Clase y melancolía: Cincuenta años de Kind of Blue
8 octubre 2009 1 comentario
Hay un fenómeno en el campo de la música popular, una especie de proporción inversa entre éxito discográfico y calidad de obra. A ver, Rumours de Fleetwood Mac quizá no es un álbum que uno escucharía todas las mañanas para recobrar la fe en el mundo; tampoco sería el mejor final para una jornada pegarse un subidón con un recopilatorio de Toto o el Frampton Comes Alive. En fin, salvo excepciones que más o menos conocemos, los múltiples álbumes de platino nos reservan gestos de dudas. Hacer caja puede ser una señal inequívoca de inteligencia financiera pero tal vez ponga el buen gusto en entredicho. Pero este no es el caso que se reserva estas líneas, que quede claro. El disco más vendido en la historia del jazz es también un momento en que el corazón del tiempo quedó atrapado en medio de magia aérea. La obra: Kind of blue.
Cuenta la leyenda que Miles Davis, inquieto y temeroso del estancamiento como durante toda su vida, pensaba a mediados de los cincuenta en la forma de abandonar una estructura que, al menos para él, comenzaba a desgastarse: desde el be bop en adelante las progresiones del jazz se basaban en la relación entre acordes mayores y menores, y su constante alternancia. Davis estaba a la caza de sugerentes consejos y halló la luz al leer la obra del pianista George Russell titulada “Conceptos cromáticos en la organización tonal”. El método propiciado por Russell hablaba de usar series de escalas como sustento de la improvisación ofreciendo una alternativa al cambio de acordes. Miles no necesitó más: lo que Russell sostenía implicaba dedicar más espacio para la melodía, innovar desde el corazón de ésta, mostrar cuán arriesgado podías ser desde esta tesitura. Como Modal, definen, a este método.
Davis tenía el concepto, el paradigma, ahora requería de los colaboradores apropiados. Su quinteto estaba engrasado en los pagos del post bop y en los primeros escarceos modales: dos saxofonistas camino de la leyenda, John Coltrane y Julian “Cannonball” Adderley, y una sección rítmica ejemplar con Jimmy Cobb y Paul Chambers a la batería y el contrabajo, respectivamente. El ajuste vino por el lado del piano; Davis necesitaba un contrapunto en el rol de director musical de las sesiones de marzo y abril de 1959; el elegido fue Bill Evans, pianista lanzado de cabeza en investigar nuevas formas de expandir los brazos del jazz. El habitual colaborador de Miles en piano, Winton Kelly, debió conformarse solo con una participación parcial en la grabación del álbum.
La bibliografía referida a la gestación de la obra que abre sus puertas con So what, habla de que el papel de Evans en la composición y textura del disco fue primordial: coautor de la mayoría de las canciones, fue un adecuadísimo punto de apoyo en las ambiciones de Miles, quien partió la legendaria sesión del dos de marzo de 1959 apenas dando un par de recomendaciones generales a su banda sobre cómo proseguir en cada una de los temas según el criterio modal. No hizo falta más: con solo unas cuantas tomas el resultado golpearía el tragaluz de la inmortalidad.
El 17 de agosto de 1959 Kind of Blue asaltó al mundo para colocar al jazz en un cruce de caminos en que la revolución estética estaba sincronizada con la transversalidad en el gusto de un público converso y recién llegado, un punto de ingreso inmejorable a los prodigios de uno de los hermanos mayores del sonido afroamericano.
Se preguntará usted, ¿y esto por qué? Está bien, que se hable del modalismo, de la tonalidad y la melodía por sobre los cambios de acordes, pero deberíamos hablar de lo que no se puede describir, de lo que supera el lenguaje: la magia de un álbum de cinco canciones eternas que rompen con lo que se puede entender como la traducción más grácil de la sutileza y la elegancia en la música. Si lo que Miles buscaba fue proporcionar mayor espacio, que la música pudiese remontar vuelo con soltura y firmeza, el resultado fue un hito de atmósfera evocativa y agridulce, de inspiración genial atrapada en dos días de hace, sí, qué lejano ya nos parece, cincuenta años. Discos grandes de jazz los hubo antes y después de Kind of Blue, pero su triunfo merece cronología aparte. ¿Irán las cintas a bordo del Voyager? Averiguaremos.














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Rodrigo, éste es un buenísimo artículo. ¡Gracias por escribirlo!
Yo, al igual que tú, soy de los que goza infinitamente con el Jazz de los 50s. Con el Jazz que Miles dio a luz, ése que algunos llamaron Modal y que yo prefiero llamar post Cool en vez de post Be-Bop. El mejor sonido para mis oídos.
Últimamente he estado pensando y reflexionando, y he descubierto que soy amante de las atmósferas por sobre cualquier otra cosa, de las formas más que de los fines, fondos o sustancias. Y este disco es un ejemplo de las atmósferas que me derriten y transportan a donde el alma parece estar deseosa de estar. Es la melancolía nocturna de sabor maderoso, beige y de whisky lo que me mató en este lp: mi favorito.
Acabo de descubrir el sitio y me ha gustado mucho. Es un símil del proyecto que yo alguna vez desee construir, pero que por los cauces de la historia terminó abandonado. Te ganaste (o se ganaron) un nuevo visitante.
Saludos
PD: Además, creo que este artículo está escrito con una pluma familiar a la mia. Si necesitan colaboradores, acá hay un servidor disponible…me gusta escribir sobre musica y literatura.