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Un ejemplar ciudadano llamado Mike Leigh

por Rodrigo Burgos
6 marzo 2009
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Happy-Go-Lucky, de Mike Leigh. ¿El optimismo como superación o calmante de las molestias provocadas por la existencia?

Happy-Go-Lucky, de Mike Leigh. ¿El optimismo como superación o calmante de las molestias provocadas por la existencia?

Valentía y dignidad. Dos conceptos que a menudo se presentan en el cine de Mike Leigh: un artista que desde su primer asalto allá por 1971 con Bleak moments, ha sabido construir un impecable ideario visual al servicio de quienes deambulan por las calles haciendo la travesía más excitante y peligrosa de todas: sobrevivir a un nuevo día, el confuso reto de salvar el pellejo de la mala leche de una vida quizá en exceso hostil. Son ya casi cuarenta años de obra y su cine, lejos del estereotipo y la conclusión taimada, sigue prestándole más que una mano a la deslavada escena cinematográfica contemporánea. Su más reciente apuesta, Happy-Go-Lucky, lo muestra inquieto y manteniendo la baza de una trayectoria que no conoce de mediocridades.

Heredero del Free Cinema inglés más combativo pero a la vez poético, Leigh ha prodigado en sus filmes un universo de constantes apremios sobre personas que expresan sus vidas con una fuerza casi sobrenatural; siempre en riesgo, al borde de la caída final, desamparados, pero a resguardo junto con un preciadísimo bien: una dignidad casi mítica de seres que no podrán al fin y al cabo ser avasallados. Ahí están la abortista Vera Drake, el taxista de All or Nothing, las gemelas de Life is Sweet, el harapiento bocazas de Naked. Las películas de Leigh son perspicaces en reconstruir el espacio en que la violencia emocional y psicológica que las taras familiares y una sociedad de aplastante injusticia le endilgan a un hombre agobiado. A diferencia de otros contemporáneos de aventuras working class como Ken Loach, la obra de Mike Leigh no manipula ni emborracha con soflamas de dudoso tufillo: su cine expresa siempre de forma abierta, permitiendo apreciar un mosaico social rico y de lectura diversa.

Happy Go Lucky, la nueva película del británico, lo lleva al intento de una digamos, ¿comedia? Nos presenta a Poppy, una profesora de educación primaria bendita con un exacerbado optimismo. Una cara alegre que, comprobamos al pasar los minutos, la indispone con varios de aquéllos con quienes debe conversar en diversos momentos: demasiadas chanzas imprudentes, demasiadas interrupciones. ¿Qué pretende Poppy? ¿Iniciar una ñoña cruzada por traer paz y alegría a un mundo amargo? ¿Una voluntad escapista? No lo sabemos. La película la enfrenta con una sociedad impersonal y de contacto esquivo: métete en tus asuntos y déjame en paz vivir a mi modo. Música conocida.

Casi cuarenta años de cine consciente y de fuerte pegada.

Casi cuarenta años de cine consciente y de fuerte pegada.

El meollo deviene cuado Poppy conoce a Scott, su profesor de manejo; un hombre gris, acuciado por la dureza de su trabajo, la decadencia de la moral que él acusa en quienes lo tratan, la presión del Estado sobre los ciudadanos, en fin, todo lo que puede cernirse sobre un hombre inseguro y atormentado. El choque es inminente y no escatimará dureza; por un lado, una mujer si no frívola al menos exasperadamente despreocupada en su carácter bobalicón; por el otro, un hombre de inflexible y lacerante rudeza. Poppy deberá afrontar esa violencia y materia oscura que ella pretende, de diversas maneras, dejar a un costado. Tanto en la colisión definitiva con Scott como a través de un caso de violencia infantil que debe atender en su escuela, ella pondrá a prueba su exultante aplomo.

En Happy Go Lucky sobresale la incapacidad de Poppy y Scott por asumir una madurez emocional que les permita sostener una comunicación empática. Hay una fina demostración del aislamiento moderno, en que la construcción por parte de cada uno de un monolito conductual, cerrado y excluyente, lleva a los personajes a sentirse permanentemente extrañados en presencia de los demás. ¿Quién es supuestamente más feliz? Al parecer Poppy, pero también nos damos cuenta en la medida que la cinta extiende sus alcances, que ella no pareciera estar mejor preparada que otros –con toda esa alegría de confitería- frente al dolor y las desgarraduras vitales. Las imposturas continúan.

Muy probablemente Happy Go Lucky no llegue a nuestra salas, y nos deberemos conformar con las copias de DVD que ya se han convertido en nuestra salvaguardia frente al páramo de la cartelera cinematográfica. Bueno, qué diablos, aquí está una película que no defrauda y un cineasta que aporta su cuota anual al fondo de esperanza en el futuro del cine. Gracias por su gentileza.

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