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Especial Diez años sin Kubrick: Apuntes sobre una mierda con talento.

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26 marzo 2009
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Una mirada de devastadora lucidez.

Una mirada de devastadora lucidez.

Jack, ya en manos de una incipiente enajenación, mira la maqueta de un laberinto con ojos de una deidad loca que observa lo creado como una abyecta alucinación. Esta escena, atrapada en medio de The Shining, es una premisa que recorre persistentemente la obra de Stanley Kubrick que nos abruma: hay un error original, una falla sistémica completa que rodea a esto llamado universo y somos nosotros, tristes criaturas, quienes repetimos una y otra vez este estropicio colosal, fruto de un dios chapucero u orate, o simplemente indiferente.

Siempre se vuelve a Kubrick. A sus superlativos logros técnicos; a su puesta en escena, a su dirección de fotografía impecable, a sus formas narrativas, a los encuadres que quitan aliento. En fin, pero quizá la cualidad de autor del geniecillo neoyorquino lo que más cautiva; sus visiones suelen ser incontestables. Las películas que dirigió estaban construidas de tal manera que poco a poco iban disparándonos ideas que solo días, semanas y, la verdad, años después terminaban de cuajar como un mazazo.

Planeando el atraco perfecto que nunca será tal.

Planeando el atraco perfecto que nunca será tal.

Siempre le inquietó esa disfunción absoluta. La vio en todas partes: en el azar, en las instituciones bélicas, religiosas y gubernamentales, en las relaciones maritales, en los deseos lascivos, en el progreso tecnológico. En todo lo que tocase los confines del mundo, Kubrick entrevió una malformación sobre la que sólo había que esperar sus reverberaciones infinitas. Otra escena palmaria: aquel astronauta que pierde contacto físico definitivo con su módulo espacial y queda a la deriva eterna en un cosmos hostil y frío. Así vio Kubrick al hombre, como un ser empequeñecido por su precaria factura, condenado al vagabundeo y la derrota. A esto ya no podría llamársele nihilismo, un adjetivo a todas luces perezoso en este caso, sino que deberíamos hallar una palabra que con mayor justeza se aplicase al input erróneo del que somos efecto.

Hall 9000 falla y debe ser desconectada, así como la orden de regreso de la base militar que no llega al avión de guerra pilotado por el cowboy mata rusos, desatando el holocausto nuclear; el perro que, en The Killing, se cruza frente al vehículo portaequipaje haciendo caer un par de maletas, entre éstas una con el botín del robo que ya no será perfecto y que es apenas el último mal chiste de una vida de fracasos.

Ah, nuestro buen Alex. Un apasionado de la música y de Ludwig, pero con algunas malas costumbras. Un muchacho de nuestro tiempo.

Ah, nuestro buen Alex. Un apasionado de la música y de Ludwig, pero con algunas malas costumbras. Un muchacho de nuestro tiempo.

Ah, sí, bueno, A Clockwork Orange. Alex, el salvaje delincuente juvenil que no responde a los códigos del marginal social, sino al peligroso producto de la alta cultura mezclada con perversidad racional ciento por ciento. Después de tires y aflojes, de escandalosos métodos de represión, el Estado se percata que ya no puede exterminarlo ni aplacar su mala leche sino que debe pactar con él un orden de no agresión y de colaboración permanente. ¿Les suena conocido? Una supuesta distopía que no es más que la interpretación acabada de la contemporaneidad enferma.

Los soldados de un destacamento cualquiera, carne de desquite, que serán fusilados por el voluntarioso sentir de un general francés patético y desleal, en Paths of Glory. Mientras caminan hacia su encuentro con el pelotón de fusilamiento, los condenados reciben de un sacerdote el supuesto último alivio que entrega el probable encuentro con el Redentor; nada más lejos, no hay un ápice de fe que pueda aminorar la desdicha de ser objeto de una jugarreta macabra.

Mr. President, I have a plan....

Mr. President, I have a plan....

¿Cuántas veces hemos visto Dr. Strangelove? ¿Seis o siete veces? Y siempre nos sigue sorprendiendo su filosa ironía, esa que está mucho más cerca de la esencia de la Guerra Fría que cualquier otra pesada cinta acerca del terror atómico y la rivalidad entre las superpotencias. Lo que teníamos en frente, y en eso estamos igual por estos días, era una tropilla de insensatos, fascistas y lastimosos generales y mandamases, viviendo puertas adentro un horror que le costaría la vida a esos pobre diablos que viven fuera del Salón de Guerra. Recuerden la frase: “General Turgidson está prohibido pelear en el Salón de Guerra”.

Sigue siendo sumamente desagradable que ya no podamos elucubrar acerca de cuál es el próximo proyecto en que está involucrado Stanley Kubrick. Leer revistas y periódicos donde se citen anécdotas del rodaje, siempre de larguísimo aliento, con el director de 2001 como el ermitaño cruel que termina deschavetando a medio mundo. No habrá una próxima película de Kubrick, pero su patrimonio cinematográfico sigue alimentando las peligrosas fantasías de un orden cósmico puesto de cabeza.

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