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La Nana: trapos sucios a medio sol

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22 agosto 2009
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lananaLa Nana, segunda película del director nacional Sebastián Silva, tiene un gran e inobjetable logro: expresa en sus mejores momentos pústulas sociales como muy pocas películas chilenas lo han logrado en los últimos años. Acostumbrados a los sainetes de poca monta, a la picaresca latosa, al pinganilleo insignificante, a la teleserie enmascarada, el filme de Silva se adentra en un terreno sombrío: una mujer de mediana edad atrapada en el tedio de una vida y trabajo planos, en medio de una familia de clase acomodada.

Raquel es una empleada doméstica puertas adentro de 41 años. Sin novio, sin hijos y sin nexos aparentes con el mundo fuera de las puertas de la casa donde trabaja. Desde el principio, la vemos ceñuda y amarga; su relación con la familia que la ha empleado durante veinte años es curiosa: vive con ellos, satisface sus necesidades, ha criado a los hijos de la pareja, pero su espacio dentro del seno familiar es periférico. Le celebran, por ejemplo, su cumpleaños más preocupados por terminar rápido la hora de la cena que por agasajar con algo de cariño a una mujer cada día más imbuida en una torva sensación de vacío.

Raquel apenas habla, musita palabras casi nunca cordiales y demuestra poco a poco un resentimiento que no sabemos muy bien de dónde proviene. ¿De una vida exigua en lo emocional? ¿De una rencilla pendiente con la familia para la cual trabaja? Ahí está el conflicto solapado entre Raquel y Camila, la hija mayor del matrimonio: Raquel hostiga a la muchacha con acciones burdas no obstante molestas; pasa la aspiradora frente a su dormitorio temprano por la mañana, le niega una colación a Camila y su amiga cuando éstas se marchan a la universidad. Ante esto, es interesante el papel que cumple la dueña de casa, encarnada por Claudia Celedón: una mujer para la cual los conflictos no se solucionan por medio un compromiso emocional sino a través de someros ajustes. Transita por los problemas de su hogar sin jamás hacerse parte de ellos. Aquí radica uno de los grandes logros de la película de Silva: manifiesta la incomunicación grotesca existente entre clases sociales que a pesar de servirse de distintas maneras unas a otras, no son capaces de entablar relaciones basadas en la confianza y el afecto honestos.

sebastiansilvaSin embargo, la tensión se difumina. Silva no es capaz de aprovechar como se desearía la gran actuación de Catalina Saavedra como Raquel y, en cambio, escora la película hacia una resolución torpe y poco consistente. Quedan demasiadas cosas pendientes, el porqué de esa amargura y oscuridad persistentes, esa familia en apariencia feliz pero incapaz de vincularse profundamente, Raquel y la responsabilidad de su familia en su decaimiento, los que no aparecen por ningún sitio. En cambio, Silva integra en el filme a un personaje interpretado por Mariana Loyola, una mucama que a través de su optimismo y espontaneidad saca a Raquel de su hermetismo. ¿Deberíamos entender que el patético aislamiento de la protagonista deviene única y exclusivamente de su soledad? ¿Bastaba apenas la llegada de una nueva amiga para que Raquel comprenda las oportunidades que la exuberante realidad le propone? Parece una propuesta un tanto exigua y, más aún, no acorde con la sana dureza que se exhibe en la primera mitad de la película.

Con todo, La Nana es un interesante ejercicio de prospección social a cargo de un cineasta que ha mostrado más ideas y carga emotiva que el noventa por ciento de los estrenos nacionales del año en curso. Promisorio.

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