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Síndrome de Estocolmo: Interacción y propuesta

por César Garcés
16 Marzo 2009
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Miranda Grey, el mejor espécimen de la colección.

Miranda Grey, el mejor espécimen de la colección.

William Wyler está inscrito en la historia del cine como el hombre en la silla plegable tras Ben-Hur. Voraz devoradora de premios óscar (junto con Titanic) asocia el nombre de su director con carrozas relucientes, accidentes casi mortales que aprovecharon de poner en la película, maltrato animal en beneficio del celuloide y, obviamente, el timonel de la Asociación Nacional del Rifle, Charlton Heston. Pero 1965 guarda una deliciosa sorpresa, y una estrellita brillosa en el currículum de Wyler.

“The Collector” está ambientada en algún lugar de la campiña inglesa, en donde Freddie Clegg (Terence Stamp) -coleccionista de mariposas- tiene su lujosa casona, hasta cuyo sótano trae amordazada a Miranda Grey (Samatha Eggar), pecosita y palomácea obsesión de infancia. Encerrando, mimando, vigilando y violentándola a la vez, Freddie espera lograr que con el tiempo se enamore de él. La misma premisa que Almodóvar utilizó para su Átame (1990), adobándola con su gusto por lo rasca, película que está a disposición de quien se interese en ese tipo de cosas.

La pasiva contemplación de la belleza pura.

La pasiva contemplación de la belleza pura.

Y la verdad es que al poco comenzar, la película de Wyler amenaza con ser una pieza errática. En las primeras escenas, Maurice Jarre subraya con música cada mirada intensa, cada paso receloso, encendido de luces y apertura de puertas o cajones como si fuese un segmento de “Fantasia” (ese de los centauros). Hay además una sobredosis de technicolor si se considera que estamos ante un psicópata y su víctima encerrados en un sótano herrumbroso.

La mayoría de las críticas que recibe denuncian también la incapacidad de transportar al público hacia la enferma fijación de Freddie con la belleza. Pero esa es, a mi parecer, precisamente la gran fortaleza del largometraje. Porque pudiendo explotar la fascinación que Alfred Hitchcock y Anthony Perkins encendieron en el público por las cavernas mentales de un obseso peligroso, la película toma la cínica decisión de dar unos tres o cuatro pasos hacia atrás para evitar tomar la perspectiva de secuestrador o secuestrado y simplemente observarlos desde una distancia prudente, a la espera de saber cuál de los dos destruirá al otro. Porque eso ocurrirá sí o sí. Está claro desde un principio. Freddie está enamorado de Miranda, y esto lo hace tan frágil ante ella como lo está la muchacha ante los grilletes y candados. En ese sentido, The Collector está en un punto intermedio entre “Psycho” (1960) y “Who’s Afraid of Virginia Woolf?” (1966).

Todo buen secuestro tiene su dosis de sadismo.

Todo buen secuestro tiene su dosis de sadismo.

Hay harto de relaciones románticas convencionales en este dueto. Se vienen a la mente un millar de peleas de pareja -vividas y oídas tras la pared- que han pasado por nuestras vidas. “¡¡Me consideras imbécil, porque no entiendo este cuadro de Picasso!! ¿¿Es eso?? ¡¡Pues te aseguro que tú ni ninguno de tus amigos pedantes lo entiende tampoco!!” Como un esquiador haciendo slalom, Terence Stamp se mueve veloz y fluidamente entre la agresividad, la ternura, los celos, la paternidad y la paranoia. Mientras que Samantha Eggar entrega también la interpretación sólida de una Miranda demasiado transparente para engañar por mucho tiempo a su sagaz captor.

Elegante manejo de Wyler de los espacios pequeños, con perspectivas más intrincadas y engañosas que una galera o un coliseo romano (perdón por la saña). La escalera, el piso del baño, los candados en las ventanas, el jardincito entre el sótano y la casa principal. Atención a la llegada del vecino que viene a dar la bienvenida a Freddie, porque se despliega un gran momento del cine americano, que aún no veo en ninguno de los documentales dedicados al tema (ni siquiera el tuyo, Martin, lo siento) y que debería estar en todos, junto con el solitario entrenamiento final de Rocky Balboa antes de enfrentar a Apollo Creed, Mia y Vincent bailando al son de Chuck Berry, o la señora Robinson emboscando desnuda a Benjamin en la habitación matrimonial.

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