Vía Revolucionaria: Richard Yates y la sucesión de abortos.
6 febrero 2009 0 comentarios

Frank y April Wheeler: los ángeles caídos en un viaje hacia ninguna parte, encarnados en Winslet y Di Caprio.
El estreno de Revolutionary Road –Sólo un sueño en la traducción-, dirigida por Sam Mendes, y adaptación de la novela homónima de Richard Yates publicada en 1961, reinicia la reflexión sobre uno de los textos más extraordinarios y devastadores de la literatura norteamericana del siglo pasado. El descalabro de una pareja, las aspiraciones muertas en el cieno de la frustración y el resentimiento; en suma, la derrota de una civilización. En el prólogo a la reedición de la novela, Richard Ford señalaba que la lectura del libro producía una sensación similar a la de atisbar a través del ojo de una cerradura, asistiendo a un horrenda escena interior; mas, se comprobará finalmente que lo que se observa es a fin de cuentas un espejo.
Richard Yates escribió para demoler. Echar cuesta abajo la ligera estabilidad de gente que parecía conocer muy bien: esa clase media aspiracional, burguesa, encantada en su tediosa chatura. Inquietos, esperando un cambio que no vendrá, y conscientes en secreto de los espasmos de la desesperación que aumentan poco a poco. Él se sabía perteneciente a ese mundo de personas que lentamente encallan en sus dramas y vergüenzas, hasta convertirse en un amasijo de odio, frustración y dolor. Yates encarnó sus peores –y por otra parte magníficos- terrores narrativos en una existencia marcada por un éxito esquivo, el alcoholismo, el fracaso y la autoparodia.
Vía Revolucionaria, novela publicada en 1961, es la diana mortuoria de una clase social, de un sueño, de una forma de vida que no tiene otra salida distinta a la ruina. En su momento, el texto fue recibido con loas por su notable disección de aquel sector acomodado y feliz creado a imagen y semejanza del ideario de Dwight Einsehower. La vida de los suburbios, bajo la típica postal de la casa de dos pisos rodeada de un fino césped regado por las tardes, con niños juguetones y serenos que reciben al padre al terminar la jornada laboral. Yates apretó hasta desguasarlos a hombres y mujeres que detrás de la apuesta de un matrimonio, de una presunta proyección hacia algún lugar, escondían demasiada tristeza, pérdida y sangre negra como para aceptar por una eternidad un cuento de amor desafinado y cantado por un borracho caído en un basurero.
Frank y April Wheeler, empero, están más cerca de nosotros de lo que pensamos. Su ocaso, terrible y precoz –recordemos que la pareja protagonista apenas frisa los treinta años- puede ser el de tantos que merodean por allí en busca de suertes esquivas, presas del poco talento, el conformismo, o la simple incapacidad de domar su propia singladura. Casi cincuenta años después, Vía Revolucionaria tiene el favor de las grandes obras: su acercamiento fue válido para los suburbios de Nueva York y hoy calza con justeza aritmética con lo que podría acaecer en un barrio, pongamos, de Ñuñoa en Santiago de Chile.
A diferencia de otros grandes observadores de las pulsiones de las burguesías suburbiales, como John Cheever por ejemplo, el espacio que Yates destina a posibles redenciones o puntuales vuelcos hacia la luz son escasos o más bien nulos. Si algo huele mal es simplemente porque se esconde una putrefacción ya en grado avanzado. Su novela madre, a la que habría que agregar la sombría coda de Desfile de Pascua, son una aplanadora sobre la dignidad humana: desoladoras, implacables y listas para llegar a los confines del pandemonio casero. Por cierto, los libros reseñados, junto con Eleven kinds of loneliness, recopilación de cuentos, fueron los únicos momentos de éxito que Richard Yates vivió en su atribulada carrera como escritor bulldozer. Como él mismo explicase a un muchacho que en una oportunidad se le acercó para agradecerle el haberlo incentivado con su obra a convertirse en escritor: “Sí, yo aún busco convertirme en uno, también”.
Ah, bueno, y nos ha llegado la película. Respetuosa del espanto, representando con solvencia los incidentes que provocarán el estropicio, correcta y de más que digno despliegue. Gracias a Sam Mendes el libro de Yates se ha reeditado y su novela llena más páginas que lo hecho en quizá una década. En fin, una macabra ironía que quizá le hubiese gustado al mala leche de Richard. El monstruo nuevamente se ha sentado en la sala de estar, ha encendido el televisor con esa plácida comedia vespertina que tanto gusta ver, y ya va por su segundo martini. Enhorabuena.














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