Triste, solitario y final: They shoot horses, Don’t They? De Sydney Pollack
6 abril 2010 0 comentarios
“No reconozco a un ganador, pero sí sé que al menos tú no ganarás”. Lo único que está claro es quién estará condenado a la derrota, no una teñida de cierta épica y dignidad, sino la que se cubre con el desgaste de la desesperación y la tristeza de no encontrar un lugar, de no tener siquiera un poco de sosiego. La película, They Shoot Horses, Don’t They? –conocida en castellano como Baile de Ilusiones- -de Sydney Pollack, filmada en 1969 y basada en la novela de Horace McCoy.
Rocky lo tiene claro y así se lo deja saber a Gloria: tú no serás nunca una ganadora y deberás conformarte con los peniques que te lancen en las esquinas. Rocky es el maestro de ceremonias de un concurso singular y atroz, sobre todo atroz: decenas de estragados hombres y mujeres participan en una maratón de baile; bailarán durante semanas, con apenas períodos de descanso, para que al final –por supuesto, un final que jamás llega- solo una de ellas pueda obtener unos cuantos dólares y sobrevivir por unas semanas más. Estamos en los años más duros de la Gran Depresión, cuando la miseria se traga a Norteamérica, y una alternativa tan grotesca como un sádico lance de baile aún puede perdurar como una alternativa válida para alcanzar una deslavada gloria y esperanza.
Entre los concursantes está Gloria –tal vez el papel más notable de Jane Fonda- y Robert –a cargo de Michael Sarrazin-. Ella es amarga y cínica, corroída por el natural y comprensible espanto que conlleva tener muy claro cuáles son las cartas que uno tiene a su haber; Robert, en tanto, esconde su desesperanza en un bozo de cierta ingenuidad y ensueño; ambos componen una de las duplas competidoras y alrededor de sus derrumbadas vidas giran el resto de los concursantes: marinos veteranos de la Primera Guerra Mundial, mujeres embarazadas, actrices fracasadas con ansias de llegar a Hollywood. Y, bueno, está el público, para quienes está dirigido este show de farsas y degradación. Rocky, interpretado por Gig Young, controla los tiempos: los concursantes no pueden mostrar glamour ni solvencia, la gente no paga cuatro pesos por ver tipos mejores que uno: solo se sienten bien si delante de ellos ven personajes aún más miserables, eso los reconforta.
Hay una secuencia memorable y que desconcierta en la metáfora que esconde: es momento del derby, una carrera a lo largo de la pista en que las últimas tres parejas serán eliminadas de la competición. Los vemos correr, exangües, mínimos, vencidos, cayéndose a pedazos; y el público está atento al espectáculo, vitorea, coloca sus fichas, comenta sus favoritos. Pocas escenas alimentan con tanta veracidad la carnicería de la vida humana y el descampado que queda a sus espaldas.
“They Shoot Horses, Don’t They?” es una película impiadosa y triste, porque a fin de cuentas es solo la muerte la que puede terminar con tanto estropicio, con tanta vacuidad y fracaso. Sydney Pollack filma una cinta inusual en vista del tono de su posterior filmografía. Oscura, grave y poderosa, es una película sobre las peores pasiones humanas pero sobre las cuales siempre se yergue un valor supremo: la amistad honesta y final entre dos personas abandonadas a una suerte perra.












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