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Historias sobre amor y otras traiciones: Richard Russo y El Puente de los Suspiros

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26 mayo 2010
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¿Qué puede haber de revelador o apenas interesante en construir una narración a partir de vidas corrientes? Por corriente, aclaremos, nos referimos a esas existencias que parecieran tener una ruta de viaje más o menos definida, sin grandes fracturas o al menos unas que se gestan con tal pausa que son tan difíciles de pesquisar como el crecimiento de un roble: crecer, trabajar, armar una familia, ganarse la vida lo más dignamente posible y, bueno, esperar el desenlace en la mejor posición de paz con uno mismo y los otros. Así, tirado a la cara, no parece un pastel muy apetitoso. Pero no sé, hay novelistas o una tradición de éstos, los norteamericanos específicamente, obsesionados con el escondrijo de lo común, de las características más pedestres de los ciudadanos. ¿Por qué les interesa esto y no las grandes sagas, historias donde se pruebe el tesón y el ingenio del ser humano? Quien sabe, lo más probable es que esa normalidad, ser capaz de transmitir y forzar una sensación de estabilidad permanente, lleva consigo el arrastre de kilos y kilos de sedimentos: negaciones, traumas, fracasos, errores gruesos y todo esto a escala exponencial, finalmente determina el lugar donde todos vivimos nuestras existencias.

Richard Russo es un tronco del bosque de los investigadores de lo cotidiano. Él dice venir de Richard Yates, el otro Richard, aquel de malos hábitos, abusivo y entreverado en dinamitar familias. Y es contemporáneo de un tercer Richard, Ford, metido en la casi absurda idea de levantar la existencia de un hombre que un tiempo tuvo cáncer, otro fue periodista y un siguiente corredor inmobiliario, tomándose cuatro décadas y tres novelas, solo para contarnos como un alter ego se las arreglaba para pasar unos cuantos feriados junto a familiares. En fin, que la incontinencia es también una cercana colaboradora de Russo, particularmente en la novela que llama estas líneas, El Puente de los Suspiros.

Russo nos pone en un pueblo del noreste norteamericano. Un villorrio dependiente hace muchos años de la industria de la curtiduría y que, poco a poco, amén de un país que se desarrollaba y de una comunidad que ya tenía poco que ofrecer al crecimiento de su zona, se fue apagando y convirtiendo en un caserío de pocas o casi nulas expectativas. Pero los tiempos de gloria de Thomaston –nombre de la localidad- no fueron gratuitos: la curtiduría, luz y garante de sus vecinos, contaminó sin tapujos el río que cruza el pueblo: años después, aparte de pobreza, los habitantes de Thomaston deberán lidiar con sinnúmeros casos de cáncer. Entre éstos el padre de Lou “Lucy” Lynch, protagonista de esta historia. Lou es como su padre, ingenuo hasta la torpeza, bondadoso pero quizá demasiado ciego al no revisar que hay cosas que no basta con desear que vayan bien para que así sea y que irán a mal aunque uno busque lo contrario, y por tanto se debe estar preparado. Su familia regenta un negocio de abarrotes que no tiene la fuerza suficiente para generar prosperidad sino apenas una sobrevivencia magra; y la madre de Lou sabe de esto, de las complicaciones que acarrea la falta de una sana cuota de cinismo, de no sospechar un poco más de lo que ocurre alrededor y mantenerse sobreaviso. Y de aquí en adelante, durante 700 páginas, asistimos a una auténtica saga familiar, social y más allá. Un monumento literario que es capaz de armarse de materiales de baja ley para mostrarnos cómo y cuán extraordinario puede ser el proceso de vivir y elevar una creencia acerca de cómo deben hacerse las cosas.

Lou jamás salió de su pueblo natal. Dice que nunca lo requirió, que nunca sintió esa pulsión. A diferencia de su mejor amigo de la infancia y adolescencia, Bobby Marconi, quien sí apenas tuvo oportunidad de romper las cadenas con un entorno asfixiante y propiciar el caos, abandonó su antigua vida para ya no volver más a los confines de Thomaston. A diferencia de su amigo, quien se conformó con heredar el almacén de manos de su padre, Marconi fijó residencia en Europa y se convirtió en un afamado pintor. Es en este antagonismo, el de Lou y Bobby, el ingenuo y el cínico -ambos, además, enamorados de la misma chica-, el pasivo y el inquieto, donde reposan los cimientos de la novela de Russo.

Una aventura de cuarenta años, en que lo principal que vemos son reuniones de un clan a la mesa, en la hora del desayuno o la cena, compartiendo a través de los ritos de poner una mesa, limpiar platos y abrir las ventanas, las coordenadas que les permiten interpretar el mundo de formas tan irreconciliables; la apertura diaria de la cortina del emporio en que la familia Lynch se ganó la vida por varias generaciones; clases del colegio de Bobby y Lou a cargo del padre de Sarah, la mujer que lo une y separa, futura mujer de Lou pero a la vez intensamente enamorada de Bobby. Gestos, conversaciones, leves señales, que una tras otra, como un inmenso bolo, van dibujando un fresco literario en que la vida –concibiendo ésta como el espacio doméstico, abrumadoramente doméstico, donde finalmente peleamos todas las batallas que valen la pena disputarse- aparece con un leve desfase en relación a la realidad. Porque quizá la literatura trata de eso: de propiciar misteriosamente un leve retardo de reacción frente a la materia incandescente del aquí y ahora, y por tanto su tiempo, único y elástico, es capaz de captar y trocar lo efímero en permanencia, el sueño en vigilia inquieta, y cada pequeño paso en un incontinente reguero de insospechadas consecuencias.

Demás está decirlo, pero bueno, digámoslo: El Puente de los Suspiros es una obra maestra. Un espeso caldo narrativo que en su sigiloso entramado aturde y conmueve. Y sobre todo, alienta como pocas cosas la fijación en el incesante ruido blanco con que nos levantamos cada mañana.

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