James Hadley Chase: Maestro del Arte de la Decepción
1 septiembre 2010 0 comentarios
Escribió más de noventa novelas, la mayoría ambientadas en los Estados Unidos, país que visitó sólo en dos ocasiones y brevemente. Para sus ficciones se valía de enciclopedias, guías turísticas, mapas del territorio norteamericano, diccionarios de slang gangsteril, entre otros recursos referenciales. James Hadley Chase fue un británico austero, solitario y muy alejado del mundo criminal y violento que en sus obras describió con asombroso conocimiento de causa. Su lectura, además de un placer, es una obligación para cualquier persona interesada en la literatura negra del siglo XX.
El Cartero llama al Escritor.
Nacido en 1906, su verdadero nombre era René Babrazon Raymond. Su interés por la escritura comenzó tardíamente. Antes, como muchos, tuvo que descubrir que era un perfecto inútil en multitud de materias. Su padre, Francis Raymond, un coronel de la Armada británica, se preocupó de darle una educación abnegada. Quería que el hijo le saliera científico, y con ese espíritu lo mandó a Calcuta para hacer un estudio de la hidrofobia. Fracasó. De vuelta a Londres, con 18 años y defenestrado del hogar familiar, encontró trabajo en un almacén librero vendiendo enciclopedias infantiles. A los 26 contrajo matrimonio. De su mujer, Sylvia Ray, obtuvo pronto un retoño. Hasta ese instante no es más que un londinense entre tantos, dedicado a mercader de libros. Pero de pronto lee a James Cain, y todo en su vida cambia.
La novela que llega a sus manos se titula “El Cartero Llama dos Veces” (1934). Es la trepidante epopeya delictual de Frank Chambers y Cora Smith, un vagabundo y una dependienta de restaurante, entre los cuales estalla una furiosa pasión que al poco acaba con el asesinato del marido de ella, dueño de la fonda, y la fuga de la pareja de fugitivos. En la obra hay cinismo, violencia, tensión psicológica, y por cierto un lote de elementos que luego pasarán por tópicos en lo que se denomina “realismo sucio”. Pero lo mejor de todo, lo que impresiona vivamente al inglés Raymond, es el recurso de contar la historia desde la perspectiva del criminal. Se le ocurre que él podría hacerlo bien, y decide probar suerte.
La Familia Grisson.
Antes de escribir, el autor sólo sabe dos cosas. Una, que la trama tiene que ir de un secuestro; lo otro es que la acción debe desarrollarse en Estados Unidos. Hay quien sostiene que lo primero se debe a su lectura de “Santuario” (1931), de William Faulkner, y en particular a la influencia del personaje de Popeye, un psicópata al mando de una banda de delincuentes de poca monta que goza torturando a una muchacha secuestrada. Lo segundo es más claro: Estados Unidos es el país indicado, luego de la gran Depresión del ’29, para desarrollar una temática criminal de este tipo. Su sociedad fracturada, su institucionalidad corrompida, la ruina moral de sus habitantes, el contexto de la prohibición alcohólica y el contrabando a mansalva que de ello resulta, conforman el escenario perfecto para el proyecto narrativo que el inglés tiene en mente.
Se dice que sólo se demoró seis semanas en escribirla. Un tiempo que parece verosímil, considerando el ritmo de producción que lo caracterizaría años después. La acción es igualmente veloz: un grupo de patanes secuestra a una joven y rica heredera. Son tipos más estúpidos que perversos. Hubiesen querido robarle sólo el collar, pero algo se desmadra y el novio de la muchacha termina muerto, y ella como rehén. Después, bueno…, las cosas siguen desmadrándose. La irrupción en escena de la familia Grisson, al mando de una temible matriarca y su retorcido hijo, termina de configurar el mapa y el destino de la joven, cuyo nombre, por cierto, es Miss Blandish.
