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Cuarenta años de La Pandilla Salvaje

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2 septiembre 2009
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Sam Peckinpah: epifanías de violencia y más allá

Agosto nos trajo este aniversario de lujo, y en Surruido nos sacamos el sombrero polvoriento y pedimos en la barra un centeno de mala muerte para beberlo en su honor y el de Sam Peckinpah.

Revisitar un clásico cinematográfico da la oportunidad de encontrar sabores que habían pasado desapercibidos en ocasiones anteriores. Mientras veía la película para este artículo me encontré con una escenita sobria que casi podría pasar desapercibida, pero que se me reveló esta vez como una de las escenas más poéticas filmadas por un apologista del fracaso. Pike, Dutch, Tector, Lyle, Angel y Sikes descansan en una granja polvorienta tras una feroz balacera. Acaban de caer en una trampa al robar sacos de baratijas que se habían puesto como señuelo para ellos. Algunos de sus compañeros cayeron en la refriega y el gran golpe que iba a significar su retiro definitivo del delito y les daría una vejez tranquila ya es historia. Todo está jodido. Están acabados y lo saben, pues ahora serán perseguidos hasta el último rincón del infierno. Entonces recurren a lo único posible en momentos así: Tirarse bromas pesadas uno al otro, hablar de minas, de copete y reírse hasta el dolor de guata.

Es apenas el comienzo de la historia y los muchachos se tienen bien ganado lo que se les viene encima. En los primeros minutos de metraje los vemos usar a sus novatos como carne de cañón y ejecutar a sus heridos en el acto y sin palabras de despedida para que no retrasen al resto. Pero la desesperada huída los llevará hacia una olla hirviendo mil veces más cabrona que su pequeño grupito delictual: La revolución mexicana. Es aquí, en una frontera violenta, casi anárquica y presa del caudillismo en donde Sam Peckinpah está recién dispuesto a contarnos lo que todo espectador espera cuando se sienta a ver una película de vaqueros: una historia sobre héroes. Pues el corazón de “The Wild Bunch” es la necesidad, aunque sea a última hora, de hacer lo que parece correcto o por lo menos, digno. Concepto que el director ya había tocado de manera más tradicional (quijotesca incluso) en la maravillosa “Ride the High Country (1962)” y sobre el cual volvería en clave demencial con “Bring Me the Head of Alfredo García (1974)”.

Pandilla2Sin embargo, en este caso “lo correcto” no está escrito en tablas sagradas que trae un solemne señor barbudo que baja del monte. Sin ir más lejos, el director se da el perverso gusto de abrir la película con un desfile de feligreses en medio de una balacera y sí, la mayoría de ellos son atravesados por el fuego cruzado. En un mundo caluroso y violento no son los dogmas, sino las desventuras de Pike y su banda de forajidos desvencijados las que los llevan finalmente a presentir que el camino está ahí, y que hay que tener la inteligencia como para encontrarlo y la valentía para seguirlo. Deke Thornton no lo ha hecho, y es la muestra viviente del autodesprecio. El ex miembro de la banda cabalga como un alma en pena con la misión de entregar a sus ex compañeros a la justicia. Su eficiencia es vacía y parece en todo momento desear estar del lado de los perseguidos.

Al final del recorrido, quienes sacrificaban a sus débiles, ahora se lanzarán hacia una misión suicida para rescatar a uno de los suyos que ha sido capturado por el grotesco general Mapache. Aquí es cuando Sam Peckinpah se inscribe con una idea aterradora. Tomar una escena de masacre -con mucha sangre y alaridos de dolor- y hacerla hermosa. Rítmica y estilizada como un pieza de ballet. No, lo siento, la idea no la inventó John Woo, él sólo la volvió afeminada y Matrix la puso a trabajar de puta. Si el clímax de una película es el punto en donde todo se condensa y el mensaje del autor cobra sentido, acá es donde el director derrumba la estructura de un solo golpe. Ya no importa de dónde mierda venía toda esta historia, ni hacia donde va. Tan sólo miras boquiabierto, tenso y -como un espectador de fútbol- esperando que nuestros muchachos ganen la batalla.

Pandilla3No lo logran. Y la última marranada de Peckinpah, es mearse en su propia fábula de redención. Nos deja ver los cadáveres de los protagonistas por un buen rato, cuando ya no queda nada. Ni autorrespeto, ni heroísmo, ni coraje. Sólo carne inerte tirada en el piso. Sus sombreros lejos de sus cabezas, sus revólveres al cinto ya sin amo. Los cazarrecompensas les arrancan los dientes para quedarse con las tapaduras de oro y luego los arrojan sobre los caballos como a sacos de trigo. Sólo quedamos nosotros, los espectadores y el polvo. También queda Deke Thornton y la revolución que sigue su curso.

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