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Take Care, Alex: Alex Chilton (1950-2010)

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22 marzo 2010
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“¿Sabes lo que pasa cuando te pasa lo menos que querías que te pasara?”, decía un personaje de una novela de Richard Ford. La frase nos recuerda que a veces las peores premoniciones pueden, lamentablemente, hacerse realidad. Todo se conjuga para que si las cosas andan más o menos descaminadas, el descalabro puede andar muy, muy cerca. Murió Alex Chilton, víctima de un ataque cardíaco el pasado miércoles 18; fue, antes que todo, un experto en malditismo aplicado. Es raro, pero cuando Chilton más requirió de un poco de suerte, no mucha, solo una pequeña porción de esfuerzo y buena voluntad de un par de personas, pasó justo lo que peor que uno presentía le podía ocurrir. Fracaso, frustración y olvido.

Alex Chilton, un genio, y uno bastante grande, porque cumplió una labor que a muy pocos les corresponde y pueden salir airosos: levantar puentes, tender cuerdas sobre los vacíos generacionales para comunicar a dos eras; renovar lenguajes, posicionar al rock para darle un impulso que mantuviese vivo el género. Big Star, su nave capital, partió del corpus del songbook británico de los sesenta; pero, claro, también estaban los Byrds y, bueno, ya andábamos por los setenta y eso requería ajustes en sonido y estilo. Big Star no fue solo un ramalazo de power pop, sino que caldeó y subió la temperatura del folk rock afín con el tremendismo setentero: algo así como si el Fifth Dimension de The Byrds hubiese sido reinterpretado desde desde el glam. Pero no, me equivoco, Big Star no era glam, y la verdad no sé que demonios era. Como otros equipos inclasificables –sí, como Velvet Undergound- pareciera más fácil definirlos por sus vástagos, por sus descendientes, esos que a partir de mediados de los ochenta se escoraron en el college, en la modernización del country, en el indie, en el brit pop y en paisley underground. Entonces partamos al revés; rastreemos las pistas de Big Star en gente como Wilco, REM, Teenage Funclub –sus más importante banda tributo- Posies, The Replacements, Elliot Smith, y que la fiesta siga.

Los tres discos que Alex Chilton publicó junto con Big Star, #1 Record, Radio City y el prácticamente en solitario Third/Sister Lovers, reúnen una inasible forma de enfrentar el pop. En los primeros dos, cuando aún había esperanzas de que el mundo pusiese atención, las canciones tienen un brío inaudito. El sonido es prístino, la ejecución soberbia, la emoción desbocada. Algo nuevo está naciendo… pero, nadie escuchó y el ocaso sobrevino. Un ocaso bello, refulgente en la mezcla de agridulces colores que darían paso al anochecer: Third/Sister Lovers. Una obra parida dentro de un proceso de tormentos casi absurdos, música que resiente una pena atroz sin apenas ganas de que alguien se tome la molestia en oír un desgarro semejante. Third/Sister Lovers estuvo al menos cinco años guardado en los anaqueles de un sello al cual le llegaron los masters simplemente porque habían comprado el quebrado sello Ardent, propietario original de las cintas. La publicación fue un espanto: no se respetó el orden establecido para las canciones, es más, no se respetaron las canciones en sí mismas. Un disco grabado en 1974, recién mereció el respeto de una publicación decente hacia 1992, cuando Ryko haciendo eco de una generación que ya no sabía de qué forma agradecer a Chilton su inopinado martirilogio, exigía justicia, tardía, pero justicia al fin y al cabo.

Lo siento, es Third/Sister Lovers el disco que hace más patente el sentido de inutilidad, de negrura en el fondo del alma, de una tristeza de la cual ya parece imposible volver. Caída a velocidad de crucero. No hablamos del Berlín de Lou Reed, un majestuoso pero sosfisticado artilugio de crónica decadente. Nos referimos a un disco en que ya ni siquiera se desea cantar, en que las canciones apenas remontan el vuelo desde sus deshilvanadas costuras, pero no obstante siguen siendo maravillosas, tenues y fantasmagóricas. ¿Hay algo más macabro que Holocaust? Un piano profundo, voces que pasean como presagios del desamparo, y la letra que dice que eres un rostro devastado frente a un espejo, una mentira andante de mirada triste, que ya nadie le importa un rábano tu vida, que todos se ríen de tus errores. Y está ese cierre, esa trilogía de despedida que no tiene parangón, cuya sola existencia valdría la publicación del álbum, y la justificación de cualquier reconocimiento que llegara sobre Chilton: Nigh Time, Blue Moon y Take Care. Frágiles, insomnes y breves declaraciones de amores marchitos, de descreimientos completos. Dulzura trémula que escondía tanta agriedad en el fondo de un corazón tumbado.

Así es como debemos recordar a Chilton, al menos así lo recuerdo: a través de esas canciones enormes que no encontraron suficiente oídos atentos en su época, y a quien la recompensa le llegó quizá un poco demasiado tarde como para volver a creer en esto del arte. Ya no un cínico, sino simplemente un hombre triste y desesperanzado. Adiós Alex y cuídate de herirte a ti mismo, tal como decía tu admirable canción “This sounds a bit like goodbye/ In a way it is I guess/ As I leave your side/ I’ve taken the air/ Take care, please, take care”.

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