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Fanfarria de un hombre común: Tobias Wolff y Vieja Escuela

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19 febrero 2009
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Vieja Escuela: la literatura desenmascarando.

Vieja Escuela: la literatura desenmascarando.

La literatura se ocupa de un mundo caído, un terreno oscuro donde reina el subterfugio y la certeza es un desatino, o ésta es al menos la opinión del protagonista de Vieja Escuela, novela escrita por el norteamericano Tobias Wolff. Un texto que sagazmente vuelve sobre lo metanarrativo: literatura acerca de la literatura.

Un colegio secundario de corte exclusivo y pudiente, fiel a viejas tradiciones, atiborrado de jóvenes con ansias de destacar en los deportes, las ciencias, pero por sobre todo en el ejercicio de las letras: éste es un espacio privilegiado en que más que otra cosa se asientan un incontrarrestable glamour y una filiación al esnobismo más exagerado; promesa de éxito que flota.

Wolff, bajo su alter ego, es un muchacho de clase proletaria que cursa estudios en esta escuela privada gracias a una beca. Un entusiasta de la escritura al igual que muchos de sus condiscípulos, pero atormentado por la secreta espina de que su obra y numen creativo no podrá provenir de la vida que le ha tocado vivir: suburbana, pobre, disfuncional y carente de emociones. Él decide recurrir a la palabra escrita precisamente para trampear a su destino: la retórica, la metáfora y la ficción como antídotos contra una rutina que conoce muy bien y de la cual desea escapar. En el colegio al que pertenece, elitista y fatuo, ser escritor es ser alguien superior, un prohombre que vive en una esfera vital distinta, heroica y acomodada en el triunfo sobre la miseria de los perdedores.

Todo es un aprendizaje, quizá demasiado duro y en constante refriega con los propios fantasmas, para quien guarda el fuego sagrado de la creación literaria. Y nuestro protagonista lo comprenderá a costa de palos. La literatura es riesgo, acodarse muy cerca del abismo: lo supo Céline, lo tenía más que claro Genet, y era ley sagrada para Bolaño. No hay gimnasias ni perífrasis posibles para la literatura que permanecerá. Es la vida del escritor, su alma, su camino el que debe expresarse en el papel en blanco. Lo demás es escapismo e impostura.

“Creía que escribir me proporcionaría placer, y por lo general así era. Pero no lo pasé nada bien al escribir aquel poema. Lo hice casi a regañadientes, aunque también con cierto ardor. Puede que fuera bueno, puede que no. Puede que ni siquiera fuera un buen poema, sólo un fragmentos de un relato en líneas cortadas. No sabía decirlo. Era demasiado parecido a mi casa. Era mi casa: mi madre desaparecida; mi padre, aunque no bombero, herido por mi indeferencia mientras que a mi me horrorizaba su necesidad; el desorden, el ruido, los olores, todo justo igual que en nuestra casa un día sábado por la mañana; la sensación de que el tiempo agoniza gota a gota, de falta de decisión, y el ambiente cerrado, como de acuario, de confinamiento y repetición. Podía oír y ver todo lo de aquel apartamento, incluido el dibujo del tablero de formica de la mesa. Me podía ver a mí mismo allí, y no quería. Es más, no quería que ninguna persona me viera”.

Tobias Wolff. Por el camino de las letras y los descubrimientos que duelen.

Tobias Wolff. Por el camino de las letras y los descubrimientos que duelen.

Vieja Escuela no es sólo una notable lección sobre el sendero que debe cruzar quien aspira a abrazar la literatura como oficio, sino también acerca de su necesario anverso: el milagro epifánico que reside en el encuentro con un escritor y su obra. Le pasa a Wolff, específicamente con Hemingway: “Al darse cuenta que los lectores como yo podrían verle en Nick, Hemingway nos había proporcionado una visión de confusión y agotamiento espiritual que daba casi vergüenza por lo íntima que era. La verdad de aquellos relatos no procedía de un conjunto de teorías. Uno lo notaba en su propia nuca”.

Un despertar que esconde pocas cosas edificantes: copias, plagios y competencias desleales. Materia abyecta que sabemos rezuma bajo la real carpeta del deísmo literario. Pero también, a través del respeto por su propia verdad, el escritor, quien esté dispuesto a colocar el pescuezo en peligro, respetando su realidad como elemento primario de su artesanía, estará en una ruta más cercana a la vida como acto de pesaje del tumulto existencial.

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