Óscar Contardo: “La idea de clase media que existe en Chile es la de un tránsito, un lugar no para habitar sino un corredor”.
15 Enero 2009 2 comentarios
El último fenómeno editorial de no ficción. Un texto que olisquea en los salones, y en las peculiares costumbres de casi todos los que andamos por aquí. Esas extrañas formas de emular al que está más arriba, cueste lo que cueste, con tal de superar una inferioridad asumida con patetismo. Es Siútico, libro escrito por el periodista Óscar Contardo, un certero recorrido por la historia del arribismo en Chile; construido con saludables cuotas de humor negro y afilados apuntes. A medio camino entre el ensayo y la crónica. Con los ecos de Edwards Bello y Blest Gana en las espaldas.
¿Cómo surge la idea de escribir un libro que hablase sobre el arribismo social?
La idea no parte de mí sino de Andrea Palet quien fue también la editora de La Era Ochentena. Ella me propone hacer un libro que se relacione en algo con la obra sobre los esnobs de William Thackeray; un tipo de libro que no me interesaba hacer realmente. No tengo nada en contra de los textos que se venden bien y que se cuelgan de la clasificación de categorías sociales discriminatorias. Podría sonar a desprecio pero no lo es, sobre todo viviendo dentro una cultura como la chilena en que se le muy poco y que a su vez discrimina a la gente que compra aquellos libros de entretención. Le di la vuelta durante algún tiempo al tema del libro hasta que di con una estructura, que es compleja, pero que no debía notarse en la lectura, y que debía poseer una visión crítica de los rasgos culturales más potentes de la sociedad chilena: la discriminación, la obediencia y la jerarquía.
Imagino ya tenías un acercamiento o reflexión anterior acerca de este tema.
Sí, claro. Hay cosas que son tan notorias sobre las cuales la gente no reflexiona. Por ejemplo, la distribución del ingreso que para mí no es un tema económico sino cultural, y es esto lo que ayuda a que la inequidad permanezca. Así ocurre también con el lenguaje que contiene distintas formas de autoagresión que son muy fuertes pero a la vez triviales y que pueden parecer inofensivas. Este es el juego entre lo cotidiano y lo feroz que se da por sentado como una descripción de realidad.
Aceptar de manos cruzadas situaciones de feroz desigualdad.
Al ver los resultados de la PSU es terrible constatar que la gran mayoría del país estudia en colegios que no obtendrán jamás buenos resultados y que el discurso político se base sólo en el esfuerzo por avanzar. Cada vez más la brecha entre las expectativas cifradas por el discurso político y la realidad es más fuerte. No es que antes todo fuera mejor, particularmente en Chile todo tiempo pasado fue peor. Quizá una de las cosas más extrañas que ocurren en Chile es esa nostalgia por un tiempo pasado; cuando Ricardo Lagos dijo algo sobre la violencia política después del Golpe de Estado, bueno, no es muy diferente de lo que se vivió en diferentes períodos de la Historia de Chile. Hay un libro del historiador norteamericano Brian Loverman que describe cómo la violencia política fue incluso más descarnada durante varios momentos de la República.
Hay un capítulo en tu libro en que hablas del supuesto mito de la clase media, un discurso que se ha hecho bastante fuerte, por ejemplo en eso de decir que se debe recuperar el acceso gratuito y universal a la universidad.
Eso es una mentira espantosa pero fácil de desmentir. En 1950, apenas el 5% de la población en la cohorte de entrar a la universidad terminaba ingresando. Claro, esta élite estudiaba gratis, venía de ciertos liceos públicos, pero en ningún caso hablamos de una educación masiva; también había un porcentaje de hijos de empleados públicos y profesores que logró ingresar a la universidad, pero bastante reducido. No hablamos de la cobertura universal que existía en Argentina. Hacia 1920 el grupo que representaba la clase media en Chile era miserable, nunca ha existido una clase media con una identidad fuerte en Chile; lo que sí existe son grupos de ingresos medios que han tratado de asimilar ciertas costumbres de la clase dirigente.
Te refieres a aquella gente que, por ejemplo, vive en Macul en villas con nombres que imitan sectores del barrio alto, como Villa Altos del Jazmín.
Siempre está la idea de separarse de lo de abajo, que es una forma de construir identidad pero una bastante vacía por lo demás. La idea de clase media que existe en Chile es la de un tránsito, un lugar no para habitar sino un corredor y la vez idealmente se habla de una clase media que existió en algún momento: profesional, de empleados de la burocracia estatal, la gente que eligió a Frei Montalva; pero no es un grupo social con límites precisos, ni una cultura propia, es casi una especie de collage. La familia de clase media que aparece en la serie de Los Ochenta es muy específica; la capacidad de cajón de sastre que tiene este término es muy grande. Sebastián Piñera dice que es de clase media porque es hijo de un empleado público, pero en realidad su padre era un diplomático y su madre tenía apellido Echenique.
¿Qué sucede con esa clase media que aparece en Los Ochenta?
