Y, al principio, fue el mal: White Ribbon de Michael Haneke
17 Febrero 2010 0 comentarios
¿De dónde proviene el mal? ¿De la desconfianza, de la traición, de la paranoia, de la miseria? ¿De todas y cada una de las infamias que la humanidad perpetra a menudo para ningunear sus posibilidades de supervivencia? Michael Haneke es a estas alturas un cineasta con más de un par de batallas en el cuerpo dedicando su vida a la prospección del mal. Las formas que toma, su increíble capacidad de destrucción, su modo de alimentarse de los prejuicios y la casi apatía como preciado combustible; una energía de fuerza inusual que, casi nunca, es posible detenerla en su ruta hacia el envenenamiento masivo. En este sentido, su más reciente obra, White Ribbon, es junto a Caché el listó más alto de su filmografía a la fecha.
Un pueblo rural germano, en los albores de la economía moderna y a días apenas del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Un villorrio agrario corriente, regentado por un barón indolente y lejano, sometiendo a un pueblo a la rudeza del trabajo en el campo no tanto a través de la prepotencia sino por medio de la sensación tácita de hallarse en un espacio superior, en una forma indiferente e inconsulta de ejercer un poder sin cortapisas. Éste es el contexto, típico y casi predecible. Pero comienzan a ocurrir extraños sucesos, las primeras infiltraciones del mal. Accidentes, descuidos lamentables e imperdonables, acciones sórdidas e inexplicables. Y sobre esto un manto de silencio, murmullos y oscuridad definitiva. Sólo un profesor primario intenta atar cabos, quien junto a su novia, una cándida y humilde niñera, parecen ser los únicos seres exentos de esa pátina inasiblemente enfermiza.
Haneke propone un modelo para la aparición de la pulsión malévola: primero, la religión, encarnada en la moral perversa del pastor protestante que castiga cruelmente a su hijo por masturbarse, atormentándolo con una enfermedad mortal a la que sucumbirá si no detiene la usurpación de su cuerpo sagrado y vedado por el Altísimo; está también el médico del caserío, quien sufre el primero de los muchos incidentes que ocurrirán en la comarca: un hombre del que sabemos poco a poco de sus sórdidas costumbres como la incestuosa práctica con su hija. Su colaboradora, una partera, madre de un niño con retardo mental que sufre un sádico ataque. En fin, gente que oculta en sus vidas extraños y cuestionables hechos que al parecer alguien o algo intenta hacérselos pagar a través de un conjuro.
White Ribbon teje una singular forma. Demuestra que el mal es una fuerza primigenia que se posa sin tener causa ni culpables aparentes, al igual que en Caché, su origen y trama son invisibles, sólo podemos ver sus consecuencias; el desmembramiento de una comunidad sobre la base de grandes traumas. Una estructura social que se enferma en una micro escala, muy probablemente degenerará en un nivel mayor con repercusiones inconmensurables. Se dice que White Ribbon, por cierto una obra maestra, intenta echar luces acerca de la Alemania donde pocos años más tarde germinaría la semilla del nacionalsocialismo. Y lo hace, pero de una manera fina y exquisitamente perversa: la alemana es una comunidad agotada en la verticalidad de sus relaciones, en una moral cristiana aplastante y conducente al doblez y las prácticas condenables. Un clima de vinculación fraudulenta tal vez puede conducir a una corrupción mayor, en que las deslealtades requieran una plataforma política que se haga cargo de esas ansias de ajusticiar por mano propia, de exigir la remisión del vecino, de reclamar por algo que se supone propio. En suma, de extinguir una amenaza foránea. Fueron los alemanes, pero también pudieron ser los franceses, los rusos o a quienes ustedes deseen ponerles el sayo. En esto Haneke es magistral; muestra cómo funciona el mecanismo, la relojería macabra en su rutina diaria, pero sus caminos, hacia adónde nos llevará el terror, nos serán siempre insondables. De temer.












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