Cristián Sánchez: “La ausencia de libertad en Chile es horrible”.
10 febrero 2009 1 comentario

Cristián Sánchez, en pleno rodaje, buscando los pliegues de lo fantástico en la deconstrucción de Chile.
El cine de Cristián Sánchez ha atravesado la accidentada filmografía de nuestro país de forma secreta. Su particular manera de abordar la idiosincrasia local, destapando la casuística doméstica a galope del absurdo y el delirio, ha decantado en los últimos años en un reconocimiento que lo ha sacado desde sus catacumbas artísticas, desde las que el cineasta sigue creando sin cesar. Un libro sobre su obra publicado por el crítico uruguayo Jorge Ruffinelli y una retrospectiva ofrecida por el Festival de Cine de Buenos Aires atestiguan que el cine de Sánchez envejece de vital manera. Actualmente, el tradicional Festival de Cine organizado por la Universidad Católica exhibe un completo ciclo dedicado al autor de Los Deseos Concebidos. Imperdible para cinéfilos. Además, en 2009 lo veremos con su más reciente producción: Tiempos Malos, suerte de film noir con el hampa criollo en los talones.
Resulta sorprendente tu capacidad de rescatar cierto hablar que pesquisa una esencia chilena, me refiero a ese lenguaje cerrado que refleja un ser cansino, anodino.
Es pura observación, soy chileno y me he dedicado a rescatar esa materia prima. Me parece importantísimo el léxico chileno, al conocerlo podemos comprender mejor nuestros comportamientos y acciones de tal modo que esto ha sido mi primer objetivo como cineasta; sentía que el lenguaje estaba de alguna forma traficado, ya que siempre hay una traducción o representación y esto, en el arte, me parece un poco equívoco. No creo en la representación y siento que a todo nivel uno deber romper sus estructuras e ir hacia la presentación de los elementos. Esta búsqueda, llamémosle documentalismo o tendencia a reflejar lo real en el sentido de André Bazin, es parte de un conjunto de otras dimensiones relacionadas con la creación de un lenguaje propio. A esto se suma el uso del plano largo, la profundidad de campo, la inmediatez de las situaciones, cómo crearlas sin que sean artificiales. Entonces, introducir la lengua vulgar con toda su riqueza de matices me parecía una operación necesaria en vista de generar una verdadera expresión de lo chileno.
Leí en una entrevista que eras seguidor del método de Robert Bresson.
Sí, me gusta mucho Bresson y lo he estudiado mucho, incluso he escrito un par de artículos sobre él. Su método es simple: hay que capturar los seres y objetos en estado puro, evitando las mediaciones de la representación, los clichés, como construcciones que opacan y desnaturalizan al objeto; esto no es fácil, ya que primero que todo hay que aislar los elementos y una vez que tengamos a los acontecimientos aislados e incomunicados entre sí, tendremos una primera estructura de obra y como el hecho está fuera de contexto, se levanta un imaginario. No hay que quedarse en el nivel del imaginario sino volver a lo real, trascenderlo para volver a una verdad de los objetos que más que en ellos residiría en las nuevas relaciones que producen. Este método deriva del simbolismo de la poesía francesa, especialmente de Mallarmé y Válery. Los simbolistas parten su representación desde los efectos, al igual que la estructura formal de Bresson, a quien le importan más los efectos que las causas. A través de distintos efectos tú construyes un nuevo todo que conformaría la verdad de los acontecimientos.
Hay tal vez en la complexión de los personajes de tus películas una mirada que podría afiliarse a cierta corriente existencialista.
La palabra existencialista me genera ciertos reparos, está muy vinculada a una filosofía vinculada con Heidegger o Sartre, la existencia antes de la esencia. Puede ser, hay una preeminencia del acontecimiento, de lo existente, encontrando un elemento de extrañeza auténtica; me interesa trascender esa autenticidad porque creo que hay un camino más largo que va por otro lado, distinto simplemente: no quedarse sólo en ese reconocimiento de lo real sino superarlo, como Kafka y otros artistas lo hicieron. Hallar una inautenticidad, una extrañeza radical de las cosas donde el mundo ya no se reconoce a sí mismo, partiendo del mundo real y cotidiano, de las relaciones domésticas donde las cosas van y vienen, pedestres, para que después irrumpan elementos pequeños que llevan a ese no reconocimiento, no necesariamente fantásticos; que en medio de lo familiar surja, como decía Freud, una inquietante extrañeza. ¿Es esta la persona que yo conocí? Pareciera que fuera otro. En todas mis películas busco el afuera del lugar que en el fondo no es tal sino que está incorporado como un pliegue de lo real.
