Sol y leche de coco: Cuarenta años de Midnight Cowboy
3 diciembre 2009 3 comentarios
Tras el atentado a las torres gemelas, un clip montado por Nora Ephron y presentado por Woody Allen en los premios Oscar del 2002, hacía un homenaje a la ciudad de Nueva York mostrando cortes de películas que habían inmortalizado a la Gran Manzana. Ahí vemos por un segundo la cabeza de Jon Voight -calzada con un espléndido sombrero vaquero negro- sobresaliendo sonriente por entre la multitud. Eran los primeros minutos de Joe Buck en la ciudad. La sonrisa se le iba a borrar de un plumazo.
El cándido country boy protagonista de Midnight Cowboy llega con la esperanza de que la cúspide de la civilización lo reciba en su seno y lo colme de placeres y éxito fácil. Sin embargo, desde el minuto uno no hace otra cosa sino perder los pocos morlacos que anda trayendo consigo (si hasta el televisor le pide monedas para encenderse), cayendo en un vórtice de pequeños fracasos que no pararán hasta que haya tocado fondo. Casi como un paseo dantesco por el infierno, se encontrará con almas tanto o más a la deriva que él, hasta toparse con Enrico Rizzo –Ratso, para los enemigos- quien desde ese momento se convertirá en algo así como su familia.
Si, es cierto, las magníficas actuaciones de Voight y Hoffman mientras pasan penurias y escarban en busca de algún billete esmirriado son el pilar del largometraje y los inscriben en la historia grande de la cinematografía gringa. Pero si hay algo que acosa incesantemente mis pensamientos como el perfume de una mujer apetecida son esas preciosas escenas de caminatas. Aplanando calles, aferrado a la radio a pilas o a un restito de pucho, con esa harmónica blusera y melancólica que parece que va a reventar el alma de puro anhelo. Stanley Kubrick decía que el cine en estado puro se encontraba en el montaje. Pues bien, helo ahí. Además, cualquiera de nosotros que –por a, b o c- se haya visto obligado a recorrer Santiago a pié -por más kilómetros de lo considerado “romántico”- se ha encontrado con lo mismo que Joe y Enrico. Una dimensión distinta de la ciudad en la que se está inmerso. En el bocinazo desesperado de una automovilista, en algún altercado entre peatones, un rinconcito con olor a meados, en los ojos perdidos de un vagabundo pegoteado y fantasmagórico, en la hediondz que se pega a la suela de los zapatos sin necesidad de haber pisado caca.

Inicialmente resistido por Schlesinger debido a su creciente fama, Dustin Hoffman entrega una de sus mejores actuaciones.
Porque la urbe no está presentada como una moledora de carne capitalista que revienta a los menos aptos, sino como algo peor. Es un monstruo enloquecido que habla en un lenguaje inintilegible para cualquiera. Una escena clásica para retratar a un visionario: Se asoma a una ventana y mira introspectivo hacia el paisaje que ofrece la civilización que espera conquistar, como buscando alguna señal fortuita e iluminadora. Tony Camonte (Scarface, 1932) lo hace y se encuentra con un edificio coronado por un cartel luminoso que le dice “The World is Yours” (El Mundo es Tuyo). Joe sigue sus pasos casi cuarenta años más tarde, y el neón de enfrente clama sólo una palabra: “MONY” (Dinero, mal escrito).
Pero en todo momento, sobre todo en los peores, siempre hay un Shangri-La que provoca una sonrisa soñadora. Y al igual que lo hizo en Billy Liar, la cámara de Schlesinger fantasea junto con los protagonistas, fisurando la narrativa, saltando repentinamente entre colores, texturas y sonidos (mal que mal estimados, aún estamos en los sesenta) y si al principio ese paraíso era la misma New York, ahora es el deseo de venganza contra Ratso, el recuerdo de la piel desnuda de la Loca Annie y finalmente, subirse al bus de nuevo y partir hacia la soleada Florida.
Por todo esto, por la belleza de las caminatas, por el frescor de las ilusiones exhibidas ante la cámara, y por cierto de la dulzura escondida en la tosca relación entre Joe y Enrico, es que es imposible ver la desilusión en Midnight Cowboy como sinónimo de desesperanza. Más bien es parte del camino hacia el aprendizaje. Una frase que no recuerdo de dónde viene, reza: “El rostro humano es un paisaje”. Charles Bronson en el duelo final de “Once Upon a Time in the West” y Keanu Reeves encerrado en su disfraz camaleónico en “A Scanner Darkly” son muestras patente de ello. John Voight también lo es. Pese a las botas, el sombrero, el acento campechano y los “¡yeeeeeha!”, su actuación es de una extrema sutileza. Tan sólo sigan la mutación gradual de su rostro desde esa redondez sonrosada y un poco idiota del comienzo esperanzado, hasta el cansancio de los días rudos en la gran ciudad y finalmente la dureza curtida en su mirada cuando arroja a la basura su disfraz de vaquero.
Ya no tememos por Joe, en el último y fatídico cuadro de la película. Sabemos que lo dejamos en las manos seguras de su propia lucidez adquirida recientemente, a palos. No olvidemos que mal que mal, cumplimos el objetivo. Aunque no exactamente como lo soñábamos, llegamos a Florida.














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El Rostro es un paisaje = John Ford
John Ford John Ford John Ford; cuanto tenemos que aprender de ese chico todavia.
Gran Pelicula, el estilo documental que Schlesinger le dio (pues él era documentalista) es notable. Y a la vez tambien logro darle una estapa sesentera lisergica a este ambiente tan real. Precioso
¡John Ford! Gracias.
Me falta ver The Searchers. Me faltan ver varias en realidad, pero me da vergüenza enumerarlas todas.
Sendo artículo Garcés. Usted me ha emocionado evocando tan grande película.