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Con sangre entra

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30 abril 2009
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Ser hombre y hacerse viejo. Mantener una vida en pie, hasta la más simple de todas, es un trabajo arduo y la posibilidad de fallar en grande y de hacerle daño a un puñado de gente cercana está siempre al doblar la esquina. Esto se hace aún más evidente cuando ya la pérdida del pelo es avanzada, así como la proliferación de canas y la caída de la cara por el peso de las arrugas. Dos largometrajes del 2008 que han explorado en esos recovecos han arribado a nuestras salas durante este extendido verano 2009.

El Luchador (The Wrestler)

foto11En la ya conocida búsqueda de ese look documental, crudo y realista, Darren Aronofsky privilegia la cámara en mano (sin steadycam) que en parte importante de la película se sitúa justo tras la nuca del protagonista, lo que al tiempo de lograr su objetivo estético la dota de una vibración bastante difícil de sobrellevar para algunos espectadores, sobre todo si han bebido en exceso la noche anterior.

Pero la técnica es consecuente con el guión. Porque la historia de Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke) recoge la mitología del gladiador con el alma herida. La misma de “Réquiem por un Luchador” (Anthony Quinn), “El Campeón” (Wallace Beery en 1931 y Jon Voight en 1979), “The Set Up” (Robert Ryan) y “Rocky” (Silvester Stallone).

Randy ya está entrado en años, y tiene en su pecho la marca de una cirugía de bypass (¿Hay alguna imagen más elocuente para retratar un corazón partío?) y ahora que el médico le ha prohibido subirse al cuadrilátero, despierta a una vida a la que nunca le prestó demasiada atención. Un universo en el que la plata escasea, el interés romántico es una bella striper (Marissa Tommei, como el carménere) que no deja de referirse a él como “cliente”, y en donde resulta que existe una hija, que no quiere saber de su existencia. En resumen, está solo y necesitado de todo, como un perro vago.

Es en este ámbito donde Randy se descubre torpe, trabajando tras el mostrador de una fiambrería, ya aunque en un principio parece que va a lograr hacer encajar todo, el castillo de naipes al final cae de manera estrepitosa. La vida es demasiado inabarcable como para poder abrazarla entera sin cagarla. Para Randy, la lucha es un universo más concentrado y controlable. Tal vez un momento que le sobra sea el sentido discurso que da Randy a Pam (Tomei) justificando la esencia de su ser y de las decisiones que tomó, el asunto ya quedaba claro, pues la película estuvo muy bien construída en ese sentido, y se transforma en un momento más rosa que emotivo. Luego, cruzando la cortina a sus espaldas viene lo bueno. Concordando con algunas opiniones leídas en un sitio amigo (www.cinematografia.cl), aunque me parece una canción horrible, debo decir que “Sweet Child O’Mine” nació para formar parte de esta película y su aparición es uno de los momentos cinematográficos más exultantes 2008.

Los golpes, las caídas, las heridas abiertas, el dolor y la humillación de la derrota en público son poderosas tanto por la carga metafórica respecto de la brutalidad cotidiana como por la simple crudeza de una vida en que la violencia física es pan de cada día. La multitud ruge mientras los embates llegan directo al cráneo y la sangre fluye a borbotones. Esa es la única forma de llegar a la cima.

Gran Torino

foto21Tal vez no haya rock, pelo largo o strippers como un manjar, pero tratándose de envejecer con onda, acá las clases las da el Johnny Cash del cine, Clint Eastwood. Así es, con hablar rasposo, dificultades para sentarse, ponerse de pie, con el cinturón más arriba del ombligo, con corte de pelo de barbería, y con el auto en cuestión que casi no sale del garage, Eastwood hecha mano de su propia mitología y trae de vuelta a Harry Callahan, al hombre sin nombre, al jinete pálido y toda la caballería. Por Dios qué frases tan inspiradas para echar la foca a rapazuelos altaneros, incluído un cura. Ahí quedaste Tarantino con tu alambicado “Are you gonna bark all day, little doggy bla bla bla bla bla”.

Walt Kowalski (apellido de machos, en las artes escénicas gringas) es la demostración que algunas cosas cuesta aprenderlas toda una vida. Veterano de la guerra de Corea, no es necesario decir que los ojos rasgados le producen enorme malestar, lo que se hace aún peor ahora que inmigrantes orientales repletan su barrio. Es producto de una cultura que enseña a desconfiar, temer y a veces odiar al extranjero.

La experiencia directa y su propia inteligencia le darán a Walter un nuevo concepto de lo que lo rodea. Hay lecciones que toma toda una vida aprender y pronto descubre que tiene más en común con estas personas que con sus propios hijos. El valor de la caballerosidad, lo sagrado del trabajo, de la comida casera, de la unión familiar y del sacrificio.

Importantísimo para los chilenos, que se volcaron con goce resentido a decir que esta película, (o Bowling for Columbine, por ejemplo) era una ácida crítica al imperialismo estadounidense y la cacha de la espá, saber reconocerse a sí mismo en los retratos que se hacen de la xenofobia, del temor a lo distinto. Ese mismo pequeño nazistoide que le huye a los peruanos como si fuesen caníbales, y que ahora de seguro arrisca la nariz ante la presencia de un prójimo con acento mexicano, como si se estuviese frente a una rata bubónica, y que se apresta a fumigar el camarín de las Chivas de Guadalajara en cuanto terminen de ducharse.

¡Ah! Otra cosa. Vaya a ver Gran Torino sin acompañante. Para evitar esa odiosa conversación obligatoria, que incluye la necesidad de decir con presteza algo inteligente al cierre. Simplemente quedarse ahí, en trance, mientras los créditos se despliegan y Clint Eastwood canta algo así como una cancioncita de cuna. Hasta que el empleado le toque el hombro y le diga que es hora de barrer las cabritas del suelo.

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