¿Por qué te fascina la inclusión de elementos extraños?

La seducción, el crimen y la filosofía en la apuesta 2009 del director de El Zapato Chino: Tiempos Malos.
Es la irrupción de lo otro dentro de un contexto que no podría apropiárselo y del cual, desde el punto de vista del personaje, no hay ninguna presunción para descifrar este hecho; no hay aquí un elemento policial, dónde está el asesino, o dónde está el tesoro. Esto, para mí, tiene que ver con esa línea edípica, relacionada con la filosofía del origen. Hay que rebasar el origen, no estamos en el problema del fundamento, estamos en el devenir, que es peligroso, en un nomadismo de las cosas. Como ocurre extraordinariamente en David Lynch, donde hay extraños vectores que llevan a los personajes a cruzar umbrales que están en lo cotidiano pero de forma no vista, siendo macro o microscópicos. El mundo comienza a cambiar sin que yo me dé cuenta. Esto lleva a que el personaje deba cambiar, sus movimientos serán más rápidos o con mayor capacidad de fintas para traspasar un mundo que está transformándose, y comprender en qué lógica se encuentra. Por ejemplo, en mi película Tiempos Malos donde abundan las escenas de dormitorio donde aparecen mujeres seductoras siempre al acecho o, al comienzo, en que un ciego le habla al protagonista acerca de una niña errante que ha dejado entrar en su casa y que por tanto deberá hacerse cargo de ella; claro, la niña pareciera venir de otro espacio y tiempo. Esto me interesa mucho, el desfondamiento de lo real, dejando al espectador sumergido en una realidad mucho más compleja, agregándolo el inconsciente.
Tú has trabajado con actores que no poseen estudios formales. ¿Esta intención, percibo, se dirige a rescatar el objeto puro?
Un no actor toma la realidad como un objeto puro, no sabe representar nada y no construirá un personaje porque no sabe hacerlo, sería ridículo para él intentarlo, no tiene más que representarse a sí mismo; pero el sí mismo que el cree que tiene que representar no es el mismo que yo deseo que haga; yo le quito las ínfulas, las pretensiones, desenmascarándolo y dejándolo al desnudo, pero sin que él lo sepa. Sin percatarse está rebelando una esencia de sí mismo y esta es mi tarea; no es que los no actores actuarán siempre del mismo modo, en una u otra película, aunque hayan trabajado mucho conmigo, es un trabajo de hacer que ellos se expresen con vivacidad, chispa, gracia, cosas que yo considero vitales en el arte. Ahora, esto del uso de los no actores no es cosa nueva. De hecho, una de las grandes películas de la historia, El Ladrón de Bicicletas, está protagonizada por gente que no eran actores; desde los hermanos Lumière, incluso grandes actores de Hollywood, como Gary Cooper, fueron rescatados a través de un casting como extras. ¿Qué estudios formales tuvo John Wayne? Ninguno, trabajaba en los equipos técnicos; fue descubierto primero por Raoul Walsh, después por Howard Hawks. Hasta los años cincuenta, cuando surge el Actors Studio no hay actores formales en cine; quizá los franceses anteriormente ya poseían actores que transitaban desde el teatro. No es que no me interesan los actores sino que creo pueden mezclarse: establecer una ecuación nueva entre actores muy dúctiles, capaces de improvisar, con un muy buen oído para la lengua chilena y que se adecuan a estos no actores desinhibiéndolos un poco, contagiándolos esa espontaneidad. Lo hacía Raúl Ruiz, sobre todo en su filmografía chilena; el ejemplo más radical es Bressón que decía no a los actores, no sirven ya que pertenecen al teatro que es un arte bastardo. Bueno, ese es Bresson, yo siempre he utilizado actores: Lucho Alarcón, Jaime Vadell, José Manuel Salcedo, Tennynson Ferrada.
