Adrian Belew en Chile: En el lugar y momentos precisos
23 julio 2010 0 comentarios
La música popular se plaga de titulares, de letras talladas en bronces. Compositores, solistas, bandas que empalman los distintos puntos de bisagra en la evolución de tendencias, estilos y lo que sea que tenga que avanzar. Pero, mucho ojo, se requieren para esto colaboradores, actores secundarios que con sus aportes e impresiones pueden llegar a remachar o delimitar las ambiciones de una obra. Los ha habido muchos y enumerar da escalofríos: Johnny Dodds, Elvin Jones, Nicky Hopkins y, claro, Adrian Belew.
Piensen en Adrian Belew como en el John Cazale del rock histérico de fines de los setenta y parte importante de los ochenta. Una guitarra inconfundible, angulosa, ultraterrena, rara, sobre todo muy rara. Desde que Frank Zappa vio al joven Belew tocando en un club de mala muerte allá por el 76, éste se transformó en el traductor idóneo para plasmar la paranoia de discos que definieron la reconversión del rock, llámele new wave, funk, afro, experimental, en fin, lo que fuera.
Su primera experiencia importante junto a un nombre de peso, Frank Zappa, duró poco. Simplemente los egos acerca de quién toca mejor o más rápido llevaban todo por un camino inútil y absurdo; la música de Zappa, admitámoslo, no tiraba por entonces del carro del mundo pop como sí lo había hecho una década atrás. Y es aquí donde el olfato de Belew, una de sus grandes virtudes, lo llevó a acercarse a la olla donde se cocían las revoluciones más notables de la época; aparece Bowie y éste simplemente le dice, Adrian necesitamos guitarras extrañas, no más solos de blues o hard rock, sino algo que refleje el sentir de un yuppie nihilista electrónico que pervivía en el cierre de los setenta. En fin, vino Lodger, vino Scary Monsters, Bowie feliz y Belew listo para nuevos retos. Aparecieron Eno y David Byrne, con el delirante Remain in Light en mente: funk robótico, tribalidad gélida; poliedros y más poliedros. Y otra vez es Belew el que convierte su guitarra en un instrumento de posibilidades casi totales. Un auténtico alquimista en medio de un álbum de memoria permanente. En medio de este torrente, Belew se da tiempo de grabar su primer y hasta hoy mejor álbum, Lone Rhino, divertimento dadaísta y de pop fracturado con, claro, muchas referencias a sus recientes e ilustres compañeros de aventuras. Y los brujos locos siguen detrás del plasmador de insólitos. Robert Fripp, en busca de trasladar por enésima vez a King Crimson a un campo de trote y alerta, recoge a Belew y le propone ser voz y complemento perfecto de una trilogía magnífica: Discipline, Beat y Three of Perfect Pair. ¿Demasiada colonización para apenas siete años de carrera en la primera división de la música inquieta? Muy probablemente.
El próximo seis de agosto, Belew se presentará en Chile en el Teatro Nescafé de las Artes y, debemos insistir, no es el virtuosismo lo que realmente cuenta. Esto no es una exhibición de velocidad de dedos y bienvenido que así sea. Ver a Belew es tener en cuenta la guitarra que estuvo una vez en Look Back in Anger, en Crosseyed and Painless, en Undiscipline. El hombre de los tiempos, de la agitación necesaria, un condiscípulo y cómplice inmejorable. Amante de la torcedura y la imprevisión. Un enajenado encantador.












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