades no solo puede abrirse a los seres considerados anormales. Dick explora asimismo las posibilidades que encierran las religiones y las drogas a este respecto. Siempre y cuando consideremos que ambas son cosas distintas. En “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”, por ejemplo, la religión y el uso de cierta droga son una unidad, una consubstanciación análoga a la de ciertos misterios clásicos del cristianismo, como la unión del padre y el hijo. Su resultado es una comunión, una esencia material indispensable para la vida de los colonos en otros planetas; en rigor, dicho milagro constituye la única posibilidad de sobrevivir a unas condiciones de vida insalvables, el último vestigio de sentido al cual aferrarse. Sacrificar la propia cordura, en este contexto, pasa por una necesidad vital. Al igual que ocurre con los dudosos humanos de “¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?” (llevada al cine por Ridley Scott, con mucho menos ambición, bajo el título de “Blade Runner”). Aquí, la extraña religión del mercerismo es también puerta de entrada a una dimensión paralela, por así llamarla, en la cual los hombres purgan sus faltas transfigurándose en Mercer, suerte de mezcla entre Cristo y Sísifo; apedreado por toda la eternidad, Mercer se ve condenado a repetir incesantemente un camino de dolor “por la salvación de toda la humanidad”. La vida cotidiana se sostiene en esta creencia y en un sistema de programación mental que permite a las gentes elegir estados anímicos templados y agradables, todo bajo el telón de un payaso que repite en televisión una sarta de noticias monotemáticas que reivindican la normalidad del día a día.</p>
<p>El futuro anticipado por Dick es siempre consecuencia de una devastación. Una gran guerra o un cambio climático irreparable (en tiempos en que el tema no era la moda de turno), que obliga al hombre a valerse de artificios tecnológicos que funcionan mal, la mayoría de las veces, o bien son decididamente inútiles. Los paisajes de estos mundos están siempre poblados por cerros de chatarra, y no es casual que sus héroes sean casi siempre técnicos, tipos que reparan cosas, representantes de un proletariado cuya función es indispensable en un mundo donde la disfunción es la impronta de todo proceso industrial. Los artefactos revelan un mundo creado y el ingenio de quienes los idean y fabrican, pero, a diferencia de las obras de arte, están muy lejos de la perfección, e incluso del criterio de lo óptimo. La tecnología deja en el paisaje un zurullo indeseable y absurdo. En “¿Sueñan los Androides…?”, Dick bautiza a esta materia inservible como kippel. El mundo está lleno de esta residualidad que no se ocupa, no se piensa en ella, solo se acumula. ¿Y quién nos dice que la cantidad de kippel pueda un día ser tanta que produzca una aceleración en la natural entropía del universo?</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/eldritch.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4178" title="eldritch" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/05/eldritch-200x300.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a>No se puede sentir seguridad leyendo a Dick. Ni siquiera la propia consistencia escrita de sus relatos puede tranquilizarnos. Paradójicamente, el despertar de la paranoia puede provocar en el lector accesos de fe insospechados. Leyéndolo, de pronto damos crédito sincero a algo que de otro modo pasaría como un simple desvarío. La prosa de Dick tiene un raro poder sugestivo; sus ideas, a diferencia de otros autores del género, son dichas con una claridad tal que no precisa de sofisticados argumentos para sostenerlas con verosimilitud. Entrar en contacto con ellas es algo perturbador. Pero no es suficiente con decir eso. Quizás convenga, a fin de cuentas -y para prescindir de eufemismos-, volverse un poco esquizoide al leerlo.</p>
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		<title>José Gai: Del Veinte y del Más</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jan 2010 21:12:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[Del Veinte y del Más]]></category>
		<category><![CDATA[José Gai]]></category>

