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Bascombe entre nosotros: Richard Ford en Chile

por Rodrigo Burgos
2 septiembre 2009
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“Con tantas cosas como suceden en el mundo resulta difícil juzgar qué es y qué no es esencial, y te pasas media vida dándole vueltas al lugar donde deberías vivir. Esta es otra razón por la que dejé la literatura y acepté un negocio en el seguro negocio de los deportes. Yo no tenía idea de cómo era el mundo, y no me atrevía a arriesgarme especulando. Y todavía no me atrevo. Lo único que podría decir, haciendo un sincero esfuerzo, es que todos lo contemplamos desde algún punto, de una forma práctica y esperanzada. Y para la literatura eso no basta, aunque tampoco me preocupa. Yo quiero decir sí a todo lo que pueda: sí a mi ciudad, sí mi a barrio, a mi vecino, a su coche, a su césped, y su seto, a sus desagües. Que todo salga bien. Que todos tengamos felices sueños hasta que todo se acabe”.

Richard Ford, escrutador de la inquietud urbana

Richard Ford, escrutador de la inquietud urbana

Frank Bascombe, hombre de nuestros días. Alguna vez promisorio escritor, hasta que el temor a la caída, las dudas y la falta de ideas lo sacó del equipo, periodista deportivo otro tanto, y finalmente un satisfecho corredor de propiedades. Entretanto, un hijo muerto, un divorcio, noviazgos por aquí y por allá, días buenos y otros temibles: la perspectiva de una vida.

Detrás de Bascombe, Richard Ford, muy probablemente el escritor estadounidense vivo más importante, perdone usted Philip Roth. Sin embargo, Ford las tuvo negras en sus inicios: durante los setenta publicó un par de novelas correctas, con momentos excelentes, pero deudoras en exceso de una voz que no parecía la suya; sus argumentos rondaban los bordes de la civilización, con hombres obligados a  enfrentarse a un destino macabro, resueltos a ser devastados por una dureza y tristeza de la cuales no se podía escapar. Los críticos lo pusieron dentro del incómodo sitio del realismo sucio, junto a su gran amigo Raymond Carver, entre otros. Ford diría que aquellos libros de fondo autodestructivo representaban “la expresión de la violencia como un purgatorio”. Y así fue. Pero las cosas no marchaban del todo.

Ford estuvo a punto de dejar las letras, hasta que el milagro de la inspiración, y cierta madurez emocional, lo hicieron dar el último intento. El resultado, El Periodista Deportivo, primera parte de las aventuras de un corriente hombre de clase media llamado Frank Bascombe. ¿Y qué había aquí? Un hombre en crisis, pero no violenta ni terminal, sino un tipo que diariamente enfrentaba sus inseguridades, inconsistencias –suyas y externas- intentando prever cuál es la mejor forma para vivir una existencia que, lo quieras o no, te puede sorprender de forma a veces poco amigable. El ideario de Frank es claro: olvida tu pasado, intenta anticipar tu futuro, evita las confidencias como el lugar donde todo se echa a perder, reconoce en el mundo las posibilidades de pasártelas de maravilla cueste lo que cueste. Aligera la carga. ¿Sencillo, no? Pero Ford, viejo zorro, sabe que ese relajado sobrevuelo tiene costos e indica heridas que no han sanado: Bascombe está saliendo de un divorcio, su hijo Ralph de apenas nueve años falleció por causa de un extraño síndrome; busca mantener una sana y cercana relación con sus dos hijos sobrevivientes y persigue rehacer su vida amorosa con más contratiempos que aciertos. Problemas, dificultades, remordimientos que aparecen de sopetón, desencajando al pobre Bascombe de su muy estudiado método de vida. Y mientras éste se las ingenia para darle la vuelta a cada día, Ford triunfa como un clásico.

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Literatura en lo más alto de su expresión

Hubo un cambio de paradigma, de enfoque. A Ford ya no le interesaba el mal como motor de todo, como presencia abrumadora; sí, en cambio, la anchura de la existencia. ¿Qué hacemos si en lugar de mostrar a un depresivo hombre de la mediana edad, víctima de sus errores, las malas decisiones y el azar, lo colocamos como un escéptico optimista, probando extrañas y de vez en cuando no tan exitosas estrategias para salir a flote? El resultado, tres de las novelas más grandes escritas en los últimos treinta años. Porque después de El Periodista Deportivo vino El Día de la Independencia, para cerrar la obra en la senectud de Bascombe con Acción de Gracias. Tres libros que trascurren apropiadamente en tres días llenos de augurios y planes: día de pascua, y los días de la independencia y acción de gracias norteamericanos, respectivamente. Tuvimos la oportunidad de escuchar al inventor del método, al creador de este nuevo arquetipo literario. Estuvo el pasado 27 de agosto en el Aula Magna de la Universidad Católica recordándonos que para él la literatura, la suya, se encarga de asistir a esos roces permanentes entre nosotros y el resto, entre esa compleja asimetría entre nuestros deseos y cinismos, y los planes que nos ofrece la realidad. Simple, y la vez colosal.

“Desvanecerse como un susurro en el viento significa libertad. Si somos lo bastante afortunados como para ganar tal libertad, aunque la provoquen acontecimientos negativos, deberíamos utilizarla. Es el único consuelo natural que nos es dado, único y soberano, sin el apoyo ni la tolerancia de otros, entre los cuales incluyo al propio Dios, que no nos deja permanecer invisibles mucho tiempo, ya que se reserva ese estado para sí. Dios no ayuda a los que son invisibles como él”. No se preocupen, Bascombe y Ford sí nos ayudan: son un par de queridos amigos dispuestos a acompañarnos en nuestro diario asombro, dándonos un par de consejos que tal vez puedan hacernos más grata la jornada

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