En tus películas resulta sumamente atractiva la presencia de Andrés Quintana, un no actor, porque resume algo muy difícil de pesquisar, una realidad oscura, impredecible. Su forma de hablar desentraña ese chileno ladino, desconfiado, pícaro.
Hay mucha gente que se maravilla con Quintana, incluso hay alguien que quiere hacer una película sobre él. Tenía un sentido de la infancia pero a la vez podía ser tremendamente veleidoso, violento. Sí, para mí Quintana resume lo que es Chile. Nadie ha representado mejor a Chile que él.
¿Cómo trabajabas con él para lograr esa expresión?
Cuando lo conocí lo encontré fascinante. Él se reía mucho de las cosas que yo lo hacía hacer. Nos tratábamos de maestros y me decía “pucha, maestro, cómo me hace hacer esto”. Era un actor nato, vivía los personajes con mucha propiedad, y todos eran muy distintos. Está lo impredecible y es esto lo que yo alentaba; que fuera cada vez más capaz de articular situaciones de traición cuando, por ejemplo, apoyaba a R en Los Deseos Concebidos: primero lo descalifica, protegiéndolo paternalmente enseguida, para después volver a recriminarlo estableciendo una guerra con él. Ahora encontramos un doble de Quintana, un músico llamado Iván Castillo, y lo hicimos trabajar en Tiempos Malos como mayordomo en la casa de Eulalia.
¿Qué pasa con el uso de la violencia en tus películas? En varias de ellas hay desenlaces bastantes violentos, semejantes a las cinta de cine negro.
La violencia está implícita en lo cotidiano, pero lo interesante es que no hay señales de que vaya a surgir, irrumpe abruptamente rompiendo los esquemas, y es como una energía contenida, una cuestión de fuerzas que de pronto se dispara: basta que se gatille una pequeña cosa para que presenciemos esa fuerza devastadora. Trato, eso sí, de que no sea una violencia tradicional basada en la agresión o en el poder, sino que es principalmente reactiva frente a situaciones injustas o de opresión, y me gusta que posean cierto velo o seso humorístico. Si me apuras, creo que lo que me interesa es el ingreso de lo irrisorio, como Cassavetes que trabaja con elementos irrisorios, un humor absurdo. En mi caso, trato de llevarlo hacia el espacio de lo chileno.
¿Cassavetes es una influencia para ti?
Sí, muy grande, pero no en términos de “ah, debo ir para acá” sino como un referente. Él hizo cosas extraordinarias, aunque lo vi después de los ochenta cuando yo ya estaba formado como cineasta y había hecho varias películas; ahora puedo decir que he visto todo o casi todo lo de Cassavetes. Me gusta su fuerza, la locura y vacilación de sus personajes, lo sucio de sus textos, qué magnífico es en eso. Estilísticamente prefiero a Bresson, la limpieza de sus encuadres, perfectos, más cerca de una pintura.
En Vías Paralelas hay un personaje que aparece siempre transitando, ofreciéndole a quien se le cruce un negocio, algo que también aparece en otras obras tuyas: la intención de montar algo, un chanchullo que nunca fructifica.
Todo es irrisorio, todo cae en algo inconcluso que fracasa. El personaje al que te refieres, encarnado por Rodrigo Maturana, es el funcionario que quiere volver pero ya han cambiado los tiempos; está la Dictadura y lo pueden matar, pero su sueño es que alguien le dé una peguita. Finalmente termina en el delirio.
Tus personajes abandonan el hogar y se lanzan a un peregrinaje.
