Zanfonas de los Suburbios: Lo nuevo de Arcade Fire
11 agosto 2010 0 comentarios
Esta semana salió a la venta el tercer disco de los canadienses Arcade Fire, titulado “The Suburbs”. La pieza venía haciendo ruido desde que un par de temas se colaron en la web, voluntariamente o no por parte del grupo, anunciando su regreso. Es que las expectativas eran altas tras el aclamado “Neon Bible” (2007) algo que siempre produce alguna sospecha. Esta vez, sin embargo, se puede decir que la espera valió su tiempo.
La Previa a “The Suburbs”.
En Arcade Fire intentan mantener una filosofía del secreto y la sorpresa; preservar la expectación de un lanzamiento, algo que hoy, en la época del leaking indiscriminado, huele a anacronismo. Dice el guitarrista y bajista Tim Kingsbury al respecto: “Hoy en día sabemos que es imposible que un artista no vea como los temas de su nuevo álbum llegan a Internet, lo que genera que la sorpresa que te pueda producir ese lanzamiento, cuando el artista lo decide, no exista. Y esa es una costumbre que no deberíamos perder. Yo todavía entro a las tiendas de discos a comprarlos en el momento en que salen, con incertidumbre, con la sensación de encontrar algo de forma pura, hasta inocente. Por eso creo que es mucho mejor guardar el secreto y esperar hasta el día en que sale. Además es una forma de que la expectativa sea conjunta, de todos por igual”.
¿Idealistas? La postura del grupo ha sido siempre conservar su independencia artística en todas las materias, rasgo que ha hecho que muchos los aclamen como una de las bandas más originales del último tiempo, sino la más. Sin ánimo de caer en afirmaciones grandiosas, lo cierto es que estos canadienses, oriundos de Montreal, le hacen el quite a los convencionalismos. Partiendo por el modo en que tocan. Arcade Fire son siete músicos, todos multiinstrumentistas, a los cuales se suman otros dos cuando salen de gira. Su cóctel de sonidos incluye violines, violas, violonchelos, pianos, mandolinas, acordeones, ukeleles, y alguna excentricidad atípica como la zanfona, instrumento del siglo IX asociado a la música religiosa.
La mezcla sonora no suena artificiosa ni rebuscada, como podría parecer. Las canciones de Arcade Fire son simples, aunque bien elaboradas. De sutiles arreglos que sostienen bases melódicas inclinadas al pop, pero no por ello faltas de fuerza. Win Butler, frontman del grupo, las define como “pequeñas y complejas obras gestadas como piezas aisladas de un gran plano arquitectónico”. Algo hay de eso en los dos primeros discos de la banda, “Funeral” (2004) y “Neon Bible” (2007). Una atmósfera conceptual que se desgrana en pequeñas partes de distinta intensidad y que alcanza momentos que tocan breves destellos de éxtasis sacro.
Esto último es particularmente notorio en “Neon Bible”, cuya temática religiosa se hace patente desde el título. Criado en un ambiente rural, de férrea tradición mormona, Butler elabora una personal reflexión de ese mundo cerrado y draconiano que inspiró también al joven John Kennedy Toole en su primera novela: “Hay dos tipos de miedo. La Biblia habla bastante sobre el temor de Dios y sobre el temor a algo imponente, fantástico. Esa clase de miedo es lo que hace que una persona quiera cambiar. Pero el temor de otras personas hace que quieras seguir como estás, sin cambiar nada, para así proteger lo que tienes. Ese miedo no hace bien, porque estanca y paraliza. Estas historias hablan básicamente de eso.”.
El disco “Funeral” tiene, asimismo, su peculiaridad temática. Sucede que durante su grabación murieron una serie de personas ligadas a la banda. Coincidencia o no, el hecho influyó en las líricas y, evidentemente, en el título de esta placa debut. Tim Kingsbury lo explica: “Entiendo que no es el nombre comercialmente más luminoso e inteligente para salir a vender un álbum, pero era lo que nos pasaba en ese momento. Tratamos de tomarlo con un poco de humor.”.
