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El reino celestial de los monos: a veinte años de Doolittle

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30 octubre 2009
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Me perdonan, pero pasan los años y aún me cuenta entender ese difuso concepto del rock alternativo. ¿Dónde nos situamos? ¿Cuál es el contrincante? ¿Madonna, Lionel Ritchie o Guns‘n Roses? ¿Había acaso rock alternativo en los años setenta? ¿Podría ser Bowie un antecedente? Nada claro; en fin, sigue pareciendo que aquello de alternativo sigue siendo la mejor manera de acercarse a la música rock desde la flojedad de los grandes mausoleos, de la falta de matices, desde la caja registradora. Bueno, ya seguiremos con las precisiones en otra ocasión.

Cuatro jóvenes comunes y corrientes buscando decir un par de cosas necesarias

Cuatro jóvenes comunes y corrientes buscando decir un par de cosas necesarias

Sucede que se cumplen veinte años de un álbum que sin mucho pensarlo aparece como un ilustre compendio de los avances que el pop abrasivo, delirante e histérico dio en treinta años: Doolittle, pieza publicada en 1989 por Pixies.

A estas alturas Pixies es un nombre que se acopla al de Velvet Underground, Big Star o Young Marble Giants, como esos actos que en vida les fue esquivo un reconocimiento planetario, un secreto exquisito que solo supieron los más despabilados y cuya reverberación hemos visto como una colonia de langostas devorando amplios jardines. No era así en 1989. Pixies afrontaba su tercer álbum construyendo a pulso firme un ideario que interpretaba las más lúdicas y arriesgadas variantes del pop retorcido estadounidense. Y en Doolittle la jugada es perfecta. Como todo gran álbum recoge el sentir de una época determinada, creando hitos y líneas divisorias. En el disco se percibe el camino alguna vez transitado por Dick Dale, 13th Floor Elevators, Stooges y B-52. Más cerca nuestro, el querido gordo de Black Francis cerró una década –la de los ochenta- girando hacia la lozanía melódica, agregando un punto insuperable a los aportes que alguna vez hicieron antes que Pixies Camper Van Beethoven, Husker Dü y REM, entre otros.

Doolittle poseía la cualidad del sonido college, dando la falsa impresión de un amateurismo que en lugar de precariedad suponía la cálida honestidad del brillo del ingenio desatado. La banda sonaba afilada, nada boba, y sus músicos conocían a la perfección lo que se traían entre manos. David Lovering y Joey Santiago, batería y primera guitarra respectivamente, los mejores. Aportando incesante musculatura a canciones que se paseaban desde el country al punk y de éste al surf en apenas segundos, soportando las vociferaciones de Francis apelando a esos universos de juvenil angustia pero con más manía que depresión. Y Kim Deal, claro, dando el toque de extrañeza al preguntarse uno qué carajo hace esa chica tan frágil tocando el bajo con ese trío de pirados.

doolittleY el arte del disco, uf. Aquel mico extraviado en algún viaje de una sonda de pruebas que giró a la Tierra, atrapado en una dimensión remota de trampas geométricas.

Hay de lo que a usted se le ofrezca: desde suntuosas cajas recopilatorias, ediciones aniversario y nuevas fechas anunciadas para una banda que se reúne sin tapujos para llenar arcas con dineros que en su momento se llevaron otros tipos con más cara de mártir y mayor gancho mediático.

Doolittle es un disco importante porque sigue y seguirá siendo muy difícil componer quince canciones sin fisuras, perfectas, antes las que no hay posibilidad de evitar que caigan sobre uno como una avalancha de fresca y gentil ira adolescente. Un baño del impulso que aún nos motiva acercarnos al rock: peligro, sí, peligro y un incesante afán de asombro. ¿Hay acaso otro tipo de rock posible? Pongámonos serios.

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