La crueldad de nuestros errores: Ian McEwan entre nosotros
21 septiembre 2009 0 comentarios
La vida de dos amantes determinada para siempre por el simple capricho y despecho de una observación equívoca de una niña de ocho años. Dos hombres, un afamado neurocirujano y un maleante con cierto daño cerebral, se encuentran en pleno Londres y sus profundas diferencias los llevarán a un choque terrible; el extravío de una niña pequeña desde la caja de un supermercado, definiendo drásticamente el devenir de sus padres. En fin, todas encrucijadas irrevocables, momentos en que una comprensión antojadiza de las propias decisiones puede conllevar consecuencias atroces para sí mismo y los demás. De esto es más o menos lo que se encarga hace ya más de 35 años Ian McEwan, quien sin ambages es uno de los más importantes escritores ingleses vivos si no el que más.
Mañana martes 22 de septiembre McEwan participará en un coloquio gratuito organizado por la Universidad Católica en su casa central. Será una excelente oportunidad para conocer las dinámicas de un escritor interesado en esos pequeños big bangs humanos en que una materia oscura es liberada entre nosotros y tiñe nuestros caminos impidiéndonos la ruta de regreso para siempre. Recuérdese su última y magnífica novela, Chesil Beach: una joven pareja, en los albores de la década de los sesenta, se encuentra en su noche de bodas. Ambos son sexualmente inexpertos y con comprensiones muy diferentes de cómo enfrentar la consumación de su amor. En esa pugna se enfrentan sus respectivas tradiciones, orígenes, traumas familiares y vínculos afectivos; son un matrimonio que tiene el infortunio de pertenecer aún a una época en que hay ciertas cosas que no se discuten, sobre las cuales no hay suficiente valor para abordarlas, donde ni siquiera el amor puede romper ese absurdo cerrojo. El resultado es la estupidez de la separación, el sinsentido de una ruptura ridícula propiciada por un malentendido perfectamente remediable. Una vez más, la liberación de una energía negra que es capaz de acabar con todo.
McEwan es también un conocido simpatizante del evolucionismo darwiniano. Pero ojo, él no entiende evolución como un progreso, como una necesaria mejoría en las condiciones de vida del hombre, sino como un proceso de cambio en que las especies deberán adaptarse a cambios hostiles so pena de perecer. Las novelas del inglés menudean en comprensiones científicas, quizá como una forma de certificar las constantes disfunciones a las que sus protagonistas deben enfrentarse, de mostrar una superestructura dentro de la cual se suceden errores y obsesiones que demuestran nuestra mezquina falibilidad.
Cierto es que en los comienzos de su carrera McEwan se deleitaba con deliciosas historias de sadomasoquismo, de descubrimientos sexuales retorcidos y oscuros. Poco después, McEwan se convirtió en autor grande y comenzó a firmar sus libros más reconocidos: Perros Negros, Niños en el Tiempo, Expiación, Sábado, y la ya comentada Chesil Beach. Obras en que historias personales al borde de una importante fractura se superponían en contextos sociales e históricos plenamente definidos, a modo de un telón de fondo que influye en un más que complejo porvenir.
Pero claro, aún está la literatura como el campo de pruebas último donde ajustar cuentas con los derroteros humanos. Como Briony, protagonista de Expiación, quien reescribe la historia de su hermana Cecilia y Robbie, su novio, con un posible reencuentro de los amantes que jamás ocurrió, como modo de purgar el desbarajuste que ella misma provocó al acusar a Robbie de un acoso que jamás sucedió. Una literatura que intenta fijar una verdad, la suya, tan o más macabra que la realidad misma, pero en que el control está totalmente en manos del escritor cual dios veleidoso. Un juego de demiurgo al que McEwan se adscribe con mórbido placer. El placer de un caprichoso viajero.












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