Robert Altman: El nacimiento de una nación
27 enero 2009 2 comentarios
Son tantas películas las merecedoras de ser llamadas “western no convencional” que la frase ya se pone jaleosa. Forty Guns (Samuel Fuller), Butch Cassidy & the Sundance Kid (George Roy Hill), The Ballad of Cable Hogue (Sam Peckinpah), Once Upon a Time in the West (Sergio Leone) y The Proposition (John Hillcoat), son sólo algunas de las que se han separado de la caravana que cruza El Colorado para seguir su propio y solitario camino. Digamos entonces -para no caer en la etiqueta aquella- que el largometraje de Robert Altman “McCabe & Mrs. Miller” (1971) nos entrega nuevas pepitas de oro para la iconografía western: Nieve, opio y Leonard Cohen.
Primera licencia: Altman mueve su historia geográficamente hasta la frontera noroeste con Canadá, aunque este dato poco importe, pues la densa niebla y el espesor de la vegetación dan la impresión de que nada existe más allá de las montañas. Nada sabemos del furioso sol del desierto, ni los nombres rudos como Carson City (con un buitre parado sobre el cartel) que ahora dan paso al místico Presbyterian Church en el que un puñado de colonos comienza a parar los primeros tablones en la tierra húmeda para construir el pueblo. Cuando -como público- arribamos a este lugar, la iglesia que da el nombre al poblado aún no está terminada y tendremos el privilegio de ver cómo es coronada por la cruz.
A este lugar llegan John McCabe (Warren Beatty) y Constance Miller (Julie Christie) para levantar el primer edificio de madera pulida y barnizada, al cual no es posible ingresar sin estar recién bañado: La casa de huifas. A partir de este negocio y su intransigente norma, el caserío comienza a transformarse en un pueblo moderno. Presbytherian Church no es un lugar poblado y regentado por valientes cowboys ni fieros sheriffs, sino por ciudadanos que tratan de hincarle el diente al destino a ver si es que se le puede sacar algo de pulpa jugosa. Pero cuando la pega difícil esté hecha, llegará una de las primeras grandes corporaciones americanas (el mismo “malo” de Once Upon a Time in the West) a comprar a precio de huevo los terrenos para transformarlos en centro minero y comenzar la explotación.
McCabe, dueño de la mayor cantidad de predios, intenta sacar el mejor provecho de la situación. Si hay que poner un precio más alto se pide más, si hay que acobardarse y desdecirse pues se hace y si hay que rajar a esconderse de los matones, pues patitas pa’ que te quiero. La violencia sólo aparece como un acto testosterónico y descerebrado, ya sea si es perpetrada por un mozalbete valentón o por los grandes poderes económicos buscando zanjar discusiones. Además, somos forzados a mirar el cadáver. Cómo sin demasiada espectacuaridad cae al agua, cómo amaga un restito de vida y, finalmente, se extingue sin remedio. La muerte no es cosa ligera cuando el western está a cargo del director de Gosford Park y Shortcuts.
Aunque Altman no es autor de finales trágicos o destinos aciagos, ese tempo reposado y los recovecos por los que caminan sus personajes cubren la historia con una sensación de amenaza permanente. “McCabe” se mueve con dulce pesadez, como salir a caminar por una mañana por el barro silvestre, o escuchar el “Songs of Leonard Cohen”.















Este blog utiliza
A propósito de Altman y de Raymond Carver, qué gran adaptación fue Short Cuts. Merecen unas líneas suyas, estimadísimo señor Garcés.
Shortcuts es increíble. Me voy a embolsar esa compilación en cuanto la vea por ahí tiradita en un persa. Sólo entonces me sentiría con las patas para tirar unas líneas.