Philip K. Dick: Caleidoscopio de realidades
7 mayo 2010 3 comentarios
Mediados de los sesenta. Luego de la victoria alemana en la segunda guerra, el mundo fue repartido políticamente entre los tres países del Eje. Estados Unidos constituye un ejemplo de la hegemonía global: la costa este es regida por los nazis; California y sus alrededores son una suerte de protectorado japonés, y el centro del territorio pasa por una zona neutra con claro ascendente racial ítaloamericano.
La cultura resulta una extraña mezcla de estos distintos elementos, y las ideologías son híbridos que someten a los ciudadanos a un estado de sumisión y pasividad mental. Un mundo donde, en apariencia, no tiene espacio la rebeldía. En medio de este clima neocolonial, circula una novela peligrosa que transmite una idea inquietante. ¿Qué pasaría si los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, hubiesen ganado la guerra? ¿Y qué tal si eso fue lo que ocurrió en realidad? ¿Cómo estar seguros de que lo que vivimos es el efectivo producto de la historia, y no una proyección ilusoria de un presente meramente posible?
Preguntas como ésta surgen a cada paso de la lectura de la obra de Philip K. Dick (1928-1982), no por nada considerado como uno de los autores fundamentales de ciencia ficción del siglo XX.
La idea recién mencionada proviene de la trama de “El Hombre en el Castillo”, novela ganadora del premio Hugo, en 1962, y cabal ejemplo de maestría en un arte tan resbaladizo como lo es la ucronía. O en este caso quizás habría que hablar de una meta-ucronía: un desliz en el curso del tiempo encerrado dentro de otra discontinuidad alterna. Las realidades, tal vez, operan de manera yuxtapuesta. Acaso basta con un esfuerzo, o luxación de la percepción, para apreciar este hecho. Después de todo, lo que vemos del mundo no es sino la representación de nuestra fina sensibilidad espacio temporal, una estructura por lo demás frágil y nada segura, ontológicamente hablando.
Dice Rodrigo Fresán, en conversación con otro Roberto, Bolaño, que la lectura de corrido de varias obras de Dick podría producir una dislocación en nuestra usual percepción del espacio – tiempo que vivimos. Podríamos agregar que ese ejercicio, cuando menos, mueve a la sospecha. Una posibilidad ciertamente terrorífica, ya que si la consistencia de lo real es así de blanda, nada nos asegura que cuanto vemos, vivimos, amamos y recordamos, pueda ser una feble construcción cognitiva entre otras muchas posibles. Una alucinación, pero no individual sino intersubjetiva. La locura no existe como diagnóstico particular, dado que no hay un parámetro de normalidad sobre el cual justificarla. Y puede que solo desde ella se deje apreciar la esencia de las discontinuidades. ¿Alguien se ofrece de voluntario para la prueba?
Ejemplo de visión alterada es Manfred Steiner, el niño autista de la soberbia “Tiempo de Marte”. En las colonias del vecino planeta la vida no es fácil; a las áridas condiciones de existencia se agregan algunas incomodidades extras, como los niños. Quienes nacen en Marte son levemente distintos. No completos deformes, ni decididamente retardados, pero sí extrañamente retraídos, reacios a aprender el lenguaje, faltos de empatía, “más parecidos a un animal tenso y vigilante que a un niño”. Existe una teoría al respecto que dice que los nativos perciben la realidad en un tiempo levemente acelerado. El mundo pasa ante sus ojos como una película en cámara rápida. No pueden apercibirse del lenguaje; a sus oídos, las palabras se expanden en sonidos inarticulados. De hecho, no ven lo mismo que los seres “normales”. Ni siquiera viven el mismo presente. Estimulado por estas ideas, y sobre todo por la posibilidad de que Manfred sea capaz de ver el futuro –y por ende un camino seguro para hacer fortuna-, Arnie Kott, un prepotente político local, se obstinará en tender un puente artificial de contacto entre “su” mundo y el del niño autista. La gran dificultad será establecer una comunicación en regla. Pero cuidado con lo que se desea: el ambicioso plan del sindicalista puede derivar en un horror que más valdría dejar oculto.
