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Brighton Beach Memoirs: El fin de la pubertad

por César Garcés
19 Febrero 2009
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Eugene Morris intentando atisbar el Palacio Dorado del Himalaya.

Eugene Morris intentando atisbar el Palacio Dorado del Himalaya.

Neil Simon es un exitoso -¡Miento!, un exitosísimo- dramaturgo estadounidense, y aunque no cuenta con la suerte de su colega Tennesee Williams de haber logrado plasmar su obra en peliculazas como “Un Tranvía Llamado deseo” y “Baby Doll”, sí se han hecho largometrajes más que dignos de sus títulos más célebres, lo que nos permite saborear un poco la tinta de su pluma cálida, humorística y sensible.
Sus inicios profesionales fueron en dupla con su hermano mayor Danny Simon, quien más tarde tomaría bajo su alero a un desconocido Woody Allen y lo transformaría de chistólogo a comediante. No es de extrañar entonces que la relación fraternal entre dos hombres (con o sin lazos de sangre de por medio) se encuentre retratada en varias de sus obras. “Lost in Yonkers” cuenta la historia infantil de dos hermanos que van a vivir a una heladería regentada por su tiránica abuela y “The Sunshine Boys” narra los seniles desencuentros de lo que alguna vez fue una famosa pareja cómica de vodevil.

“Brighton Beach Memoirs” (Gene Saks, 1986) basada en la obra homónima de 1982, es un recuerdo melancólico sobre crecer en un gueto de Brooklyn durante los años treinta, donde dos familias judías comparten techo y comida. Eugene Morris Jerome detesta su nombre (por poco beisbolístico) y buena parte de su vida. Es número puesto a la hora de ir a comprar queso, ordenar el living, culparlo por algún cachivache roto o mandarlo de vuelta a comprar otro poco de queso. Como todo pre adolescente, la agonía y el éxtasis de sus días están regidos por su voraz apetito sexual. Las piernas de su prima Nora y las tetas de su vecina -a quien espía por un telescopio esperando ver caer ese sostén del demonio- son las piedras angulares de su existencia. Pero las ensoñaciones de Eugene empequeñecen ante la realidad familiar. Lidiando con cesantía y enfermedades crónicas mientras la radio trae noticias de Europa, la angustia por la parentela atrapada a la suerte de lo que Hitler se traiga entre manos se clava en el alma.

Bastante grandecito como para andar jugando de esa forma.

Bastante grandecito como para andar jugando de esa forma.

Eugene vuelca sobre un cuaderno todas sus penurias, pues está decidido a ser escritor. Más bien está resignado, porque sin pensarlo cambiaría su futuro en las letras por batear un jonrón en la serie mundial o ver a Nora saliendo de la ducha. La cercanía de su hermano mayor Stanley -quien le lleva sólo un poco más de ventaja en este asunto de ser más libre y ver mujeres desnudas- es el corazón mismo de la historia y las mejores escenas son los cuchicheos entre Stanley y Eugene, refugiados en el sótano o caminando por el barrio anochecido. Hay algo tremendamente acogedor en la intimidad de ese parcito. Confidentes, cada uno es refugio del otro cuando han metido la pata hasta las rodillas y vaya que si lo hacen seguido. Ojo ahí con una aparición de Jason Alexander. ¡El pobre de Jason!, ya es imposible para uno sacarse a George Costanza de la cabeza, aún cuando esté interpretando a un audaz jugador de pool.

Tan valorado (o sobrevalorado) es el pesimismo en el arte, que se le da el mote de “lucidez” a las historias en que todo se derrumba y no hay salida para nadie, mientras que “ingenuidad” es el nombre inventado para aquellas en que las cosas se resuelven de alguna manera a fin de cuentas. Puede sonar a Fundación Futuro, pero debo decir que la película resalta la importancia de la familia. Cuidarse el uno al otro, y hacerse crecer mutuamente. ¡Primos y sobrinos han escapado de Polonia! Habrá que hacer arreglos, apretujarse aún más. Más bocas que alimentar ¿Dónde podrán encontrar trabajo? ¿Hablan inglés?

_¡Están a salvo!. Es lo que importa…

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