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Especial Diez años sin Kubrick. Lolita: Makin’ whoopee!

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26 marzo 2009
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Dolores Haze: La frutita prohibida.

Dolores Haze: La frutita prohibida.

El profesor Humbert Humbert espera realizar su venganza. Lo tiene todo planeado: Claire Quilty ha de mirarlo a los ojos, habrá un discurso clamando por justicia, tendrá entonces el culpable tiempo de entender, arrepentirse y finalmente morir baleado. Pero la escena literatosa con la que Humbert ha fantaseado resulta en un patético asesinato a tropezones, digno de una comedia de tortazos. Este es tan sólo uno de los fracasos en los que caen los personajes de “Lolita” (1962), pues Stanley Kubrick recurrió a la novela de Vladimir Nabokov que bucea en uno de los impulsos humanos que más nos hace comer la mierda de la derrota: los apetitos sexuales.

Como especie, nos aferramos al romance para enaltecernos, demostrar nuestra capacidad de espiritualidad, de sacrificio. Pero lo cierto es que el terreno amoroso es también una instancia de brutal pragmatismo, egoísmo y crueldad. Humbert (James Mason) llega hasta la casa de Charlotte (Shelley Winters) en busca de una habitación, y aunque es claro para todos que la doña desea meterse bajo sus sábanas, en la mente del profesor sólo está Lolita (Sue Lyon), la dulce preadolescente hija de la dueña de casa. Sólo para estar cerca de su ninfa adorada, es que Humbert comete la farsa de formar una familia con Charlotte, y tomar a Lolita como hijastra.

Humbert y Charlotte, con planes bastante distintos para el futuro.

Humbert y Charlotte, con planes bastante distintos para el futuro.

“Lolita” probablemente sea -junto a “Dr. Strangelove”- el más actoral de sus largometrajes. (Actoral en el sentido clásico, con intensos viajes emocionales y enjundiosas inflexiones y matices al entregar los diálogos, porque las monocordes interpretaciones de HAL o Barry Lyndon son altamente efectivas en el lenguaje kubrickiano). No es de extrañar entonces que haya reclutado a un power trio que sencillamente hecha el estadio abajo cuando se trata de comedia negra.

La historia del derrumbe moral y emocional del protagonista es magnífica en manos de James Mason, quien ya había demostrado exquisita elegancia en la materia al interpretar a Norman Maine, el manager de Judy Garland en A Star is Born (1954). Acá personifica al impasible gentleman y filólogo inglés que se ruboriza cuando se le sugiere participar de un grupo de swingers, pero que esconde bajo la piel a un adorador de pequeñuelas precoces y, gradualmente, a un desesperado y violento celópata. De todos los personajes, Humbert es quien más lejos llega con tal de satisfacer sus ansias. Quien más arriesga, quien juega más sucio y termina pagando más caro. Sus años junto a Lolita lo llevan desde la cima del inapelable poder de un tirano, al controlar cada minuto en la vida de su “hija” hasta el fondo del miedo y la inseguridad cuando, sudoroso y pusilánime, debe defenderse del mundo adulto que comienza a sospechar de su relación con la muchacha.

La Bella y la Bestia. Actuar para Stanley Kubrick nunca fue un paseo por el campo.

La Bella y la Bestia. Actuar para Stanley Kubrick nunca fue un paseo por el campo.

Su esposa, la legendaria Shelley Winters, es la vieja de pasado brevemente glorioso (la Winters efectivamente fue rica, si no me cree, remítase a The Night of the Hunter, de 1955) pero que ahora es tan sólo un pegajoso amasijo de recuerdos, abandono y necesidad de afecto. Manipulada y manipuladora a la vez, parece siempre estar al tanto que su blanquecina y turgente hijita es la que mantiene a Humbert en la casa. Charlotte Hazel es la demostración de que no son sólo los hombres quienes ven disminuido su intelecto cuando sienten el calorcito aquel bajo la ropa interior y Shelley Winters es la demostración de que la actuación se trata básicamente de valentía. El fuego en el alma que la animó alguna vez a permanecer varios segundos inmóvil bajo el agua, es el que la empuja ahora a ser una viuda indeseable “la foca torpe” “la vaca”. ¿Qué clase de golpe será ese para el amor propio femenino, me pregunto con terror? Sin maquillajes ni faramallas de por medio. Porque qué gracia tiene una máscara de mujer horrenda que esconde el rostro de Charlize Theron. Cuenta la historia que a Barbra Stanwick le aterraba interpretar el papel de rucia barata y trepadora en Double Indemnity, hasta que Billy Wilder la puso contra la espada y la pared: “Escúchame, ¿Eres una actriz, o un ratón?”. El contrato fue firmado.

Finalmente tenemos a un Peter Sellers que pone en pantalla gran parte de sí mismo, pues cuando las cámaras no estaban rodando era tan escurridizo e intratable como su Claire Quilty, el afamado y deseado hipster que escribe guiones para televisión. Una vida personal fracturada hasta la médula, y una carrera de altos y bajos, de películas estupendas y bodrios innombrables hacen imposible pensar en otro actor para el papel (¡Chuchas!, me acordé de Frank Langella corriendo a poto pelado, pero de esa hueá mejor ni hablo). Escoltado permanentemente por una morticia que no habla una sola letra, es un enigma dentro de un misterio, como diría alguien por ahí. Sólo hay una cosa cierta respecto de Quilty: Nunca, pero es que nunca está siendo sincero.

Comedia física que anuncia la explosión slaptick de “Dr Strangelove: or how I learned…” y todo ese chorizo.

Comedia física que anuncia la explosión slaptick de “Dr Strangelove: or how I learned…” y todo ese chorizo.

Pero a fin de cuentas, esta es una historia donde todos se mienten entre ellos, y a veces la misma película nos mete el dedo en la boca, y recurre a los clichés del cine rosa sólo para falsificar alguna emoción en una escena de supuesto ensueño. Vea cómo se nos derrite Humbert, cuando la cínica Lolita sube la escalera para despedirse de él. La muchacha se ve vaporosa y radiante, los violines cantan su tonada sensiblera y el protagonista lanza gloriosas frases de adiós dignas de Humphrey Bogart. “I shall move on”, o algo así. Pero el espectador avieso sabe que no puede confiarse de las apariencias o los sentimientos nobles cuando se está ante el cerebro tras La Naranja Mecánica, Nacido para Matar y, según cuenta la leyenda, el fraude del hombre en la luna.

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