Expendio: G.K Chesterton y La Taberna Errante
18 diciembre 2009 1 comentario
Los letreros de las cantinas revisten una importancia fundamental para la estabilidad de occidente. No sólo indican la naturaleza del vital brebaje que ahí dentro espera a los parroquianos, sino que son también la materialización jurídica del derecho de las gentes de compartir un trago. Esto, que parece una perogrullada, tiene en verdad una significación más honda, la cual seguramente sería apreciada en todas sus dimensiones en un contexto de prohibición de este placer esencial. Como afortunadamente (aún) no hemos llegado a ese extremo de demencia legislativa, es bueno y útil que la perspectiva exista a modo de ficción. Y cuál más alegórica, certera y concluyente, que ésta que nos ofrece G. K. Chesterton.
Leída así, La Taberna Errante remece nuestros habituales parámetros de razonabilidad con el mundo. Ciertas instituciones y costumbres que damos por supuestas, como la tradición del “expendio”, podrían no existir. ¡Y cómo resentirían con ello nuestros márgenes de tolerancia! Pero el asunto va más allá de los resquebrajamientos psicológicos a escala individual, los cuales no bastarían para explicar la oleada de suicidios colectivos que sin duda provocaría el fenómeno. Y la perspectiva no es descabellada. Hace ya varias décadas que la razón occidental resulta maniatada por cierta ideología de la higiene que no pocas veces alcanza extremos absurdos. Chesterton, que ya detectaba el germen de esta locura allá por 1914, incluso antes de la instauración de la ley seca en Estados Unidos, la combate a punta de bromas, paradojas, alegorías y dialéctica.
El resultado es fantástico, en el más amplio sentido de la palabra: Patrick Dalroy, un gigante irlandés autodenominado “Rey de Itaca”, ex capitán de una tropa que combatió en una delirante guerra entre oriente y occidente, regresa a Inglaterra con la genuina intención de beber un buen trago en su taberna favorita: “El Viejo Navío”, propiedad del generoso y ecuánime Humprey Pump, prototipo del hombre común inglés que tanto agrada a Chesterton. El problema es que, terminada la guerra, cierto diplomático fanático, Lord Ivywood, esteta de un orden “progresista” basado en el “entendimiento ecuménico de las culturas”, ha dispuesto una serie de ordenanzas legales que prohíben la venta de alcohol. Bajo el pretexto de una dudosa moralidad de la templanza, Ivywood y sus secuaces van a requisar los permisos de venta de bebidas alcohólicas expresados en la figura del “letrero”. Lo que sigue a continuación es una rebelión del sentido común, representado este último en las figuras de Dalroy y Pump, quienes, armados con un barril de ron y un queso enorme, además del susodicho cartel, inician un peregrinaje fugitivo en defensa de las tabernas a lo largo de Inglaterra.
Con los elementos así dispuestos, la novela se despliega en una sucesión de situaciones jocosas, elogios a la vida vagabunda, cantos a favor del vino y el ron, burlas al vegetarianismo (y por extensión a Bernard Shaw), a la moral de la aristocracia burguesa y al auge del negocio farmacéutico, expresión insigne de una época que lleva el culto a la salud a la categoría del disparate. El recurso cómico, virtud llevada a un grado sublime en Chesterton, camufla los horrores que se esconden detrás de un mundo regido por estos ideales, los cuales, de tan saludables en sus intenciones, devienen insalubres.
Porque si el propósito, en teoría, es elevar al ser humano desde su animalidad y emanciparlo a un más alto grado civilizatorio, lo que se consigue en la práctica es esterilizar una institución social por excelencia, como la taberna, y de paso borrar del plano de las costumbres las instancias de acercamiento entre los hombres. Si la excusa es la defensa de un modo de vida más sano, para de este modo empezar a prohibir el alcohol, los cigarrillos, las carnes, las grasas, el juego, y en general todo aquello que nos otorga un placer, el resultado cotidiano es un tipo de existencia miserable, gris, sin ningún tipo de retribución que merezca calificar a la vida de digna de ser vivida. La abstinencia por sí misma es un significante vacío. Y tras el pretexto de integrar, fusionar, reconciliar las distintas culturas, en la búsqueda de la supresión de los límites tradicionales del mundo, descansa el fanatismo sectario de la prohibición y la consiguiente disolución de las identidades. La reacción de Chesterton contra esta manía sanitaria va más allá del simple aunque saludable gesto de pelear a la contra. Su defensa a los límites establecidos es un grito de libertad más genuino que las habituales proclamas de los ideólogos del liberalismo. Se trata de recuperar la capacidad de ver y apreciar las bondades de las cosas, rescatarlas en su particularidad y librarlas de la tiranía de la visión general y universalizante que busca fundirlas en un todo ecuménico. La difuminación de los límites conlleva la pérdida de definición, y en un mundo sin definiciones acontece no sólo el arribo del nihilismo, sino el dogmatismo de la ley pura y vacía: Todo contenidos, pero sin forma. Si el hombre puede aceptar leyes para la naturaleza y para su comportamiento, lo hace en virtud de que éstas sepan establecer definiciones y límites precisos, cosa que la libre elección de medios y fines permanezca asegurada, con toda la carga de riesgo e inseguridad que ello supone. La ley de la indefinición, en cambio, no asegura nada salvo un mundo privado de parámetros de elección. Una perspectiva sosa donde las haya.
Borges dijo alguna vez que, si algo lamentaba de Chesterton, era que en su literatura había un germen de moralismo. Pero no obstante su gran inteligencia, el argentino no pudo nunca trazar una alegoría con la contundencia y ferocidad racional del inglés. ¿Le faltaba moralina? Lo cierto es que también carecía de mordacidad. Y de talante heroico. A lo largo de estas páginas desfilan veinticinco capítulos que son veinticinco alegorías enmarcadas en una sola, local y cósmica a la vez, cuyo desenlace, sobradamente político y revolucionario, es una imagen en sí misma de cómo Chesterton entiende la diferencia entre razón y locura (con burla a Nietzsche incluida). La Taberna Errante es una novela preclara y que hoy calificaríamos de ambiciosa, precisamente porque vivimos en una época de ambiciones muy disminuidas. ¡Qué contraste ofrecen los gigantes Dalroy y Chesterton! Titanes anacrónicos y náufragos en un mundo de chimpancés parlantes.













Este blog utiliza
[...] Expendio: GK Chesterton y La Taberna Errante, en suRRuido [...]