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		<description><![CDATA[En este libro de cuentos, José Gai despliega con sorprendente oficio su paleta de recursos narrativos. La variedad de estilos, voces y tratamientos que desfilan acá resultan una sorpresa más que interesante. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En este libro de cuentos, José Gai despliega con sorprendente oficio su paleta de recursos narrativos. La variedad de estilos, voces y tratamientos que desfilan acá resultan una sorpresa más que interesante. Siendo que aún no leo Las manos al Fuego, su novela debut, creo que haber entrado a su prosa mediante este grupo de relatos ha sido la motivación perfecta; dudo que las recetas sirvan a todos por igual, pero si alguien no tiene puta idea de quién es Gai, resulta más que recomendable partir por los cuentos de El Veinte a modo de propedéutica de algo mayor.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/gai.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3181" title="gai" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/gai.jpg" alt="" width="188" height="125" /></a>Mencionaré algunos relatos y sus circunstancias. Lección de Dibujo, en mi inservible opinión, es un ejercicio de maestría narrativa como pocos. No sé si es el que más me gustó, pero me parece con creces el más logrado. En breves cuatro páginas asistimos a un fresco de recuerdos escritos al modo de una carta hacia un destinatario cuya verdadera dimensión sólo aparece en las últimas diez palabras. Del humor infantil pasamos al desgarro y a la impotencia, y de ahí a la rabia vengativa sin la necesidad de recurrir a artificios melodramáticos de ningún tipo. La construcción es impecable, y la manera en que nos acercamos al doloroso trasfondo ocurre a un ritmo que el mismo Carver alabaría. Un cuento para incluir en material de lectura para colegios, sin lugar a dudas.</p>
<p>Pero si de gustos se trata, cómo no hablar de El Mejor Puntero Izquierdo del Mundo. Su protagonista es el calco de una generación completa de jugadores que han fracasado bajo el sueño del reconocimiento pelotero. Una generación &#8211; la del 87, para ser precisos-, que tuvo el tiempo para ilusionarse y luego ver cómo sus castillos se derrumbaban con estruendo, esfumándose en el aire. O en polvo, en este caso, esa arena hostil de Alto Hospicio que hace de trasfondo miserable y desesperanzado de nuestro zurdo protagonista, el cual se hace querible, como buen tonto, con su voz en primera persona diciéndonos frases para el bronce tan rotundas como la que sigue, que resume el relato: “el fútbol no es mejor ni más decente que la droga”.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/El-Veinte.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3182" title="El Veinte" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/El-Veinte.jpg" alt="" width="144" height="203" /></a>Tanto El Veinte como Un Express son imaginarios futuristas elaborados a base del más probable derrotero de los desastres que actualmente incubamos como sociedad. El primero apunta a sesenta años plazo en un mundo cuya historia está condicionada por Grandes Guerras Virales, no biológicas sino de información, y donde los humanos garrapatean en máquinas perennemente estropeadas tratando de saber algo de sí mismos; náufragos que sitúan la cuna de la civilización en Tampa, Florida, a causa de alguna pérdida computacional irreparable que trunca sin perdón cualquier posible remisión a un origen. Acaso Heidegger se extasiaría en horror leyéndolo y constatando cómo la reificación técnica lleva hasta extremos que difícilmente podrían ser tildados de humanos eso que él llamó, no sin pompa, “el olvido del ser”. Lo tiro como una posible lectura, pues en verdad la cosa se presta para muchas, siendo en esencia una magistral pieza negra breve. Léanlo y compruébenlo.</p>
<p>El futuro de Un Express, en cambio, es a corto plazo. Bajo el relato de una primera persona de dudosa moralidad &#8211; la mejor posición para narrar toda caída-, asistimos a una evocación permanente de un Bicentenario que se desploma por todas partes. Partiendo por la justicia y el sistema inmobiliario-penitenciario, nudo central del cuento, pero también por los malestares populares y la represión policíaca-militar como única solución del problema, la transformación de cada fragmento social en imagen y la ruina política que ello supone. También por la alienación adolescente, por el distanciamiento cada vez mayor entre generaciones distintas, y un largo etcétera. Nos queda la sensación, después de leerlo y sintiendo la misma corriente nerviosa que el protagonista, que esto tiene necesariamente que desembocar en alguna masacre fabulosa.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/gai1.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3183" title="gai1" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2010/01/gai1.jpg" alt="" width="125" height="188" /></a>Un Señor de Respeto y Cuatro Volantines son igualmente perturbadores, aunque a un nivel de subjetividad más acotado. La curiosa afición de un respetable anciano, residente de un barrio venido a menos – el viejo Santiago, ¿por qué no? O ciertas zonas de San Miguel-, de proveerse de niños ajenos con algún oscuro fin que no precisamente tiene que ser el que uno imagina de primeras. O la adolescente, criada en un cajón de frutas en algún pueblo montañés del norte de Chile, cuya intuición e inteligencia superan con creces la de su psiquiatra tratante, incapaz éste de ver el trasfondo real de los crímenes que hacen de escenario de fondo. Una prueba de que la formación profesional de estos parásitos no hace sino nublarles la vista a lo evidente, tan empaquetados los pobres en las interpretaciones canónicas de cada símbolo. En Cuatro Volantines, la naturaleza silvestre le pega diez patadas en la raja a todo resabío academicista. Por detalles como estos es que Gai me cae tan bien.</p>
