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Él también se cansó de este sol: cuatro hitos junto al flaco Spinetta

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17 febrero 2012
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1. Blues de Cris (1972) La primera noción sobre el mundo spinetteano: Marcelo “Víbora” Larralde, guitarrista de los Fiskales Ad-Hoc, es entrevistado por la extinta Revista Rock&Pop. Lo típico, dame una lista de los diez discos que te cambiaron la vida. La respuesta incluye a varios popes: Zeppelin, Stones, Ramones, Pistols y, sorpresa, una banda argentina que Larralde destacaba particularmente: Pescado Rabioso. La revista, que aún conservo, es de noviembre de 1995 y en ella dice. “Cuando descubrí  Pescado, era precisamente como lo que escuchaba entonces: Cream, los Rolling, Zeppelin. Y lo bueno es que las letras eran en castellano”. En fin, ya saben  que Pescado Rabioso fue la segunda banda que integró y lideró Luis Alberto Spinetta, y fue el primer y fantástico acercamiento que tuve a su música. Imposible concebir un mejor flirteo con sus canciones. El disco, Desatormentándonos, de 1972; un álbum que partía como cien trenes, con Blues de Cris; canción, vaya qué casualidad, dedicada a la misma chica que tres años antes quedaba inmortalizada en Muchachas Ojos de Papel. Lástima; ahora eso del “corazón de tiza” y la “piel de rayón” daban paso a un rotundo “cansando de lucha por ti” y  “al borde del camino volveré”. La música, una roca. Razón tenía Larralde; la métrica emulaba sin problemas el ácido blues inglés y lisergia californiana, músicos extrovertidos, letras marcadas de  suficiente desplante, el ojo puesto en Clapton, Page y Peter Green. No hay titubeos ni movimientos en falso, estamos en presencia del primer gran disco de Spinetta.

2. Niño Condenado (1976). Hay gente que le pone peros a Spinetta. Y el mayor reproche pasa por su hermetismo, en líricas y armonías; sobre esto, Invisible es tal vez su grupo más inasible. A ver, estamos a mediados de los setenta y la música popular complejiza sus formas. Entre los dominios del rock progresivo, el acertado y el que naufragaba en la ambición vana, Spinetta se abría un espacio para experimentar con las estructuras de sus canciones y con sus letras, esa gran dolor de cabeza para todos los que intentan acercarse a su obra.  Sus dos primeros álbumes con esta nueva encarnación son procesos fracturados,  de acercamiento en extremo libertario a nuevos confines, mas El Jardín de Los Presentes, su tercer álbum, es muy probablemente su disco más memorable. ¿Por qué? Muy fácil respuesta. Primero, su sonido: lustroso, imponente, equilibrado. La música, pues, sigue al jazz, al progresivo cercano a King Crimson y a Mahavishnu y en cuanto a melodías, hay un ramillete que quita el resuello: Los Anillos del Capitán Beto, Los Libros de la Buena Memoria y, sobre todo, Niño Condenado. Una canción que combina el intricado fondo armónico spinetteano, su perfecto lado acústico y un arrollador crescendo. “El Jardín” posee la tristeza y la tensión de ser parte de un contexto en que el horizonte se ennegrece radicalmente y, por esto, sus canciones expresan sensaciones de desesperanza, naufragio, soledad y, hacia el final, un ciego clamor de fe. Una obra maestra, por cierto.

3. Jardín de Gente (1997) En cada una de las necrológicas, las que merecen la pena leerse sin duda, se ha enfatizado la cualidad de Spinetta en mantenerse lúcido, inquieto, con un alto caudal creativo. Cierto, y prueba de esto fue el golpe fulminante que significó la aparición de su proyecto Socios del Desierto, hacia 1997. Es decir, ¿renovarse volviendo a lo que hizo hacía casi treinta años? ¿Bajo, batería y guitarra tocados a palo seco? Sonaba un tanto riesgoso y qué gusto fue atender el resultado. Desde su single, Cheques, todo lucía tan fresco y vigoroso, firme y contundente. Un disco doble, nada de intentos a medias tintas, y un Luis Alberto que recuperaba la transparencia de Pescado Rabioso e inclusive Almendra. Un tema que, muy personalmente, me parece sobrecogedor: Jardín de Gente. En cualquier otra boca, ese llamado tan sencillo a la protección mutua, al respeto integral por la existencia representaría un bochorno inmitigable. En el flaco, en cambio, es la sabiduría, el control que permite la honestidad, lo que entrega una viñeta que no por desconocida escapa de la parte alta de su cancionero. Un triunfo.

4. Ana no duerme (1969) Cuando se habla de Almendra, se inician los palos comentando a la gran banda de rock sudamericana de fines de los sesenta. Creo que es importante  insertar algunas precisiones. En Brasil, los resultados de aproximarse al rock fueron sideralmente más notables que todo lo que se coció en el resto del cono sur. La razón es simple: la existencia de géneros de música popular ya asentados, espacios que permitían levantar un diálogo con los sonidos anglosajones mucho más seguro de sí mismo, y con mayores posibilidades de ampliar el lenguaje. Dicho esto, Almendra, la primera banda de Spinetta, tiene el gran mérito de atreverse con la métrica castellana, tan tendiente a la retórica y el alargamiento, e impulsarla a dominar los confines de la electricidad. Si escuchamos los discos, los dos que Almendra produjo entre 1969 y 1970, percibimos los titubeos, los tropiezos cortesía de la ingenuidad pero también algunos triunfos extraordinarios. Por no citar la canción que todos conocemos, hablaría por ejemplo de la magnífica psicodelia de Para ir: majestuosa en sus arreglos de guitarras líquidas y teclados apenas esparcidos. Sin embargo, mi favorita es Ana no duerme. Captura la esencia del pop sesentero de forma perfecta, el fin de un ciclo. Está el beat, una guitarra fuzz, una voz en absoluta comodidad, una progresión rápida y estimulante. Spinetta utilizó Almendra como un enorme laboratorio donde probar decenas de ideas, ácidas, barrocas, austeras. Poco después su música adquiría completa seguridad.

Gracias flaco. Que tengas un muy buen viaje donde quiera que vayas.

 

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