¿Es el cuerpo el que rige a la mente o es ésta la que rige al cuerpo? No lo sé: 25 años del debut de The Smiths.
15 abril 2009 1 comentario
¿Estará en retirada la modita aquella de reavivar el fuego de una década que dejó a favor mucho menos de lo que sus supervivientes insisten en disfrutar? Los ochenta, lo siento amantes de las zapatillas North Star, fueron un reino del mal gusto, de la impiedad de un sistema socioeconómico que comenzó a devorárselo todo. En la cultura popular, vamos, la cosa no anduvo mejor: la excelencia definitivamente disminuyó y en el pop, hubo aberraciones que esperamos jamás salgan de la pista central de la discoteque Blondie. ¿Alguien de verdad desea volver a escuchar a Ultravox u OMD? ¿Es necesario que le demos vida a un grupo que tan felizmente descansa en paz como Simple Minds? En fin, tampoco se nos debe pasar la mano. Fueron también los ochenta una década de bastiones y de excepciones heroicas; resultó imperioso bautizar una extraña criatura llamada rock independiente para que bajo sus frágiles columnas albergara a aquellos músicos que arriscaban la nariz frente a la supuesta belleza e ingenio contenidos en el synth-pop ramploncito, en las bases programadas a pito de escopeta como el santo y seña del día. Y tuvimos suerte: estuvieron Echo & the Bunnymen, Prefab Sprout, XTC, Crowded House, REM, Dream Syndicate, Lloyd Cole & The Commotios, entre otros, pero por sobre todo estuvieron The Smiths.

Sí, aunque no lo crea: Morrissey, orondo, sonriéndole a la cámara que inmortaliza su gloria y la de sus famosos compinches de Manchester.
“Ya es tiempo que se narre la historia acerca de cómo tomaste un niño y lo convertiste en hombre”, es la primera oración que pone en guardia. Justo después de los primeros golpes de la batería aparece la voz de un crooner de particular desgana que canta desde un dormitorio en claroscuros; sabemos que el tipo se llama Steven Patrick Morrissey, quizá un joven que se tomó demasiado a pecho el cine social inglés de los sesenta y el romanticismo cínico de Oscar Wilde; un corazón proletario abatido por la melancolía y la soledad adolescentes. Todo parte en Real around the fountain; una canción incómoda para un grupo que hará de la impudicia emocional un campo de prácticas. “Quince minutos contigo, oh, cómo podría decir que no. La gente no ve valor alguno en ti pero ellos están tan equivocados”, prosigue Morrissey contando una historia en que muchos han visto una no tan solapada confesión de pedofilia, mientras otros nada más que una de las primeras viñetas de tristeza y desamparo urbanos que nos depararía el bardo de Manchester. ¿Y la música? Perfecta, porque el amigo del tipo disfuncional era dinamita: sus inimitables arpegios un día estaban en el rockabilly, al siguiente en el country y terminaba la jornada enalteciendo el folk-rock y el glam. Johnny Marr no agotaba jamás sus ideas para levantar canciones de pop perfectas. Y entre ambos, el músico despabilado y el nerd de las gafas, construían una rara y casi contradictoria mezcolanza: melodías intrépidas y de alto lirismo eran cubiertas por el apagado apasionamiento de un hombre al que “el amor, la ley y la pobreza” lo dejaban hecho un trapo.

Joe Dallesandro, Andy Warhol y Flesh. Parte de la imaginería de un universo de delicadezas y mala lengua.
Hace algunas semanas se cumplieron 25 años del lanzamiento del primer álbum de The Smiths. Un grupo del que queda muy poco por hablar, ya que cumplió con todos los méritos para ser leyenda: carrera corta –no duraron siquiera cinco años-, exhibicionismo, varias obras maestras, canciones enormes como para tirar a la rifa y mucho, pero es que mucho, ají en el trasero. “Todos los hombres tienen un secreto, así que aquí está el mío y deja que lo conozcan”, abre What difference does it make? Un riff perfecto para otra alarmante referencia al homosexualismo que producía escozor en la gris Inglaterra de Margaret Thatcher, el Reino Unido de las altas tasas de cesantía, del cierre de las minas de carbón y del fascismo estructural.
“Decreto que hoy la vida es simplemente recibir en lugar de dar, Inglaterra es mía y me debe una vida; pregúntame por qué y te escupiré en el ojo”. Still ill parte también con sentencias de pocos amigos y mostrando que el firmante andaba con un humor de perros. Aquí yace la diferencia con el ya conocido angst británico del post punk, ese que partía en Joy Division, cruzaba The Cure y descansaba en Echo & The Bunnymen; en las letras de Morrissey no se percibía una alienación definitiva, esa mirada de la vida de quien está más cerca de tirarse por la ventana que de poner el siguiente disco en la tornamesa. En The Smiths, en cambio, primaba la confusión, una triste euforia de vivir la existencia entre frustraciones y de no recibir lo que el espíritu merece, pero demasiado involucrado en fustigar lo cotidiano como para mirar hacia el vacío. “Qué terrible desastre he hecho de mi vida, no he tenido un trabajo porque nunca he deseado alguno. Te he visto sonreír pero jamás te escuchado reír”, reza You’ve Got Everything Now, mientras la Rickembacker de Johnny dota de convicción plena a tanta perorata malherida.
La historia haría que Marr, Morrissey, más Mike Joyce y Andy Rourke, firmaran discos aún más completos que su debut del ’84, mas éste fue el primer ladrillo de un muro de sensibilidades secretas al que acudimos quizá demasiado a menudo a buscar cobijo. Pregúntenle a Morrissey del porqué de tan descarnado intercambio, aunque ciertamente él ya dio respuesta. “Envíame tu almohada para conocer lo que duermes y te enviaré la mía”. ¿Quién será el primero en comprar el pastel para su cumpleaños número cincuenta?













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Grande The Smiths. Definitivamente una de mis bandas favoritas.
Muy bueno el artículo Rodrigo, me gustó mucho.
Saludos desde Musicosis.