El mundo es más amplio que la casa, así que empiezo por echarlos de sus hogares, por romper ese edipismo de la protección, para que el héroe desprotegido pueda estar en contacto con las fuerzas cósmicas y enfrentarse a su destino; al principio son flojos, temerosos, hay que generar las condiciones para que establezcan esa verdadera identidad consigo mismos que consiste en tener que moverse y transformarse. Si hay una identidad es la del movimiento, sobre todo en el tiempo, y esto permite que los personajes puedan establecer otros nexos que creían que no existían con esas fuerzas del afuera; el paisaje no es una cosa inerte sino que es posible relacionarse con él también. Son verdaderos orificios negros donde los personajes pueden caer y desaparecer, y el héroe al ser menos pretencioso y débil sortea esa caída.
Hablábamos de Vías Paralelas y de ese funcionario defenestrado por la Dictadura. En esas películas de los setenta, ¿cómo incorporabas elementos que se vinculasen con el contexto sociopolítico que se vivía en ese momento?
Haciendo ciertas alusiones, a través de algunos personajes: un obrero, por ejemplo, que viviera tal o cual problema o una situación que estaba relacionada con eventos reales; en el uso que hacíamos de la violencia; la irrupción del absurdo.
¿Cómo surgían esas irrupciones de elementos absurdos en tus películas? ¿Cómo las generabas?
Por ejemplo, en Los Deseos Concebidos hay una niña que come pasta de zapatos. Esto me lo habían contado en una ocasión: de una niña que tenía el vicio de comer pasta de zapatos. Entonces, cosas como éstas las iba incorporando en la película pero cambiando el contexto: si la historia real aludía a una niña de escasos recursos, en la película ella pertenecería a un estrato socioeconómico alto, que es hija de padres de ricos pero viciosos. Me gusta jugar con la paradoja y voy construyendo este humor sin necesariamente una pretensión intelectual
También hay varios momentos en que señalas relaciones entre adolescentes y los personajes que interpretaba Quintana.
Sí, pero no son las típicas relaciones en que un hombre seduce a una mujer. Simplemente a Quintana le llegan las mujeres, y éstas se enganchan con él también; es recíproco.
Quizá El Otro Round es una cinta que escapa de esta mirada de “extrañeza” que planteas para tus películas.
Es una película que partió como un encargo, la adaptación de un cuento llamado El último round de Dinamita Araya, y que ganó un concurso organizado por La Tercera; el cuento pertenecía a un escritor sureño llamado Guido Eitel. Entonces yo trabajaba en la Escuela de Comunicación de Mónica Herrera y decidí adaptar el cuento; se hizo un primer montaje con el que no quedé conforme. Al año siguiente, recuperé el material e hice la versión que yo quería; grabé algunas otras cosas hasta que logré un largometraje de 62 minutos. Hubiese deseado extenderme más pero no me dejaron: los productores no me permitieron incluir segmentos de surrealismo así que les dije, bueno, también puedo hacer una película de tono realista, duro. En suma, estuve contenido. Paso algo similar en Cuídate del Agua Mansa, pero por otras razones. Estaba concebida, en principio, como un telefilme que transcurría durante el día, a diferencia de mis otras cintas que casi siempre se desarrollan en la noche. Entonces, los elementos de extrañeza se atenuaban, quedaban en una latencia. Son dos tipos de cine que me gustan: el de Antonioni y Rohmer, más objetivista, y el de Buñuel, más fantástico.
Hay una escena muy interesante en El Zapato Chino, en que los personajes de Lucho Alarcón y Jaime Vadell sostienen una conversación en que ambos se adulan pero que poco a poco va decantando en una discusión que se transforma en una pelea, pero en una sólo de boquillazas y leves empujones. ¿Es esto una forma de expresar esa violencia solapada que uno observa en Chile?
Sí, Jaime Vadell invade la casa de Alarcón, al modo de un CNI, y resulta que ambos descubren que provienen del mismo colegio, comienzan a competir, y todo termina en puras fintas y bravatas. Hay otra escena en Los Deseos Concebidos en que el portero del hotel y R, que desea pasar la noche, sostienen un duelo verbal muy duro. El portero dice, ¿dejaste la puerta cerrada?, y R contesta, no, abierta; el portero le retruca ¿ah, entonces me vas a hacer bajar? Creo que esto es sintomático de lo que es Chile, donde cada vez más hay una energía violenta que no siempre se expresa pero que es casi una pulsión de muerte: está en las relaciones cotidianas, vas caminando por el centro y te topas con esa mirada asesina y que se expresa en el maltrato de palabra: no te escuchan, hay una mala disposición. Son unas fuerzas reactivas horribles que se han acentuado con el modelo socioeconómico neoliberal, que nos ha hecho más prepotentes; no existe la intención de ver al otro sino sólo el quítate de mi camino que aquí vengo yo, un egotismo y una soberbia que convierte a Chile en un país solipsista, un sitio insular que se da vueltas sobre su yo. Todo lo que ocurre aquí es importante, lo que sea, hasta la caída de un alfiler, llegando a un extremo de narcisismo.
