Ruidista y camorrero: El adiós a Sky Saxon
22 julio 2009 0 comentarios
Curiosas coincidencias. El 25 de junio, última parada de Jacko, también fue el día definitivo para un músico que debió conformarse con necrológicas infinitamente más humildes y de corto respiro: Sky Saxon, líder del mito garage sesentero The Seeds. Un alborotador ilustre.
Saxon, desde luego, hacía mucho que había desarrollado la parte más trascendente de sus dotes como artista, allá por la era dorada del pop. Aquí, encabezó la revolución del ruido y el desenfado junto a otros desgreñados complotistas como 13th Floor Elevators, Blues Magoos y Count Five, entre otros.
Más o menos, la historia cuenta que Sky –nacido como Richard Marshall- se había iniciado en el negocio del entretenimiento hacia 1963. Un par de sencillos de corte pop sin trascendencia artística ni comercial lo obligaron a reenfocar sus pretensiones. El milagro: la invasión británica. Saxon fue parte de aquella disfuncional juventud que obligados a elegir entre Beatles y Stones, se inclinaron por éstos y su seductora oscuridad. Con el rythym & blues en la cabeza y un pozo de ideas destructivas para untar, Saxon se unió con Jan Savage, Daryl Hooper y Rick Andridge para formar en 1965 The Seeds. Aquí comienza la leyenda.
Llamarle garage a la música creada por The Seeds es aceptar el facilismo que otorgan los simplismos estéticos. Esto no es otra cosa que una piedra rosetta, un túnel del tiempo que conecta al pop más retorcido de los años sesenta con lo que pocos años después comenzaría a tildarse como punk, new wave, post punk y noise.
Saxon tenía los papeles claros. Primero, ya no era necesario cantar: con una pésima voz sólo se preocupaba de reforzar sus líneas con chulesca actitud, algo que tan apropiadamente aprenderían John Lydon y Mark E. Smith más o menos una década después. El resultado, magnífico. No deja de ser curioso que Smith cite tan recurrentemente a Can como su máximo referente cuando al escuchar una canción como Tripmaker de The Seeds no es lejana la consumación de lo que The Fall transformaría en trayectoria y canon.
Todo trepidaba. Base rítmica incesante y machacona, teclado torpe, limitado, pero con un sentido espacial perfecto. Guitarra pletórica de fuzz. Virulencia, peligro y desencajo, pero todo envuelto en esa naif conciencia de quien primero que todo desea jugar: genialidad casual. Dos discos que merecen estar en la discoteca de un oyente de paladar inquieto: The Seeds y A Web of Sound, ambos de 1966. Obras redondas y que además incluyeron sus más importantes asaltos a las listas de éxitos: Pushin’ too hard, Can’t seem to make you mine y Mr. Farmer se cuelan por allí. Vale la pena también recomendar Future, un álbum de 1967, en que la banda cede a la presión del verano psicodélico. El resultado no es tan estimulante como en sus primeras entregas pero sigue deparando sorpresas.
Ojo que Saxon no se limitaba a hablar de “amo mucho a mi chica y ella me ama a mí”. Él ya contaba, en Up in her room, cómo se las ingeniaba para subir a la habitación de su novia para ya saben qué, y en la siguiente -eran los sesenta muchachos- alababa a los campiranos que usaban sus tierras para plantar y cosechar marihuana. De armas tomar.
Los años posteriores a su cenit fueron, como en el caso de muchas breves lumbreras, de una sumisión en el anonimato y de desconexión con una realidad que ya no lo estimulaba como antaño. Amigo de cultos pseudo místicos, fueron tiempos sin pena ni gloria de un pionero que merece a la hora de un postrer homenaje un programa de radio, una serie de poleras, estampillas conmemorativas y varias cosas más. Intentaremos seguir viajando con nuestras mentes, querido Sky, tal como tú lo hiciste. Un abrazo y muchas gracias.












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