Home » Destacamos

Al frente del trío eléctrico: Caetano Veloso en Chile

por Rodrigo Burgos
10 mayo 2010
0 comentarios

Al visitar portales de crítica musical anglosajones y colocar el nombre de Caetano Veloso, muy probablemente los primeros indicios que nos arrojará nuestra búsqueda vinculen al brasileño con gente como Bob Dylan. Es cierto, en esta comparación hay mucho de cortedad, flojera y visión gruesa; pero también no es menos razonable que un artista como Caetano Veloso es por mucho un continente en sí mismo, uno que flota con total autonomía y libertad en medio de un océano que parece jamás ni siquiera cercano a erosionarlo. Entonces, hablar de él y de Dylan como más o menos parados sobre la misma tarima, se relaciona con una profunda incapacidad: dos supervivientes, dos músicos-montañas de constitución absolutamente distinta, pero que solo son plausibles de medir según la altura de sus picos.

¿Y esto? ¿Para qué? Para introducir la buenaventura que Caetano Veloso tocó el pasado sábado ocho de mayo en Santiago de Chile. Y fue algo muy grande. Primero, porque revisar el corpus artístico de Veloso impone reverencias; más de cuarenta años como maestro de ceremonias del postulado tropicalista: ése que más o menos dice que en arte, y en música popular más precisamente, el diálogo debe ser con todo y todos; devorarse la alta y baja cultura, las coordenadas geográficas, los estilos musicales, los dialectos y costumbrismos. Un enfoque que remeció Brasil y el mundo en los sesenta; un prisma que aún hoy es prueba fehaciente de evolución y lucidez. Fue grande también porque Veloso viene con paso presuroso: sus dos más recientes álbumes Cé y Zii e zie son, según sus palabras, una especie de transrock, que quizá no es otra cosa que el permanente acto de canibalismo eléctrico que el bahiano perpetra. Sus canciones actuales tienes musculatura robusta, en que su híbrido genérico recupera fuerza a manos de la versatilidad de músicos jóvenes y composiciones que nadan con soltura y, ahora, con crispación. No es nada nuevo un álbum así en la trayectoria de Caetano, pero su apuesta por algo más de rudeza, en vista de sus 68 años, merece una atención especial.

Y ante un Teatro Caupolicán al borde de su máxima capacidad, Caetano Veloso confirmó lo la lectura de su obra ya iniciada en su anterior visita a Chile, en 2007. Acompañado por el mismo trío que en aquella oportunidad -Pedro Sá (guitarra), Ricardo Dias-Gomes (bajo) y Marcelo Callado (batería)-, Veloso exhibe su estatura planetaria a través de una música que esconde notablemente una complejidad mestiza, sin renunciar a la calidez y el embrujo melódico. No hay concesiones en un recital de Caetano Veloso: de sus inicios tropicalistas, solo dio cabida a Nao Identificado, Irene y María Bethania. Sin embargo, lo que podría parecer a priori una mezquindad resulta solo una anécdota. El peso de la propuesta, rotunda y polifacética, puesta con lienza alrededor de un músico que se siente cómodo frente a la anchura del cancionero popular –si no, qué otro músico de “rock” podría interpretar el archifamoso Volver y aún ser capaz de exprimir una arista interesante-, demuestran su vocación germinal de rearmar la cultura occidental desde el exotismo y peso de la música brasileña. Hoy, más que nunca, prueba incontestable de que Veloso es, en el simple trazo con que aborda sus ambiciones, un gigante que baila sobre un suelo florido donde el aburrimiento es tonada que no se conoce.

Cinco paradas en medio del carnaval

Caetano Veloso (1967)
La psicodelia arriba a las costas de las Indias Occidentales, y hace pie en Salvador de Bahía. Más de cuarenta años después todo parece aclararse un poco: no había otro sito más idóneo para perpetrar el choque ya no de dos mundos, sino de varios. Con 25 años, y apenas un disco de MPB tradicional en el cuerpo, Veloso alumbra una obra maestra del pop latinoamericano y más allá. Contando con la ayuda de los Beat Boys, como banda de apoyo, y Rogerio Duprat –el George Martin del tropicalismo- en arreglos, Veloso confunde trazos y sonidos, alcanzando una devoción de mestizaje latino, y canciones demasiado grandes para un solo álbum.

Caetano Veloso (1969)
Plena dictadura en Brasil, una de las más salvajes del hemisferio, y los tropicalistas son puestos en lista se fuego. Tanto Caetano como Gilberto Gil- su condiscípulo en el activismo carnavalesco- son detenidos y sometidos a condiciones vejatorias. Poco después se les libera pero se les obliga a dejar el país en apenas diez días: durante este escaso tiempo, Caetano graba las canciones que constituirían su segundo álbum. Ayudado de un metrónomo, deja las bases que, después de su partida al exilio, Rogerio Duprat se encargará de convertir en otra comunión de arte y política que da cuenta de los tiempos oscuros que ya comienzan a ensombrecer a América Latina. El tono del disco es apesadumbrado, y en medio del magma heterogéneo, Veloso ruega por el fin del dolor y por el regreso de la sonrisa para los más vapuleados

Transa (1972)
Establecido en Londres, Caetano no deja de añorar su natal Salvador de Bahía. A pesar de las inmejorables condiciones de estar en Inglaterra en quizá el momento y tiempo adecuados, Veloso sabe que su misión contracultural está pendiente y trunca. A pesar de esto, firma dos álbumes extraordinarios: un homónimo de 1971, repleto de saudade y saludos a los que están lejos y Transa, un disco donde su temple recupera el brío amén de grooves de funk y tribalidad carioca; Caetano da otra vuelta a su música, expandiéndola y logrando que flote como mariposa y pique como avispa. El brasileño es capaz ya de atender a su entorno, y descubre el reggae y un multiculturalismo que lo seducen. Transa es el disco de un desterrado, sí, pero de uno que ya no pierde el tiempo en el dolor y abre las ventanas para tomar nota de la temperatura de su entorno.

Araçá Azul (1973)
De vuelta en Brasil, Veloso no se la pone fácil a quienes añoraban su regreso. Araçá Azul es con mucho su disco más insondable. El músico que dejó Bahía hacía apenas cuatro años ha muerto. En su lugar, regresa un monstruo cultural, un posmodernista cuya hambre no se sacia; el público, en el paroxismo. Sobre la base de collages en que caben las onomatopeyas, cantos folclóricos, extravagantes retazos de canciones y otros tipos de ejercicios impenitentes, Araçá Azul es un disco ejemplar, en tanto afirma una identidad de autor independiente y fuera de clasificación posible. Un triunfo de la voluntad.

Zii e zie (2009)
Calificado por muchos como el mejor disco de Veloso desde Estrangeiro (1988). Quién sabe, de lo que sí se puede estar seguro es que, a diferencia de algunos álbumes recientes del músico, la confianza en los pasos dados es completa. Reducidos a la métrica rock básica, Caetano construye una obra que mira sin problemas a lo mejor del indie estadounidense de los últimos veinte años y más –Pixies, Sonic Youth-, como el aditivo perfecto a su natural tejido de bossa, tribu y MPB. A sus 67 años, parir un álbum en que se saluden con tanta fraternidad el caudal eléctrico y la cálida bocanada bahiana, es casi una gesta.

Fotos recital: Francisco Gálvez

Deja una respuesta

Este blog utiliza Gravatar. Puedes ocuparlo registrandote en Gravatar.