Max Fischer: Rebeldía y ensueño
30 marzo 2010 2 comentarios
Una película adquiere las connotaciones de un descubrimiento, de un hallazgo, solo cuando nuestra conexión emocional, nuestra interpretación de lo visto, alude a sensaciones tan universales que somos incapaces de no sentirnos partícipes de una cruzada mayor. Hay un gran arte que se ha acodado en la adolescencia a modo de pesquisar el big-bang del ser humano, el momento de partida de una aventura en que el corazón late como camión pero el pulso y la personalidad son torpes, y las trampas hacen caer al piso una y otra vez. Wes Anderson pudo muy probablemente tener estas ideas en cuenta al acometer Rushmore, su primera obra maestra y segundo largometraje en regla. Una película de transición, también, porque incluye esa vitalidad y búsqueda desmañada que abunda en su debut como director, Bottle Rocket, y prefigura lentamente esas obsesiones pictóricas de refinamiento y tristeza burgueses que abundarían en sus películas siguientes.
Es todo tan familiar en Rushmore, tan cercano, sus conflictos parecen delineados con tanto cariño y énfasis, que su frescura no sufre extravío alguno. Un joven becado que cursa sus estudios secundarios en un exclusivo colegio, escondiendo su proletario origen –hijo de peluquero se convierte en hijo de neurocirujano-, pésimo alumno pero gran diletante; y de aquí al infinito. La película se convierte en un homenaje y una defensa trepidante de la necesidad del sueño, de la vocación por construir un mundo germinal, puede que disperso e inconcluso pero jamás ilegítimo, donde se cuelen todas las aspiraciones de un quinceañero. Hay campo suficiente para las derrotas; ésas, las típicas que provienen de no mensurar con calma la inconveniencia de enamorarse de una profesora joven pero ya fuera de alcance. Y el veleidoso terreno de las amistades: amigos que traicionan, amigos que regresan; lealtades que al fin y al cabo siempre estarán donde se las necesite.
Y Rushmore es más, mucho más que lo que se pueda decir, porque su metraje despide la fragancia de la inquietud de un muchacho igualmente inseguro como ansioso por echarse la vida en la mochila. La literatura y la botánica, el esgrima o el teatro, todo vale al momento de edificar una voz con que enfrentarse a una realidad que tiene la mala idea de ser bastante hostil más veces de las necesarias. Torpe y mentiroso, pero noble y frágil, a partes iguales, es nuestro héroe de marras. Max Fischer odia la disciplina impuesta, las fuentes y preceptos de otros, sólo valora su creatividad, su modo de conocer y reconstruir el mundo. Este es el tema más notable de la película: su defensa del terreno de experimentación permanente que es la juventud a fin de cuentas. Un gran edificio construido solo con luces breves y cegadoras, trozos de corazón y obstinación, bello en su agridulce reconocimiento.
De lo demás, de la banda sonora descollante, de la exquisita puesta en escena, de la pulcritud de los encuadres de Wes Anderson, ya hay líneas escritas de sobra, para sus buenos y malos pasajes. Una escena: Fischer, deprimido después de su expulsión de Rushmore Academy, dedica el tiempo a aprender el oficio de su padre. Está fuera de su lugar, de su ambiente, sacando los cubos de basura a la calle y recibiendo apenas la visita de fantasmas de su pasado reciente y en especial de una niña de su nueva escuela ya encariñada con él. Y aquí nos queda claro, al ver el rostro de Fischer parco y apesadumbrado, que él debe volver y que así será. Al final del día, todos tendremos que estar en el lugar donde nuestras ambiciones puedan estar más cerca de su realización, donde nuestra respiración y movimientos encuentren naturalidad y espacio. Fischer lo dice, el aprendiz de rebelde a tiempo completo. Yo le creo.














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Rushmore la vi ace años en el cable, la agarre a la mitad y la verdad no entendí mucho en ese momento, pero me quedé pegadísimo cachando la historia del nerd más pulento que he visto en mi vida
Vi “Rushmore” en la TV abierta, hace unos meses. La conexión fue inmediata y me obsesioné tanto con el mundo de Max Fischer que compré la película y ya la he visto no sé cuántas veces. Siempre que lo hago, encuentro un nuevo detalle… El estudiante soñador se ha convertido en mi héroe. “Rushmore” es tan grande como la vida.