Home » Literatosis aguda

Peces muertos y una silla rota: Jack Kerouac y Big Sur

por
6 enero 2010
0 comentarios

“La angustia mental es tan intensa que uno siente que ha traicionado su propio nacimiento, el esfuerzo y los dolores de parto de mi madre cuando me trajo al mundo, he traicionado el esfuerzo que hizo mi padre para alimentarme, permitirme crecer y hacerme fuerte y Dios mío también educarme para la “vida”, se siente una culpa tan profunda que uno se identifica con el demonio y Dios parece muy lejano, abandonándolo a uno de su estupidez enfermiza. Uno se siente enfermo en el máximo sentido de la palabra, respira sin creer en ello” 

Hay ciertas cosas de las que ya casi no se puede hablar, o en este caso escribir. Se han erigido en mitos, y éstos muy pronto se fosilizan, y en un tejido calcáreo ya es muy difícil meter la punta de un cuchillo. La generación beat es quizá el fenómeno socioliterario sobre el que más cuartillas se han escrito durante la segunda mitad del siglo XX. Y a estas alturas, cincuenta años después de su momento de mayor algidez, hay algunas cosas en claro: hablar de movimiento es a todas luces desproporcionado, hay en cambio más la sensación de una cofradía de muchachos de pretensiones libertarias como los hubo antes y los habrá en el futuro, a saber: jóvenes escritores cansados del estilo conformista y apoltronado de la sociedad norteamericana, reivindican la improvisación, la vida en la carretera y la glotonería vital como ideario. Y de aquí a la eternidad. Porque, extraña paradoja, esa misma sociedad narcotizada en el consumismo, en el capitalismo orondo, gracias a su potente industria del espectáculo, convirtió a Jack, Allen y William –y quienes le seguían- en cabezas de cartel pop de todo lo que se llame rebeldía, inconformismo y poesía en los confines. Para Ginsberg y Burroughs, todo marchó bien; ambos pudieron acomodarse en sus respectivos espacios: el primero como poeta ubicuo y santón, un día apareciendo con Leary, al otro con Lennon y años después con Bono. El segundo como perfecto espécimen de yonqui dandinesco transmitiendo desde las catacumbas. Pero al primero, quien más hizo –consciente o no- por articular una visión de una nueva América, la pose de mesías bufonesco de los parias se le atragantó en el pescuezo para no dejarlo en paz  ya nunca más.

Jack Kerouac escribe en Big Sur de eso, de aquella profunda incomodidad y decepción, de la incapacidad de remontar una vida, de escapar del alcoholismo, de la veneración absurda y patética de gente que acude a él esperando el convite de un impenitente vividor y, en cambio, hallan a un hombre en el estado definitivo de sus miedos y alucinaciones. Big Sur es, a su modo, lo que Crack-Up fue para Scott Fitzgerald: la constatación de un abandono, de un descenso sin regreso por una miseria que los carcome alejándolos de todo lo que alguna vez pudo haber tenido sentido. Ambos, comparten más de una similitud: sus respectivos cánones literarios han sido menospreciados por más de un crítico aduciendo la fecha de vencimiento de sus obras; ambos fueron perfectos en fijar las coordenadas de un mundo y un entusiasmo definidos. Ambos terminaron en la amargura más solitaria que se pueda concebir.

Keroauc no lo ha pasado bien con el transcurso de los años. No obstante existe un culto hacia él y su obra que no disminuye con el paso del tiempo, consiguiendo importantes acólitos como Tom Waits o Johnny Depp, su tesón literario se resiente en la pesquisa. Hay demasiada chimuchina con tufillo zen, demasiadas ideas candorosas que expiran apenas son declamadas, teorías vinosas que se disuelven en el charco. Pero, cuidado, Kerouac era un prosista extraordinario cuando afinaba sus dianas. Es magnífico al expresar con tanta belleza el noble sentimiento de la amistad, como en aquel capítulo de Big Sur en que visita a un  amigo suyo en el sanatorio de tuberculosos y se despiden haciendo incesantes maromas y juegos infantiles; es un mundo emocional que se torna indispensable para salvaguardar su inestable equilibrio mental y esto es quizá lo que al fin y al cabo es la amistad: un puente de oro sobre la turbulencia negra.

Sobre todo, y es lo que hace de Big Sur un testimonio invaluable, hay una dureza y un desamparo escalofriantes. “Pero no existe en absoluto alegría o diversión, la gente dice Oh, bueno, está borracho y feliz, dejémoslo dormir tranquilo y que se reponga. El pobre borracho está llorando. Llora llamando a su madre y a su padre, a su hermano y a su amigo, llora y pide ayuda, intenta actuar coordinadamente acercando un zapato a su pie pero ni siquiera puede hacer esto bien esto, dejará caer el zapato o golpeará contra algo, invariablemente pasará alguna cosa que lo hará llorar otra vez. Querrá sepultar la cara entre sus manos y llorar y gemir rogando una piedad que sabe que no existe – No solamente porque no la merece sino sencillamente porque de todos modos no existe. Porque levanta los ojos al cielo azul y no ve otra cosa que el espacio vacío haciéndole una gran mueca”.

El alcoholismo se ha llevado a Kerouac por delante, los delirios, las culpas morales, religiosas y de todo tipo lo tienen por el pescuezo, no cree en nada, escapa del repugnante mito que él sin querer ha ayudado a levantar, ya ni siquiera la amistad, su más preciado bien, la confianza en esa cofradía rutilante, puede aliviarlo. “Mira al mundo, éste le está sacando la lengua y cuando retira esta máscara el mundo lo observa con grandes ojos vacíos y enrojecidos como sus propios ojos, puede ver el movimiento de la tierra pero no hay sentido alguno que se lo haga conferir. Un ruido imperceptible a sus espaldas lo hará gruñir de furia, estirará su camisa manchada y descolorida, siente como si estuviera frotando el rostro en algo que no es”.

Big Sur es un gran canto de desesperación en prosa, espasmódico, violento y triste, por sobre todo, triste. Una apertura hacia una soledad cósmica que en su inmensidad sólo puede deparar un naufragio mortal. Jack Kerouac, mesías y mártir, alfa y omega beat.

Deja una respuesta

Este blog utiliza Gravatar. Puedes ocuparlo registrandote en Gravatar.