¿Tu cine intenta sobrepasar esas barreras del yo?
Sí, hay que salir del egotismo si es que queremos crecer; dejar atrás ese edipismo pedestre. Romper con las estructuras, una condición que viene de nuestra historias que se ha acentuado quizá por el tipo de Estado y sociedad que se ha construido, cómo se han conjugado, y cómo ha surgido injusticias enormes que no parecen tan violentas, morigeradas tal vez, pero están y son incluso más potentes que la violencia manifiesta de otros pueblos de la región; éstas al menos explotan como un volcán, pero las nuestras son movimientos telúricos permanentes con una permanente carga. Mis héroes, aunque no quieran, deben salir y dejar el edipismo.
El personaje del Cautiverio Feliz perdió de muy joven a su padre y va de un lado a otro buscando nuevas figuras paternas, en los loncos por ejemplo. Quiere volver, se da cuenta de lo que perdió y aquí viene su verdadera transformación interior, su devenir: ya no puede estar bien con los hispano-criollos, empieza a dormir en una cama del suelo con pelos de oveja, se da baños matinales de agua en la cabeza. Está en tierra de nadie, siente de otro modo y ha dejado de estar encapsulado. Él deseaba mantenerse cautivo y finalmente logra romper su cautiverio. Estamos cautivos, aparentemente felices y tenemos que darnos cuenta cómo romper todas estas prisiones, sobre todo ahora que entramos en un tipo de sociedad de control que rompe con el antiguo orden disciplinario. El control está en todas partes, en Internet: eres una cifra, te llaman los bancos y te dicen cuánta plata debes, cuánta tienes, tu capacidad de endeudamiento; desean dirigir tu vida por esos carriles. Es horrible la ausencia de libertad. Por eso privilegio la capacidad transgresora de mis personajes, su libertad de movimiento, a riesgo de su propia vida, pero es necesario romper con esta condición de cautiverio.
¿Cómo se inserta tu próxima película, Tiempos Malos, dentro de esta línea de trabajo?
Es una radicalización, el protagonista va hacia el mal: un infierno cálido, donde los personajes son buenos, lo que es peor aún: su mundo sigue siendo un infierno a pesar de que los personajes sean generosos. Al personaje le costará aún más salir de esa jaula de oro, pero yo lo llevo por ese descenso a los infiernos; para mí es muy importante la idea órfica. Los héroes y titanes griegos son muy fundamentales para mí, por eso incluyo a la niña con el ovillo de lana, que representa el hilo de Ariadna. El viaje es sinuoso y puede incluso ser la perdición, no lo sabemos. Mi personaje transita el camino hacia el crimen, pero a la vez se interesa en el pensamiento filosófico. Para mí toda filosofía es un crimen porque implica una transgresión, un acabar con todo lo anterior; hacer tabla rasa, demoler los conceptos anteriores. Hago el parangón entre la filosofía como crimen y éste como organización, aunque es desorganizado porque es chileno; ambas son instancias ilícitas. Para mí la filosofía no es una actividad académica sino ilícita.
¿Cuándo podremos ver Tiempo Malos?
Durante este año pero aún no sé cuándo exactamente. Creo que será una película que concitará el gusto de mucha gente por lo que su lanzamiento debe ser cuidado: necesito saber cuál será su competencia en el momento, qué películas norteamericanas estarán en cartelera.

















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Condenado a muerte aun sigue en boga……como aquel personaje que siemnpre busca la formula de lo impensado…