<p>En Los de Siempre también hay algo de eso, pero encapsulado en un mundo más pretérito e inaccesible al simio moderno. No es acá la ciencia la que fracasa ante las fuerzas primigenias, sino la religión. Puto dogma, qué lindo es leerte caer y retirarte ensangrentado de escena, montado en burro y condenando lo que no se entiende. Y culpable, lo mejor de todo, ante los ojos de un cerro milenario cuyos dioses no pueden sino reír ante el espectáculo de un débil cristiano arrancando de sí mismo.</p>
<p>En fin. Si no hablo del resto es porque no quiero hacerla demasiado larga en esta nota, pero que no quepa duda que Ojalá Mañana, Sólo un Poncho en la Pampa, La Tía Elizabeth y Jueves de Lourdes son igualmente notables en sus distintos registros. José Gai no sólo dibuja muy bien – es ilustrador en La Nación Domingo-, sino que escribe con un oficio de la puta madre. Además depura y corrige con un esmero que se nota y agradece. Por ahí ocupa ciertas estrategias que me merecen algunos reparos, pero no me interesa dar la lata con eso porque implicaría el mal gusto de reescribir las tramas, y con vicios de crítico yo no comulgo.</p>
<p>Prefiero ir a la caza mayor. Las Manos al Fuego me espera, seguramente no menos sucia y negra que estos buenísimos relatos</p>
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		<title>Expendio: G.K Chesterton y La Taberna Errante</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Dec 2009 18:34:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatosis aguda]]></category>
		<category><![CDATA[G.K Chesterton]]></category>
		<category><![CDATA[La Taberna Errante]]></category>

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		<description><![CDATA[Los letreros de las cantinas revisten una importancia fundamental para la estabilidad de occidente. No sólo indican la naturaleza del vital brebaje que ahí dentro espera a los parroquianos, sino que son también la materialización jurídica del derecho de las gentes de compartir un trago. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los letreros de las cantinas revisten una importancia fundamental para la estabilidad de occidente. No sólo indican la naturaleza del vital brebaje que ahí dentro espera a los parroquianos, sino que son también la materialización jurídica del derecho de las gentes de compartir un trago. Esto, que parece una perogrullada, tiene en verdad una significación más honda, la cual seguramente sería apreciada en todas sus dimensiones en un contexto de prohibición de este placer esencial. Como afortunadamente (aún) no hemos llegado a ese extremo de demencia legislativa, es bueno y útil que la perspectiva exista a modo de ficción. Y cuál más alegórica, certera y concluyente, que ésta que nos ofrece G. K. Chesterton.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/12/wallpaper_gkc.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3116" title="wallpaper_gkc" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/12/wallpaper_gkc-300x225.jpg" alt="wallpaper_gkc" width="300" height="225" /></a>Leída así, La Taberna Errante remece nuestros habituales parámetros de razonabilidad con el mundo. Ciertas instituciones y costumbres que damos por supuestas, como la tradición del “expendio”, podrían no existir. ¡Y cómo resentirían con ello nuestros márgenes de tolerancia! Pero el asunto va más allá de los resquebrajamientos psicológicos a escala individual, los cuales no bastarían para explicar la oleada de suicidios colectivos que sin duda provocaría el fenómeno. Y la perspectiva no es descabellada. Hace ya varias décadas que la razón occidental resulta maniatada por cierta ideología de la higiene que no pocas veces alcanza extremos absurdos. Chesterton, que ya detectaba el germen de esta locura allá por 1914, incluso antes de la instauración de la ley seca en Estados Unidos, la combate a punta de bromas, paradojas, alegorías y dialéctica.</p>