Como se lee, estos tipos no carecen de un especial sentido de lo gracioso. Algo que los lleva, en ocasiones, a decisiones pintorescas, como grabar el videoclip del tema “Neon Bible” encerrados dentro de un ascensor, o el absurdo sistema de percusiones que la frontwoman Régine Butler, esposa de Win, a veces improvisa en vivo: aporrear hojas de periódicos en extraños movimientos de abanico. Una actuación que, en opinión de muchos, resulta deslumbrante. No falta quienes sostienen que son “la banda que hay que ver en vivo antes de morir”, o tremendismos por el estilo. Para comprobarlo habría que traerlos, claro. Mucho se ha hablado de un posible paso por Brasil y Argentina para promocionar “The Suburbs”, ocasión que podría derivar en un show en Santiago, aunque nada concreto hay aún, más allá de los rumores.
¿Cómo es que han logrado tal nivel de notoriedad? Muchos se extrañan del fenómeno, tratándose de una banda tan atípica y que recibe mucho menos atención mediática que un montón de grupos actuales. Casi no suenan en la radio, pero sus discos -sólo dos en diez años de carrera- son superventas; están invitados a cuanto festival se hace en Europa, y ellos siguen trabajando bajo el decálogo indie. Aseguran que jamás una multinacional recibirá dinero por sus creaciones, y hasta el momento lo han logrado. Hace siete años firmaron para el sello autónomo Merge Records; ahí siguen. “Nosotros decidimos trabajar de acuerdo con ciertos lineamientos y nos sentimos felices de ser dueños y responsables de todo lo que hacemos, pero no criticamos la forma de trabajo de los demás. Aunque, sí, nos podríamos considerar una banda atípicamente exitosa”, remata Win Butler.
Para estos días ya se anuncia, con visos de espectacularidad, una presentación de “The Suburbs” en el célebre Madison Square Garden. La dirección visual estará a cargo del director británico Terry Gilliam (“12 Monos”, “Panico y Locura en Las Vegas”), en un show que podrá seguirse en directo a través de Youtube, con la posibilidad de que el espectador elija a su antojo entre distintas cámaras dispuestas para el evento. Muchos anticipan que esto marcará el despegue definitivo de los canadienses hacia el estrellato, aunque probablemente ellos sean los primeros en reírse ante sentencias de este tipo.
El Disco
Es el registro más extenso de la banda hasta la fecha: dieciseis canciones y algo más de setenta minutos de duración. Una producción vistosa y sofisticada, con ocho carátulas distintas, hicieron que varios observaran con desconfianza esta entrega. El resultado, sin embargo, está a la altura de lo que ya habían hecho previamente.
Canciones simples y directas, amables de entrada con el oído, que de cuando en cuando alcanzan alguna cota épica, como en “Half Light II (No Celebration)” o “Mountains Beyond Mountains”, por nombrar un par. Ritmos pegadizos, sencillos aunque nada planos, con cuidadosos arreglos y esa melancolía que está en la impronta de las voces de Win y Régine Butler. Cierta tristeza que remite a la infancia, o a una primera adolescencia, como de inmediato nos sugiere la letra del tema que da nombre al disco. No es un canto de grandes dolores ni profundos traumas: pequeñas desazones al viento, como mudanzas y cambios de colegio, van dando forma al recuerdo imaginario de los suburbios de Montral, lugar donde algo se perdió y que se resiste a ser recuperado, incluso en la memoria.
La atmósfera oscila entre momentos de agitación -”Empty Room”, “Month of May”- y otros más cadenciosos -”Sprawl I”, “Rococo”-. Quedan de inmediato grabadas en la oreja las emotivas “City With no Children” y “Wasted Hours”, temas a medio tono en donde la frustración lírica queda revestida de cierta indefinida belleza musical.
Las mezclas de elementos están equilibradas y dan la impresión de consistencia. Las exageraciones se evitan, y eso consigue que la placa pase ligera, sin desmerecer su complejidad. Los momentos lentos, que en otras producciones aburren de tan elaborados, aquí se entregan en dosis precisas. Es un disco bien pensado y, lo mejor, pensado para el oyente, no a su pesar.
Como última curiosidad, un botón: en la página oficial de la banda se puede encontrar la letra del tema “The Suburbs”, con el añadido extra de que cada palabra ahí es un enlace que remite a una imagen distinta. Si el lector dispone de ocio, puede hacer la prueba de jugar un rico puzzle de posibilidades al tiempo que escucha la canción de trasfondo. La experiencia, quizás, lo dejará con una leve sensación de inquietud. Algo por lo demás muy a tono con el resto del contexto.













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