En el desarrollo ocurren múltiples peripecias, se cambian las perspectivas narrativas, entran y salen memorables personajes secundarios, pero el lector siempre sabe que nada de eso puede acabar bien. Cada página, al estrujarse, destila una crueldad y misoginia feroz, y sin embargo no gratuita ya que digna de su época. No hay nadie que pueda ser moralmente templado en este universo. Los diálogos son lacónicos, mordaces, y en sus mejores momentos recuerdan al Chandler más inspirado. Una comparación que al Gran Raimundo, digámoslo, no le habría hecho mucha gracia.
La novela de 1938 “No hay Orquídeas para Miss Blandish” (a veces traducida como “El Secuestro de Miss Blandish”) fue un éxito rotundo no sólo en Inglaterra y en Estados Unidos, sino también en el resto de Europa, África y Asia. René Raymond quedaba relegado al anonimato, escudado de una nueva y prolífica identidad: la de James Hadley Chase. Un apellido que no por nada significa “Cacería”.
Pugilatos Negros y Visiones de Futuro.
La fórmula, claro está, había que repetirla. El escritor se lanzó a la creación de novelas con un ritmo de producción impresionante. En la siguiente década sacó más de veinticinco obras, la mayoría firmadas por Chase, otras por James L. Docherty, Ambrose Grant o Raymond Marshall, sus otros seudónimos. Una reseña del Times lo señaló como un “Maestro del Arte de la Decepción”. Pero no todas sus entregas tuvieron buena recepción crítica. Sobre todo en Norteamérica.
Uno de sus más acérrimos enemigos fue Raymond Chandler, quien despreciaba su escritura. Decía de él que era “un escritor pulp de la peor especie”, y que su labor desprestigiaba al género. En 1946 lo acusó públicamente de plagiario, al sostener que había incluido fragmentos literales de trabajos suyos y de Dashiell Hammett y Jonathan Latimer en la novela “Requiem para una Rubia”. Chase estuvo obligado a disculparse en un comunicado, y a partir de ese momento, según se cuenta, su vida se hizo aún más solitaria y recluida que de ordinario.
Hubo otros que salieron en su defensa. Graham Greene y George Orwell -no precisamente unos advenedizos- lanzaron sendos ensayos destinados a revalidar sus méritos literarios. Del autor de “La Granja de los Animales” existe un conocido artículo titulado “Raffless y Miss Blandish”. Orwell establece un paralelo entre el elegante ladrón decimonónico creado por E. W. Hornung y el universo criminal descrito en “Miss Blandish”, llegando a la conclusión de que, si el resultado del libro de Chase es repugnante en términos morales, ello se deba a que su autor logra un fiel retrato de la época que describe. El recurso de narrar desde la perspectiva criminal no es nuevo; el mejor ejemplo es Raffless, un personaje dedicado al delito pero con un atractivo definido, algo picaresco, capaz de compadecerse por causas justas y dueño de un código ético que, de algún modo, lo redime frente al lector. No sucede así con ninguno de los personajes de la novela de Chase. Ni siquiera con la inocente protagonista, que termina inevitablemente corrompida por su brutal entorno. “Lo que interesa aquí es la enorme diferencia de atmósfera moral que existe entre los dos libros, y el cambio en la actitud popular que ello probablemente implica.”, anota Orwell.
Es que en la sociedad estadounidense de los años treinta anida el brutal germen fascista que el autor luego desarrollará en la novela “1984″ (1949) . El ensayo se detiene en la escena de una pelea de otra novela de Chase: “Él ya no la Necesitará”. La golpiza termina con uno de los luchadores aplastando su bota repetidas veces en la cabeza de su rival. En una escena de “1984″, a su vez, el personaje de O’Brien le promete a Winston Smith, rehén suyo, lo siguiente: «Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano. Incesantemente.”
Esfinges y Muerte.
Lejos de ser elementos de decorado, las mujeres son para Chase detonantes de toda tragedia potencial. Su presencia en escena determina cada imprevisto y giro circunstancial, que en sus ficciones son la constante. Pueden tener actitudes pasivas o agresivas, pero siempre reside en ellas el poder de enloquecer a los hombres y precipitarlos a uno u otro derrotero de violencia.
