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Soft Boys y Underwater Moonlight: Alucinaciones acuáticas

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29 abril 2010
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Es una fortuna que la historia de la música popular, al menos la versión que cuenta para nosotros, esté escrita mayormente por estupendos pies de páginas. Y ojo, no se apresuren, no hablamos del un poco cansador tópico del “beautiful loser”; de ese artista atormentado pero sofisticado, de suerte esquiva, que ha dejado un impactante corpus que poco a poco será descubierto por los antes malagradecidos oyentes. No, más bien nos referimos a quienes renunciaron desde un principio a cualquier competición odiosa, a reconocimientos altisonantes; en cambio, prefieren pasear con tranquilidad por sus dominios, sin ser presa de la urgencia, tomándose el tiempo justo para escanciar gotas de su talento de tanto en tanto. Y, en medio de esta sigilosa tarea, paf, de vez en cuando llegan y comienzan a amontonarse las obras maestras. Pensemos en Robyn Hitchcok como un singular dandy alucinado que durante los últimos treinta años juega a las escondidas desde su campiña, deparándonos parte de la psicodelia más notable que campea fuera de los dominios sixties.

Y Robyn tuvo alguna vez un grupo, su primera banda importante, llamados Soft Boys, y fueron éstos los responsables de una obra maestra que ya cumple treinta años: Underwater Moonlight. En medio de la afirmación de la new wave y el post punk, con ecos aún de la virulencia ética del punk, Hitchcock apuntaló una reinterpretación de la psicodelia desde la vitalidad, la paradoja y el desmadre psicótico. Si hay constantes en la historia musical de Robyn Hitchcock una fue su devoción hacia Syd Barret, entendida como la exploración permanente del modelo compositivo impuesto por el autor de Octopus. Y sí a esto añadimos un paseo documentado por la costa oeste norteamericana, con paradas en el dadaísmo de Captain Beefheart y el inconmensurable mundo Byrds, llegamos más o menos al patrón de juego de Soft Boys.

Su magnus opus parte con I wanna destroy you, lo más cercano a un himno; punk lisérgico, primo en segundo grado del Vegetable Man de Syd Barret. Son fines de los setenta, y el sueño hippie acabó de muy mala forma y hace rato ya que yace en el lecho del río: es tiempo de cinismo, de apretar los puños, de escupir. “A pox upon the media/ And everything you read/ They tell you your opinions/ And they’re very good indeed/ I wanna destroy you”. El álbum asciende; las melodías son un bloque impenetrable sostenido en el juego de guitarras desaforado y anguloso. Cuando un escucha Take me out de Franz Ferdinand sabe cuánto debe una canción como ésta al ejercicio de estilo de Soft Boys.

Y el álbum prosigue deslumbrando. Porque de la rudeza de la pista inicial pasamos aviso previo al jardín de placeres terrenales de Hytchcok, lugar donde el absurdo y lo inefable intercambian fuerzas, aludiendo a espacios ignotos e imprecisos; así ocurre en la exquisitamente bluesy I got the hots: “Here I am/ Looking out on a crystal world/ Floating currents of human eyes/ Baking land under creamy skies”.

Y después de Underwater Moonlight, Robyn volvió a desaparecer para, poco después, emerger con ese mismo empecinamiento saltimbanqui de volverse inasible como una ensoñación ácida. Duermevelas, sin embargo, que no se disipan y constituyen la nerviosa bruma de un artista que aún hoy es garantía de exquisitez y locura a buen recaudo.

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