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Razones para vivir

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22 abril 2009
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manhattan1Esta semana, mientras llegan auspiciosas noticias de la película Whatever Works (protagonizada por Larry David), se cumplen treinta años del estreno de un largometraje que hizo historia. En cualquier contexto, la sola mención de la palabra “Manhattan” evoca un afiche, una banda sonora, varias líneas de diálogo y, por supuesto, a Woody Allen. Vaya un saludo de cumpleaños desde el sur, y un momento para recordarla y hablar de ella, por el puro gusto de hacerlo.

La película comienza con los bosquejos de una novela. Un relato de Isaac Davis sobre si mismo y Nueva York. Cada línea que traza el escritor en su mente se hace realidad de inmediato en la pantalla, sabemos desde ese momento que toda la película estará filmada desde los ojos de su protagonista, y Isaac está enamorado hasta las patas de su ciudad. Entonces la urbe adquiere, en el blanco y negro, un carácter casi onírico. En donde todas las luces del semáforo son blancas, se dibujan siluetas que emulan sombras chinas y hasta una pila de bolsas de basura posee cierta elegancia. Voluptuosidad propiciada por las grandiosas composiciones de George Gershwin, y por el delicado manejo del maestro Gordon Willis, primero en la trinidad de grandes directores de fotografía que trabajaría con Allen (Seguido por Sven Nykvist y Carlo di Palma) y uno de los grandes responsables de su evolución desde exitoso comediante a ícono de la cultura cinematográfica norteamericana. Aunque la colaboración había comenzado ya en Annie Hall (1977), es recién ahora que abrazan el proyecto estéticamente más ambicioso, y el resultado del trabajo es que simplemente cada fotograma de la película podría transformarse en un poster de lujo, como para hacerlo gigantografía, y ponerlo en la pieza de pared a pared.

John Lennon dijo una vez que los Estados Unidos son el equivalente al Imperio Romano, y que Nueva York sería la mismísima Roma. La dupla de guionistas Woody Allen-Marshall Brickman (Annie Hall; Manhattan Murder Mistery) pone en medio de esta joya de la civilización contemporánea a Isaac y sus amigos, un puñado de privilegiados miembros de la elite social e intelectual que simplemente tratan de encontrar la felicidad, pero les resulta tan difícil como al resto de nosotros. (Si Nueva York es Roma, Santiago es ………. ¡Qué horror!

manhattan1¿Por qué un cineasta abiertamente neoyorkino logra también iluminar ciudades le so tan ajenas como la nuestra? Porque las interrogantes que aborda son comunes a todas las selvas de cemento por igual, independiente de lo rascas o glamorosas que estas sean. Las fórmulas de la felicidad que más proliferan en nuestras calles no salen muy bien paradas bajo la cámara de Woody Allen. El ciego esfuerzo de Mia Farrow por forjar y solidificar una familia casi provoca que todo se vaya al caño en “Hannah & her Sisters” (1986). En “Interiors” (1978) la consolidación artística no salvará a la protagonista de la muerte y el posterior olvido. Ni la religión, ni la ética o la moral evitan que, en “Crimes & Misdemeanors” (1989), un hijo de puta de salga con la suya. Los personajes de Manhattan son cultos, brillantes conversadores, tienen una respuesta lúcida para todo y una opinión no muy buena respecto de la vida de sus pares. Pero la inteligencia y los logros profesionales no ayudan en nada cuando la inseguridad, la inmadurez emocional o la neurosis comienzan a boicotear la vida cotidiana. Mary, la que flirtea en Bloomingdale’s mientras firma un cheque jugoso, es la más erudita de todas, quien más rápidamente echa en cara su conocimiento, su éxito sexual y sus pergaminos laborales. Pero es a la vez quien más fácilmente naufraga en sus propias tormentas emocionales.

manhattan3A no confundirse eso sí. No hay nada de guerrero de clases en Allen. Tal vez sea el cineasta que con menos culpa ha abordado el tema del dinero. En su universo cinematográfico la plata es rica y mucho. Elegantes restaurants y tiendas con anaqueles repletos de libros. Cómo no anhelar ese departamento enorme, tan sólo un par de lamparitas tenues encendidas y mientras un cello exquisito entona “Love is Here to Stay”, estar tendido en un sofá mullido acariciándole las piernas a Mariel Hemingway, tan sólo con la punta de los dedos. Y así como hay caminos pedregosos, en todas las películas de Allen hay, a fin de cuentas, un ánimo de esperanza. La valoración de los aspectos esenciales que parecen haberse escondido hace tiempo para todos los más viejos, y que sólo la joven Tracy aprecia con mayor claridad.

Tracy, la única que no se deja afectar por el agua café que sale de la llave, o por los ruidos extraños que hacen los vecinos de Isaac. Tracy, quien deja el legado emocional que da sentido a la película: La lista de las cosas simples que dan valor a la vida, y que termina con su nombre.

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