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El elefante y su hermana: The Stone Roses

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22 enero 2010
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La periodista Marisol García hace mención en su blog, de gira, de la discusión sostenida por tres críticos musicales del The Guardian acerca de la música durante los años dos mil, o noughties como le llaman por allá. Hay una frase que llama la atención, escrita por el crítico Simon Reynolds: “Tenemos calidad, pero no necesariamente trascendencia, entendida ésta como el encuentro entre un disco y el impacto en su época y en la inquietud momentánea de su audiencia”. Que nadie dude. Los últimos diez años han sido notables en cuestión de álbumes y trayectorias pero, como dice el británico, se echa de menos un paso más allá, la conversión en otra cosa, en un tótem al que se volverá en cinco o diez años más con igual dosis de pasmo y frescura.

El rock inglés echa de menos esa forma consular de parir obras. Un guitarrista zafado, un vocalista ora tímido ora un monstruo escénico, base rítmica inapelable… y después, la eternidad. Pasó con The Smiths, pasó –en un primer tiempo- con Suede y, claro, pasó con The Stone Roses.

Squire, Brown, Reni y Mani, aparecieron precisamente en el momento en que el desamparo producido por la ruptura de The Smiths comenzaba a convertirse en una peligrosa sensación de vacío irrecuperable. Y la luz volvió sobre Manchester, invitándolos a un nuevo viaje caleidoscópico; el encuentro bendito entre el folk rock más brioso de los sesenta, llámenle The Byrds o Simon & Garfunkel, -sí, Simon & Garfunkel, escuchen nomás I am Rock con cuidado, y se llevarán una sorpresa- y el beat del dancehall. La maquinaria house que inundaba los boliches ingleses

Pero esto no era sólo una cuestión de hacer un nuevo giro a nombre del testamento sixties. Los Stones Roses fueron capaces de cuajar en su primer álbum, que ya cumplió veinte años, un canto exultante sobre su generación. Una que ya no bebía, o al menos no tanto, de la angustia que el post punk y una buena parte del indie habían detonado en la cabeza de muchos jóvenes. Existía, en cambio, una vuelta al gozo, un desenfadado estruendo de drogas, baile y fulgor. Allí cayeron como pluma en colcha Squire y secuaces. Y los méritos no son solo su tremendo sentido de la oportunidad histórica; la canciones, uf, regresan a nosotros con ese mismo color refulgente, un combustible de pop ácido de octanaje sin riesgos de colapso.

Todos saben lo que ocurrió después. Enceguecidos por excesiva exposición al astro rey lisérgico y anfetamínico, tuvieron un lento y paulatino descenso hacia lo corriente. Nadie sabe cómo y por qué todo se confabuló para hacerlos perder esa vitalidad que, digan lo que digan, ahora se echa bastante de menos. Iniciar el cierre de un disco con una megalomanía tan apropiada como I am the Resurrection, resume tan sabiamente ese ardor nocturno pubescente: salir, beber y amar al instante.

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