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Un mar en llamas: Echo & The Bunnymen y los 25 años de Ocean Rain

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11 mayo 2009
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oceanrainHay un síndrome que podríamos llamar el cuadro Pet Sounds. No, pensándolo bien, mejor llamarlo el fenómeno Forever Changes. Expliquémonos. Sucede que hay bandas que con un inicio rudo y oscuro progresivamente van escorando sus visiones hacia un lado más multicolor y complejo lo que comienza a repercutir en su obra. Ya saben: ambiciones que necesitan ser saciadas y satisfacciones estéticas que deben ser alcanzadas. Le pasó a Love antes que a nadie; concibieron un disco que podría verse como un cenit de incomodidad y angustia hippie, de existencialismo acuariano, flotando en medio de una música ingrávida que ya poseía todas la cualidades: elegancia, sofisticación, épica, introversión, plegarias, quebrantos. Un álbum que acababa de dar la vuelta completa al universo vital: agridulce en el corazón, majestuoso en el envoltorio.

Eso fue más o menos lo que pasó con Forever Changes, por allá en 1967. Pasaron 17 años para que un grupete de pretenciosos ingleses intentasen tomar ese mismo molde arcano para dar cuenta de una palestra de ideas que no podían ser escupidas con un par de guitarrazos. Hace un par de días, exactamente el ocho de mayo, se cumplieron 25 años del momento en que Echo & The Bunnymen publicaron Ocean Rain, su gran baza y uno de los momentos más elevados del rock de los años ochenta.

Ojo, hacia 1984 los Echo & the Bunnymen tenían ya varias batallas en el cuerpo. Desde 1978 aparecieron en ese tumultuoso universo del post-punk, desatando tormentas emocionales y recuperando el legado más agrio del garage sesentero. Sí, curioso, eran de Liverpool pero sus guías estaban en la California del hippismo menos ortodoxo y más encolerizado; esa de 13th Floor Elevators, Count Five y, si nos ponemos más líricos, The Doors y Love. Así lo muestra el estimulante Crocodiles, su debut publicado en 1980. Después vendría el pozo, la piedra de tope, la temporada por el infierno: Heaven up Here del año siguiente. Un álbum que sólo escuchan los fanáticos de la banda, Ian McCulloch, vocalista y líder, quizá ni recuerda las letras. En medio de la autoindulgencia dark, Echo & The Bunnymen publicaba una obra escarpada y hermética, cual vomito lenitivo. Un testimonio de la desazón, al fin y al cabo.

17965_2_15_2009_4_07_10_pm_-_echo-and-the-bunnymenLas cosas inician el camino de retorno con Porcupine. La clave: The Cutter, su primer sencillo, psicodelia a todo trapo dentro de una espiral de intensidad creciente. Hasta aquí todos contentos, pero a McCullogh se le ocurrió dar rienda suelta a su megalomanía y comenzar a grabar, en sus propias palabras, el más grande álbum de la historia. Descartando la broma y su descaro, Ocean Rain no anduvo muy desencaminado: es en esencia, más o menos, como un extenso pedazo de mar surcado por la redención y la exaltación de las nobles pasiones del hombre. Un romántico lienzo que, en forma y fondo, expresa un mundo de gozo palaciego, feroz dentro de sus delicadas maneras.

Qué mejor forma de hallar esa inspiración lujosa que viajar a París a grabar el disco. Allí, el cuarteto que completaban Will Sergeant, el más tarde fallecido Pete de Freitas y Les Pattison, iniciaron su danza versallesca. Todas las canciones del disco reposaban en una doble capa: primero, el folk rock airado con puntuales delirios de distorsión, para después añadir la caballería de arreglos de cuerda que suministraban ese aire crepuscular y profundamente europeo que impregnó el disco. Así se llevaron por delante la mediocridad y simplonería de una época en la que ellos fueron unos extraños paseantes. McCullogh se convirtió en un crooner sentado en popa. Navegando por las aguas de tempestuosas corazonadas de Jacquel Brel y Scott Walker, atizando el fuego helado a medida que las velas no respondían. La portada del disco los muestra varados en una barcaza en medio de un mar y cielo indivisibles, teñidos de un violeta airado; una excursión por aguas de sabiduría y luz.

“El cielo es azul, mis manos no están atadas. Un mundo que es real a través de nuestros claros ojos, sólo mírate con tus labios en llamas. Eres una prueba viviente entre los dedos de mis manos”. Así reza el estribillo de Silver, la canción que levanta el telón a esta refinada representación moderna del triunfo de la euforia existencial. Ahí está también una de las joyas de la corona, la casi vampiresca Noctural Me: “Hazlo o muere, lo hecho, hecho está. La verdadera belleza descansa en un triste horizonte. ¿Qué o quién? Lo ganado es único, disfrazado de vulgares soles”. El recuerdo, sin embargo, siempre reposará en el torrente idílico de The Killing Moon: “Te vi bajo la luna azul, prontamente me tomarás en tus brazos, demasiado tarde para rogarte o desistir, a pesar de ser la hora definitiva, involuntariamente mía”. Uno de los momentos en que el arte genuino rescata del tópico y la vulgaridad habituales a, bueno, esa extraña infatuación del enamoramiento.

Cierra la travesía la arrebatadora Ocean Rain. “En el mar nuevamente, tus huracanes me han traído esta lluvia océanica para lavarme. Mi nave va, puedes escuchar su frágil armado, gritando desde las profundidades”. He preparado mis viandas y mi embarcación ya está lista, ¿se anotan ustedes?

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