<p>El resultado es fantástico, en el más amplio sentido de la palabra: Patrick Dalroy, un gigante irlandés autodenominado “Rey de Itaca”, ex capitán de una tropa que combatió en una delirante guerra entre oriente y occidente, regresa a Inglaterra con la genuina intención de beber un buen trago en su taberna favorita: “El Viejo Navío”, propiedad del generoso y ecuánime Humprey Pump, prototipo del hombre común inglés que tanto agrada a Chesterton. El problema es que, terminada la guerra, cierto diplomático fanático, Lord Ivywood, esteta de un orden “progresista” basado en el “entendimiento ecuménico de las culturas”, ha dispuesto una serie de ordenanzas legales que prohíben la venta de alcohol. Bajo el pretexto de una dudosa moralidad de la templanza, Ivywood y sus secuaces van a requisar los permisos de venta de bebidas alcohólicas expresados en la figura del “letrero”. Lo que sigue a continuación es una rebelión del sentido común, representado este último en las figuras de Dalroy y Pump, quienes, armados con un barril de ron y un queso enorme, además del susodicho cartel, inician un peregrinaje fugitivo en defensa de las tabernas a lo largo de Inglaterra.</p>
<p>Con los elementos así dispuestos, la novela se despliega en una sucesión de situaciones jocosas, elogios a la vida vagabunda, cantos a favor del vino y el ron, burlas al vegetarianismo (y por extensión a Bernard Shaw), a la moral de la aristocracia burguesa y al auge del negocio farmacéutico, expresión insigne de una época que lleva el culto a la salud a la categoría del disparate. El recurso cómico, virtud llevada a un grado sublime en Chesterton, camufla los horrores que se esconden detrás de un mundo regido por estos ideales, los cuales, de tan saludables en sus intenciones, devienen insalubres.</p>
<p><a href="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/12/latabernaerrante.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3117" title="latabernaerrante" src="http://surruido.com/wp-content/uploads/2009/12/latabernaerrante-204x300.jpg" alt="latabernaerrante" width="204" height="300" /></a>Porque si el propósito, en teoría, es elevar al ser humano desde su animalidad y emanciparlo a un más alto grado civilizatorio, lo que se consigue en la práctica es esterilizar una institución social por excelencia, como la taberna, y de paso borrar del plano de las costumbres las instancias de acercamiento entre los hombres. Si la excusa es la defensa de un modo de vida más sano, para de este modo empezar a prohibir el alcohol, los cigarrillos, las carnes, las grasas, el juego, y en general todo aquello que nos otorga un placer, el resultado cotidiano es un tipo de existencia miserable, gris, sin ningún tipo de retribución que merezca calificar a la vida de digna de ser vivida. La abstinencia por sí misma es un significante vacío. Y tras el pretexto de integrar, fusionar, reconciliar las distintas culturas, en la búsqueda de la supresión de los límites tradicionales del mundo, descansa el fanatismo sectario de la prohibición y la consiguiente disolución de las identidades. La reacción de Chesterton contra esta manía sanitaria va más allá del simple aunque saludable gesto de pelear a la contra. Su defensa a los límites establecidos es un grito de libertad más genuino que las habituales proclamas de los ideólogos del liberalismo. Se trata de recuperar la capacidad de ver y apreciar las bondades de las cosas, rescatarlas en su particularidad y librarlas de la tiranía de la visión general y universalizante que busca fundirlas en un todo ecuménico. La difuminación de los límites conlleva la pérdida de definición, y en un mundo sin definiciones acontece no sólo el arribo del nihilismo, sino el dogmatismo de la ley pura y vacía: Todo contenidos, pero sin forma. Si el hombre puede aceptar leyes para la naturaleza y para su comportamiento, lo hace en virtud de que éstas sepan establecer definiciones y límites precisos, cosa que la libre elección de medios y fines permanezca asegurada, con toda la carga de riesgo e inseguridad que ello supone. La ley de la indefinición, en cambio, no asegura nada salvo un mundo privado de parámetros de elección. Una perspectiva sosa donde las haya.</p>
<p>Borges dijo alguna vez que, si algo lamentaba de Chesterton, era que en su literatura había un germen de moralismo. Pero no obstante su gran inteligencia, el argentino no pudo nunca trazar una alegoría con la contundencia y ferocidad racional del inglés. ¿Le faltaba moralina? Lo cierto es que también carecía de mordacidad. Y de talante heroico. A lo largo de estas páginas desfilan veinticinco capítulos que son veinticinco alegorías enmarcadas en una sola, local y cósmica a la vez, cuyo desenlace, sobradamente político y revolucionario, es una imagen en sí misma de cómo Chesterton entiende la diferencia entre razón y locura (con burla a Nietzsche incluida). La Taberna Errante es una novela preclara y que hoy calificaríamos de ambiciosa, precisamente porque vivimos en una época de ambiciones muy disminuidas. ¡Qué contraste ofrecen los gigantes Dalroy y Chesterton! Titanes anacrónicos y náufragos en un mundo de chimpancés parlantes.</p>
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