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José Gai: Del Veinte y del Más

por Gonzalo Hernández
14 enero 2010
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En este libro de cuentos, José Gai despliega con sorprendente oficio su paleta de recursos narrativos. La variedad de estilos, voces y tratamientos que desfilan acá resultan una sorpresa más que interesante. Siendo que aún no leo Las manos al Fuego, su novela debut, creo que haber entrado a su prosa mediante este grupo de relatos ha sido la motivación perfecta; dudo que las recetas sirvan a todos por igual, pero si alguien no tiene puta idea de quién es Gai, resulta más que recomendable partir por los cuentos de El Veinte a modo de propedéutica de algo mayor.

Mencionaré algunos relatos y sus circunstancias. Lección de Dibujo, en mi inservible opinión, es un ejercicio de maestría narrativa como pocos. No sé si es el que más me gustó, pero me parece con creces el más logrado. En breves cuatro páginas asistimos a un fresco de recuerdos escritos al modo de una carta hacia un destinatario cuya verdadera dimensión sólo aparece en las últimas diez palabras. Del humor infantil pasamos al desgarro y a la impotencia, y de ahí a la rabia vengativa sin la necesidad de recurrir a artificios melodramáticos de ningún tipo. La construcción es impecable, y la manera en que nos acercamos al doloroso trasfondo ocurre a un ritmo que el mismo Carver alabaría. Un cuento para incluir en material de lectura para colegios, sin lugar a dudas.

Pero si de gustos se trata, cómo no hablar de El Mejor Puntero Izquierdo del Mundo. Su protagonista es el calco de una generación completa de jugadores que han fracasado bajo el sueño del reconocimiento pelotero. Una generación – la del 87, para ser precisos-, que tuvo el tiempo para ilusionarse y luego ver cómo sus castillos se derrumbaban con estruendo, esfumándose en el aire. O en polvo, en este caso, esa arena hostil de Alto Hospicio que hace de trasfondo miserable y desesperanzado de nuestro zurdo protagonista, el cual se hace querible, como buen tonto, con su voz en primera persona diciéndonos frases para el bronce tan rotundas como la que sigue, que resume el relato: “el fútbol no es mejor ni más decente que la droga”.

Tanto El Veinte como Un Express son imaginarios futuristas elaborados a base del más probable derrotero de los desastres que actualmente incubamos como sociedad. El primero apunta a sesenta años plazo en un mundo cuya historia está condicionada por Grandes Guerras Virales, no biológicas sino de información, y donde los humanos garrapatean en máquinas perennemente estropeadas tratando de saber algo de sí mismos; náufragos que sitúan la cuna de la civilización en Tampa, Florida, a causa de alguna pérdida computacional irreparable que trunca sin perdón cualquier posible remisión a un origen. Acaso Heidegger se extasiaría en horror leyéndolo y constatando cómo la reificación técnica lleva hasta extremos que difícilmente podrían ser tildados de humanos eso que él llamó, no sin pompa, “el olvido del ser”. Lo tiro como una posible lectura, pues en verdad la cosa se presta para muchas, siendo en esencia una magistral pieza negra breve. Léanlo y compruébenlo.

El futuro de Un Express, en cambio, es a corto plazo. Bajo el relato de una primera persona de dudosa moralidad – la mejor posición para narrar toda caída-, asistimos a una evocación permanente de un Bicentenario que se desploma por todas partes. Partiendo por la justicia y el sistema inmobiliario-penitenciario, nudo central del cuento, pero también por los malestares populares y la represión policíaca-militar como única solución del problema, la transformación de cada fragmento social en imagen y la ruina política que ello supone. También por la alienación adolescente, por el distanciamiento cada vez mayor entre generaciones distintas, y un largo etcétera. Nos queda la sensación, después de leerlo y sintiendo la misma corriente nerviosa que el protagonista, que esto tiene necesariamente que desembocar en alguna masacre fabulosa.

Un Señor de Respeto y Cuatro Volantines son igualmente perturbadores, aunque a un nivel de subjetividad más acotado. La curiosa afición de un respetable anciano, residente de un barrio venido a menos – el viejo Santiago, ¿por qué no? O ciertas zonas de San Miguel-, de proveerse de niños ajenos con algún oscuro fin que no precisamente tiene que ser el que uno imagina de primeras. O la adolescente, criada en un cajón de frutas en algún pueblo montañés del norte de Chile, cuya intuición e inteligencia superan con creces la de su psiquiatra tratante, incapaz éste de ver el trasfondo real de los crímenes que hacen de escenario de fondo. Una prueba de que la formación profesional de estos parásitos no hace sino nublarles la vista a lo evidente, tan empaquetados los pobres en las interpretaciones canónicas de cada símbolo. En Cuatro Volantines, la naturaleza silvestre le pega diez patadas en la raja a todo resabío academicista. Por detalles como estos es que Gai me cae tan bien.

En Los de Siempre también hay algo de eso, pero encapsulado en un mundo más pretérito e inaccesible al simio moderno. No es acá la ciencia la que fracasa ante las fuerzas primigenias, sino la religión. Puto dogma, qué lindo es leerte caer y retirarte ensangrentado de escena, montado en burro y condenando lo que no se entiende. Y culpable, lo mejor de todo, ante los ojos de un cerro milenario cuyos dioses no pueden sino reír ante el espectáculo de un débil cristiano arrancando de sí mismo.

En fin. Si no hablo del resto es porque no quiero hacerla demasiado larga en esta nota, pero que no quepa duda que Ojalá Mañana, Sólo un Poncho en la Pampa, La Tía Elizabeth y Jueves de Lourdes son igualmente notables en sus distintos registros. José Gai no sólo dibuja muy bien – es ilustrador en La Nación Domingo-, sino que escribe con un oficio de la puta madre. Además depura y corrige con un esmero que se nota y agradece. Por ahí ocupa ciertas estrategias que me merecen algunos reparos, pero no me interesa dar la lata con eso porque implicaría el mal gusto de reescribir las tramas, y con vicios de crítico yo no comulgo.

Prefiero ir a la caza mayor. Las Manos al Fuego me espera, seguramente no menos sucia y negra que estos buenísimos relatos

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