La multiplicidad de realidades no solo puede abrirse a los seres considerados anormales. Dick explora asimismo las posibilidades que encierran las religiones y las drogas a este respecto. Siempre y cuando consideremos que ambas son cosas distintas. En “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”, por ejemplo, la religión y el uso de cierta droga son una unidad, una consubstanciación análoga a la de ciertos misterios clásicos del cristianismo, como la unión del padre y el hijo. Su resultado es una comunión, una esencia material indispensable para la vida de los colonos en otros planetas; en rigor, dicho milagro constituye la única posibilidad de sobrevivir a unas condiciones de vida insalvables, el último vestigio de sentido al cual aferrarse. Sacrificar la propia cordura, en este contexto, pasa por una necesidad vital. Al igual que ocurre con los dudosos humanos de “¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?” (llevada al cine por Ridley Scott, con mucho menos ambición, bajo el título de “Blade Runner”). Aquí, la extraña religión del mercerismo es también puerta de entrada a una dimensión paralela, por así llamarla, en la cual los hombres purgan sus faltas transfigurándose en Mercer, suerte de mezcla entre Cristo y Sísifo; apedreado por toda la eternidad, Mercer se ve condenado a repetir incesantemente un camino de dolor “por la salvación de toda la humanidad”. La vida cotidiana se sostiene en esta creencia y en un sistema de programación mental que permite a las gentes elegir estados anímicos templados y agradables, todo bajo el telón de un payaso que repite en televisión una sarta de noticias monotemáticas que reivindican la normalidad del día a día.
El futuro anticipado por Dick es siempre consecuencia de una devastación. Una gran guerra o un cambio climático irreparable (en tiempos en que el tema no era la moda de turno), que obliga al hombre a valerse de artificios tecnológicos que funcionan mal, la mayoría de las veces, o bien son decididamente inútiles. Los paisajes de estos mundos están siempre poblados por cerros de chatarra, y no es casual que sus héroes sean casi siempre técnicos, tipos que reparan cosas, representantes de un proletariado cuya función es indispensable en un mundo donde la disfunción es la impronta de todo proceso industrial. Los artefactos revelan un mundo creado y el ingenio de quienes los idean y fabrican, pero, a diferencia de las obras de arte, están muy lejos de la perfección, e incluso del criterio de lo óptimo. La tecnología deja en el paisaje un zurullo indeseable y absurdo. En “¿Sueñan los Androides…?”, Dick bautiza a esta materia inservible como kippel. El mundo está lleno de esta residualidad que no se ocupa, no se piensa en ella, solo se acumula. ¿Y quién nos dice que la cantidad de kippel pueda un día ser tanta que produzca una aceleración en la natural entropía del universo?
No se puede sentir seguridad leyendo a Dick. Ni siquiera la propia consistencia escrita de sus relatos puede tranquilizarnos. Paradójicamente, el despertar de la paranoia puede provocar en el lector accesos de fe insospechados. Leyéndolo, de pronto damos crédito sincero a algo que de otro modo pasaría como un simple desvarío. La prosa de Dick tiene un raro poder sugestivo; sus ideas, a diferencia de otros autores del género, son dichas con una claridad tal que no precisa de sofisticados argumentos para sostenerlas con verosimilitud. Entrar en contacto con ellas es algo perturbador. Pero no es suficiente con decir eso. Quizás convenga, a fin de cuentas -y para prescindir de eufemismos-, volverse un poco esquizoide al leerlo.












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Buena. Qué interesante la reseña. ¿Has leído “Una mirada a la Oscuridad”? Quiero leerlo pero no le encuentro en ningún puto lugar.
Me alegro que te haya gustado. Encontré “Una mirada a la Oscuridad” hace poco en las galerías de las Torres de Tajamar (al lado del Passapoga), donde un tipo que está constantemente trayendo las ediciones Minotauro de Dick, además de otros materiales interesantes del género.
Saludos.
¡Ah, excelente! Me daré una vueltecita por esos lados entonces. Gracias por el dato.