En la novela “Eva” (1945), Chase da vida al miserable Clive Thurston, un tipo de escaso talento y elevadas ínfulas que, merced a un fraude, se hace de dinero, reputación y fama literaria en el mundo de Hollywood. De pronto Thurston tiene la vida soñada: todos lo conocen y respetan, las mujeres se rinden a sus pies; puede darse el lujo de cobrar millones por sus pobres creaciones gracias a su nombre consagrado. Su prometida se llama Carol y es un ejemplo de abnegación, inteligencia, bondad y equilibrio. Ella sabe que su buen Clive, de tanto en tanto, le pone los cuernos, pero está decidida a no hacerle la alharaca hasta el día en que se casen. En este contexto aparece Eva, una prostituta de mirada glacial, no especialmente atractiva, pero absolutamente indiferente a los encantos del farsante, lo que lo enloquece y arrastra a un desenlace que se escalona en variadas fases de humana degradación. Otro ejercicio maestro en el arte de decepcionar.
Al margen de su trama y construcción, la historia muestra los extremos que puede alcanzar un hombre sometido por una pasión dominante. Y la tesis de Chase parece decir que todos, llegado el caso, podemos caer en un embrujo parecido, mandando cuánto nos rodea -pareja, amigos, negocios, trabajo, posición, nombre- al carajo. A sabiendas de lo mal que está ese proceder, pero precisamente por ello con más fuerza y determinación. Y lo que queda detrás del rostro de Eva, mujer primordial para Chase -una “esfinge sin secreto”, en la frase de Oscar Wilde-, es esa pulsión de muerte siempre latente y presta a poseernos para arrastrarnos al abismo.
Ellas, por su parte, esconden siempre un complejo de inferioridad que se preocupan de recubrir bajo mil formas, concientes del poder que les da su sexo. Lo hace Eva, amparada en su oficio, secretamente despreciando a todos los hombres que la cortejan, a todos los que le prometen una vida mejor, menos sórdida; todos aquellos que buscan acceder a su corazón con bobas declaraciones de amor. Al único que ella quiere es a Jack -así, a secas- quien, se adivina, es aquél que está con ella sólo cuando quiere, siempre borracho, y que su máxima manifestación de cariño consiste en un puntapié en la espalda, luego de satisfecho sexualmente, para sacársela de encima.
Chasing Cine.
De sus más de noventa novelas, cincuenta y dos han sido llevadas al cine. La mayoría en Francia e Italia, países en donde logró mayor popularidad. De las mencionadas en este artículo, “No hay Orquideas para Miss Blandish” tuvo dos adaptaciones. La primera, en 1948, dirigida por St John Legh Clowes con su título original. La segunda se llamó “La Banda de los Grisson”. Robert Aldritch la estrenó en 1971, siendo, en opinión de la crítica, más lograda y fiel con la dureza y tensión de la obra literaria.
“Eva”, por su parte, fue adaptada en 1962 por Joseph Losey, contando en los protagónicos con Dick Bogarde y Jeanne Moreau, quien al parecer consiguió una extraordinaria interpretación del personaje.
Resulta curioso, por decir lo menos, cómo este autor logró tal nivel de comprensión y fidelidad de un mundo que no conoció en vida. No sólo el hampa criminal, sino también el ambiente de actores, guionistas y productores de Hollywood, a los que retrata con tanto conocimiento de causa como si fuera un Francis Scott Fitzgerald. Su vida fue un ejemplo de sosiego. Lejos de los buscavidas y proxenetas, cuya psicología demostraba dominar al dedillo, Chase fue un esposo devoto y fiel. Luego de la polémica con Chandler se retiró a Francia, en 1956, y posteriormente a la localidad suiza de Corseaux-sur-Vevey, lugar en el que permaneció hasta su muerte, en 1985, dedicado en solitario a la creación de su oscuro universo literario.













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