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Billy Wilder: El Gran Carnaval

por César Garcés
12 Febrero 2009
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Adentrándose en el infierno, en busca del éxito periodístico.

Adentrándose en el infierno, en busca del éxito periodístico.

La biografía de Billy Wilder estará siempre cubierta por el manto de la duda, pues nada de lo que hubiese salido de su boca puede ser creído a pie juntilla. Si vio o no cómo soldados nazis mataban a palos a un anciano judío, si debió trabajar como acompañante de señoritas de sociedad o si vivió en el baño de un hotel durante sus primeros años en Estados Unidos.

El gusto por adornar la realidad y hacérsela tragar a sus interlocutores lo heredará Kirk Douglas en 1951 cuando interprete a Chuck Tatum, el feroz reportero sensacionalista de “Ace in the Hole”. Chuck es un sagaz animal citadino con frases astutas a flor de labios, pero su mala estrella y actitud rebelde lo tienen trabajando durante un año en el periódico de una ciudad gris con poco movimiento y nombre campechano: Albuquerque. Todo ocurre con parsimonia exasperante hasta que la misión de cubrir una tradicional cacería de serpientes se interrumpe cuando, a mitad de camino, Chuck y su joven aprendiz se encuentran con un accidente. Leo Minosa, saqueador de antiguas tumbas indias ha quedado atrapado en lo profundo de una de las cavernas cuando la estructura de piedras se desmorona. Con harto coraje, sólo es posible acercarse a dos metros de él y Chuck es el único con valor para adentrarse en la trampa mortal. Enterrado de la cintura para abajo, el cándido Leo ve en Tatum a un amigo leal que busca ayudarle, posa para su cámara y le cuenta la historia de su vida. Pero el periodista sólo está comenzando a planear el golpe noticioso del año, aun si es necesario retrasar las maniobras de rescate para tener más días de alta lectoría.

“Mr. y Mrs. America”, los mamertos devoradores de la desgracia ajena.

“Mr. y Mrs. America”, los mamertos devoradores de la desgracia ajena.

Durante sus años en Alemania, Wilder mismo fue un reportero y de hecho se vio envuelto en un par de líos judiciales por ponerse demasiado creativo con las noticias. Permítanme un paralelo antojadizo: Hitchcock, detrás de su pinta de bonachón caballero inglés, escondía a un gordo obsesionado con sexo, asesinato, dolor, y a un devorador de crónicas rojas. Sus películas son reflejo de eso: Notorious, Rebeca, Los Pájaros y Vértigo comienzan como historias de amor algo empalagosas y poco a poco se arrojan hacia un vórtice enfermizo. Wilder, por el contrario, era abiertamente desagradable. Llevaba a sus mujerzuelas al estudio, empinaba el codo con furia en las sesiones de escritura de guión y -según decía Raymond Chandler- su lenguaje dejaba mucho que desear. Y ahí está Chuck Tatum, pocos segundos después de aparecer en pantalla se encuentra con un funcionario de rasgos indígenas (native american, se dice) y alza su mano derecha. _¡Hao!
_Good Morning, sir.

¡Momento! Claro, claro. A través de Check los medios de comunicación salen harto mal parados. Pero el retrato más inmisericorde Wilder lo tiene reservado para un personaje que generalmente se las lleva peladas al analizar estos casos: el público. Palurdos que sobrecargan el auto para las vacaciones, que con zopenca curiosidad quieren visitar todas los adornitos de la naturaleza, se agolpan a saborear la tragedia ajena y lloran cuando alguien se muere. Por lo menos Chuck y la ambiciosa esposa de Leo son dinámicos, inventivos y magnéticos. Cuando todo se vaya a la mierda, podrán determinar si corresponde o no dejarse invadir por la culpa y el autodesprecio.

Una fiesta en torno al dolor de Leo Minosa.

Una fiesta en torno al dolor de Leo Minosa.

Billy Wilder se sienta a la mesa con Batman, Shaft y Harry Callahan. Es un héroe que está permanentemente al borde de la legalidad. Es difícil determinar si sus retratos de la bajeza humana son una ruidosa denuncia o una gozosa contemplación del mal. Pese a la alcantarilla moral que retrata, su película no es una experiencia amarga. Por el contrario, todas las cuerdas están pulsadas para hacer de Ace in the Hole una película entretenidísima. Esto nace tanto de la idea que Wilder tiene del cine en tanto espectáculo de masas, como para tendernos una trampa a sus seguidores quienes –con la excusa de la cinefilia- acabamos de devorarnos con fruición la colorida desgracia de Leo Minosa, y el derrotero aciago de Charles Tatum.

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