Christina Rosenvinge en Chile: pasado y futuro de nuestra señorita adecuada
13 abril 2010 2 comentarios
La nostalgia puede hace pagar un alto precio. Quizá no a uno, pero sí al artista que debe defender un repertorio reciente de la voracidad por regresar a las glorias pasadas. Existen tantos casos de incomprensión, de músicos que decidieron no rendirse frente al pataleo del respetable y terminaron con el palmo de narices de la indiferencia y la frialdad. En fin, imagino que Christina Rosenvinge tiene bien claro que adónde quiera que vaya sus fans le pedirán una y otra vez que se acerque al cancionero de su etapa Subterráneos, y que partan los coros lo más pronto posible. Y, bueno para todos, ella se lo toma bien, hace las concesiones y la cosa sigue en calma.
Después de quince años, la española que toma el té con Lee Ranaldo volvió a Chile a presentar su mejor disco a la fecha: Tu labio superior. Un álbum lleno de la fragilidad de alguien que intenta reponerse de una ruptura feroz pero que alberga la sensualidad suficiente como para hacerse de nuevo al camino. Y había que estar allí, porque Christina se está convirtiendo firme y paulatinamente en una musa que cuece sus canciones en la misma olla de Francoise Hardy; destila elegancia, presteza y composiciones bellamente trémulas.
Los conciertos de viernes y sábado pasados fueron una ocasión inmejorable de observar a una artista que goza de una salud robusta. Porque, sí, Rosenvinge arrastraba desde siempre un talento pop indiscutible, claro, un poco naif tal vez, quizá demasiado afincado en un feminismo adolescente, pero siempre expresado con desparpajo y sin jamás renunciar al rock como telón de fondo. Y en la última década, sus logros solo han aumentado: su trilogía de Nueva York la mostró tejiendo nuevas ideas, sofisticada y riesgosa, en discos que la llevaban por un sendero siempre melódico pero si empacho de visitar la experimentación o esencias brasileñas para nutrir sus nuevas criaturas. Hasta que llegó Tu Labio Superior, un disco modélico en esto de las cantautoras. A Christina se le dan bien los versos, sus letras exhiben con sutileza la desilusión y el cinismo, la candidez y la seducción. Y la música es cada día más plena, corriendo por el carril del gran pop galo de fines de los sesenta, pero sin descuidar el coqueteo con el Indie anglosajón.
Y esta fue más o menos la hoja de ruta de los grandes recitales del fin de semana último. Acompañada de una banda perfecta, Steve Shelley, Charlie Bautista y Jeremy Wilms, nuestra rubia perdición montó un espectáculo que muestra la capacidad de un artista con el norte bastante claro: recrea un mundo, el suyo propio, donde las canciones dialogan entre ellas, donde es posible establecer vasos comunicantes que van desde Tok Tok a Eclipse; donde sus temas antiguos, en que el público más fervorosamente entrampado en los noventa cantó a placer, no perdían vitalidad precisamente porque fueron escritos con la honestidad y sencillez de un talento que, aunque ahora ha mejorado la puntería, siempre estuvo un piso más arriba de ese género confesional en castellano que tanto cuesta tomar en serio.
Todos felices. Hubo pop refinado, sonido en forma, una mujer con la cual todos quisiéramos tomarnos un café y perdernos por alguna calle y, era que no, una nostalgia jamás gratuita sino que nos recuerda cuánto cariño tenemos por esta señorita tan jovial y encantadora.
Fotos: Francisco Gálvez












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buena nota!
qué ganas de haber ido…
hola si fue muy maravilloso y su vos y su piel y lo guapa que es todo eso te lo perdite …..