The deaf, dumb and blind kid sure play the mean pinball: Cuarenta años de Tommy
27 mayo 2009 1 comentario
Cuarenta años. Los años sesenta ya están a cuarenta y más años de nuestra mira. Pronto, estaremos calentando los festejos por los 50 años desde el primer sencillo de los Beatles, acuérdese de mí, editado allá por el 5 de octubre de 1962. Preocupa esa afición medio malsana por mirar hacia el pasado, por celebrar efemérides que cada vez quedan más lejos pero que de modo casi infalible evocan aventuras que tenían un toque tan encantador de quijotismo, pasión adolescente y talento en quilates.
Hoy el turno es de Tommy, el mastodonte que Pete Townshend parió un 23 de mayo de 1969 y que a muchos no se les ocurrió nada mejor que bautizar con el horroroso nombre de ópera rock. Un nombre odioso si lo hay, tomando en cuenta los bodrios que albergaría bajo sus vigas tiempo después.
Mientras avanzaba el crepúsculo de la década dorada del rock, llevándose consigo las vanas e ingenuas esperanzas de un mundo más fraterno y justo, la música pop resentía con cinismo el fin de un sueño. Los álbumes publicados durante ese 1969 tenían una especial cuota de amargura y raspaje realista. Allí estaba Ray Davies ajustando cuentas con el decadente Imperio Británico en “Arthur”, los Jefferson Airplane llamando a un último combate moral contra las fuerzas del capitalismo comelotodo en “Volunteers” los Beatles despidiéndose con brillo pero con la sonrisa torcida de un esto ya no da para más, en Abbey Road. En todos los casos, la música intensificó su rudeza y su acritud. Y si de musicalizar el fin de una era se trataba, The Who y Townshend tenían mucho que contarnos.
El narigón líder del otrora emblema mod, vivía por entonces un encuentro de grueso impacto con su lado místico. Se había topado con otro gurú presto para entregar alivio al alma atribulada de una estrella de música pop hastiada de frivolidad y vacío. Meher Baba era el hombre en cuestión y Townshend sintió que debía dejar constancia de las cuotas de iluminación recibidas. A partir de mediados de 1968, el grupo comienza a trabajar en un álbum conceptual que recogía ideas y trazos musicales que Townshend ya había sugerido en los años anteriores. Desde 1966 con A Quick One, While He’s Away Pete trabajaba en la idea de construir una arpillera que contuviese diferentes melodías y secuencias; dos años más tarde, el experimento cobraría sentido pleno.
Cuando Tommy vio la luz, la cosa estuvo bien peliaguda. Resulta que esto iba de un muchacho que tras ver cómo su padre asesina al amante de su madre, producto del shock queda inmediatamente ciego, sordo y mudo. Los padres del infortunado van de aquí para allá, visitando desde santones hasta prostitutas traficantes de alucinógenos, buscando a quien pueda curar a Tommy. Nada de nada, pero el chico repentinamente se convierte en un genio del pinball, máquina del millón o, como le llamábamos en mi barrio, flipper. Uf, bueno, el caso es que el muchacho al recuperar sus sentidos un día de muchos regresa cargado de un nuevo nivel de conciencia lo que le permite transformarse en un líder espiritual para tanta gente ansiosa de un guía. Ah, pero todo termina mal: la familia de Tommy hace mal uso de la prebendas de ser un mesías moderno y todos terminan abandonando al preclaro Tommy. Lástima, todo iba tan bien.
Tommy, cuarenta años después, representa quizá lo mejor y lo peor de la ambición pop de los años sesenta. Su argumento es por decir lo menos, tomado de los pelos; chamusquina acuariana autoindulgente, para ser precisos. Su música, en tanto, en largos pasajes muestra a una mente en estado de gracia. Townshend era por derecho propio padre del power pop, de la new wave, del punk y de varios estilos más, y en Tommy las credenciales están a disposición de quien las requiera. Aún no pierden encanto cosas como Sensation, Tommy Can You Hear Me?, I’m Free o Acid Queen.
Por cierto, todos le preguntaban a Pete qué carajo quería decirnos. Él se contentaba señalando que todo remitía a una metáfora de estados espirituales logrados a partir de las enseñanzas del gurú Baba. Cuando lo pillaban sobrio atinaba a decir, en cambio, que Tommy representaba a ese joven insensibilizado por la sociedad moderna, consumista y desorientado, esperando ilusamente la llegada de un Salvador. Que el público decida.
En fin, Tommy no es ni con mucho el mejor álbum de The Who. Por algunas cabezas lo superan Sell Out (1967) o Sings My Generation (1965), obras señeras y sin fisuras. Pero Tommy es Tommy: su hijo más patoso, disfuncional y vestido con mal gusto a veces, pero siempre querible porque dentro de sí seguía escondiendo esa secreta luz áurea que hizo de aquellos años una permanente odisea que aún da gusto recordar.















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Tommy es Tommy; eso lo resume todo…