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A propósito de Ace In the Hole: periodismo y estafas públicas.

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12 marzo 2009
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Otra obra maestra plagada de oscuras lecturas a cargo del autor de Sunset Boulevard.

Otra obra maestra plagada de oscuras lecturas a cargo del autor de Sunset Boulevard.

Hace algunas semanas, nuestro comentarista César Garcés realizó una crítica sobre la película Ace in the hole de Billy Wilder. Hoy, nuestra columnista Mariana Fernández vuelve sobre la cinta para escudriñar las sombras que el corrupto Charles Tatum extiende sobre el trabajo del periodismo contemporáneo.

Chuck Tatum no está muerto, vive entre nosotros. Se trata del protagonista del filme “Ace in the Hole” (1951) –traducida al castellano como “El Gran Carnaval” del cineasta norteamericano Billy Wilder, quien realizó uno de los mayores aportes a la cinematografía a través de una película que muestra de la manera más descarnada cómo vive un periodista en la búsqueda de una noticia.

No se trata de un filme que sólo hurga en cómo la prensa manipula o da un énfasis a ciertos hechos, sino que explora cómo un reportero –Charles Tatum, encarnado por Kirk Douglas- moldea, dirige y crea una noticia con un solo objetivo: ganar dinero, fama y en último caso, sobrevivir. Para ello, el reportero de Ace in the Hole ve en el drama que vive una familia en Nuevo México la mina de oro que siempre buscó: un explorador de tumbas indígenas pobre queda atrapado en una montaña sin poder escapar, ante lo que el reportero se ofrece como un desinteresado voluntario que encabeza su rescate. Manipula al padre del moribundo, a su esposa, al sheriff del pueblo y a los asombrados ciudadanos que buscan un poco de emoción en sus vidas presenciando este fatal suceso como el show en un circo. Sin embargo, el periodista no quiere salvar al afectado, sino que traduce el dolor de la familia como una historia que entrega un “factor humano” a su crónica, traspasando el límite de la ética.

Charles Tatum, listo para perpretar un nuevo y miserable embuste en aras del derecho a informar.

Charles Tatum, listo para perpretar un nuevo y miserable embuste en aras del derecho a informar.

El valor de la película de Wilder es entregar un retrato de una de las peores pestes que arrastran hoy los medios de comunicación: usar el drama de los seres humanos como un espectáculo a través del cual se venden diarios o se sube el rating. De allí que es corriente ver a una madre llorar ante las cámaras por su hijo pobre que ha sido baleado o cuando el autor de un crimen confiesa a través de un diario que es culpable. Día a día podemos ver la triste técnica de Tatum trascender el celuloide e instalarse como una práctica de la prensa: la verdad manipulada para que los hechos luzcan mejor, más atractivos como un buen producto.

Las sociedades merecen los medios que poseen precisamente porque los hacen sus favoritos, y los periodistas están, como el mismo Tatum decía, dispuestos a morder a un perro para hacer noticia. Una triste realidad revelada con maestría en esta notable película.

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