Es representativa de un sector pequeño, y está muy bien construida. El padre es un cesante de las fábricas textiles que quebraron con la crisis de 1982, descalabro que se venía arrastrando desde antes, primero con las expropiaciones durante la Unidad Popular, y después con el inicio de las importaciones desde Oriente. Es un operario o supervisor que pertenece a un sector pequeño: claro en Chile había industria pero entonces aún era muy débil. Todo está sujeto el tema del desarrollo económico, otro tema interesante. Los sectores medios que surgen a partir de la prosperidad económica de fines de la Dictadura y de los años noventa tienen matices bien diferentes a lo que aparece en la serie, y bastante distintos también a esa clase media imaginaria de Ñuñoa que aludían Aylwin y otros personeros de la Concertación. Esta es una idea vaga que no se concreta, que se utiliza mucho en el discurso, que conforma y tranquiliza a la gente, sin hacerla sentir tan pobre o, en otros casos, tan privilegiados. Hay mucha gente cuica que en las encuestas les cuesta reconocer que son de clase alta, arrojando resultados dignos de Bélgica, porque según la encuesta el 80% del país pertenece a la clase media.
¿Se puede hablar de una clase media, según la estratificación económica o, por el contrario, de ciertas pequeñas burguesías?
Es bien difícil hablar en Chile de una clase media. Depende mucho de la educación formal; el tema educacional es el hilo más débil del asunto, y en esto se refleja muy bien lo que es el país. Una suerte de sálvese quien pueda del pozo infinito de la pobreza: quien esté más a salvo se le podrá llamar de clase media. Una operación de salvataje. Es un juego de reflejo; la idea que uno tiene de clase media, como prosperidad económica familiar, de lo que es estabilidad y la realidad educacional por otro lado, están muy relacionadas. Lograr matricular a los hijos en un colegio privado en la gran aspiración actual, y lo que hace que una familia se identifique más como de clase media.
Cuando uno termina de leer tu libro queda la impresión de que es casi imposible escapar del ansia de arribismo, sobre todo tomando en cuenta nuestra tradición provinciana y agraria.
Mi punto no es no ser arribista, porque no es un libro aleccionador. Todos somos arribistas; en el esquema social, movernos es querer vivir mejor. Vivimos en la fantasía de la movilidad social como ideal. Creo que el desacomodo que puede existir al concluir el libro va por otro lado: en reconocerse dentro de ese juego, de ver cuán poco ha cambiado todo y a pesar de todo. Si uno lee Martín Rivas, un libro escrito en 1862, uno se da cuenta de que han habido muchas ideas de moda a lo largo de los años. El libro aparece antes de que se popularizara el concepto de clase social, la lucha de clases y el proletariado. Antes de Balmaceda, de Aguirre Cerda, antes de la Revolución Rusa y, paradójicamente, parece que no hubiera cambiado nada. Los códigos siguen siendo los mismos, un poco más modernizados pero a fin de cuentas no tan diferentes. La distancia que hay entre el discurso y la práctica, la capacidad que tenemos todos de clasificar y discriminar; la importancia que tiene la obediencia en la sociedad chilena.
El arribista chileno nunca piensa en superar a su referente.
Es víctima y victimario. Un personaje que obedece las reglas porque solo así conseguirá un respeto que ansía, pero que a su vez denuncia al que está más abajo para crear una ilusión de distancia, de no estar en el mismo lugar del otro. No es una cultura que estimule la creatividad, el cambio ni el ingenio, sino todo lo contrario: premia la sujeción a la norma.
¿Qué ocurre, por ejemplo, con el ocultamiento del carácter racista del chileno?
Hay un tema que uno vive pero que no quiere aceptar, que es el del mestizaje. En Chile no somos racistas porque no hay negros, por ejemplo. Varios se ofenderían profundamente si les preguntaran por algún antepasado indígena a pesar de que tiene una cara que uno diría claro, por qué no. La idea del blanqueamiento es muy potente, no obstante una gran mayoría somos mestizos. En Estados Unidos, por ejemplo, acaba de ganar las elecciones un ciudadano negro que responde a una minoría; hay lugares de aquel país en que no ves gente de color. En Chile, al contrario, aunque somos mestizos, es difícil concebir que uno de éstos que haya estudiado en un colegio público asuma la Presidencia de la República. En esta diferencia influyen, por ejemplo, que en Estados Unidos haya habido un movimiento de defensa de los derechos civiles y que además los afroamericanos no crean ser una cosa distinta a lo que realmente son.
Marcabas diferencias con el escenario argentino, por ejemplo.
Sí, hay similitudes en cuanto a la presencia del mestizaje. Sin embargo, ellos tuvieron una inmigración masiva a diferencia de Chile, que es una sociedad mucho más cerrada, aislada y mirando hacia ninguna parte. Esto nos hace muy distintos.
¿Cómo construiste aquellos casos de siúticos que ilustran el comienzo de cada uno de los capítulos del libro? ¿Surgieron a partir del reporteo, o de casos que ya conocías?
Claro, la idea es que funcionaran como ilustraciones de lo que se expondría en el capítulo, del mismo modo que una enciclopedia del cuerpo humano. Algunos casos están basados en alguna pequeña anécdota, otros tratan sobre personas que conozco, pero todos han sido ficcionados, los personajes, no lo qué ocurre en ellos que sí responde a la realidad.
Hay algunos casos que responden a temáticas patéticas, como esa adolescente sureña, de colegio público, que intenta amigarse con una compañera de ascendencia catalana pero sumida en la decadencia económica.
Todo termina siendo bien triste, en dimensiones distintas, pero acaban de una forma igualmente trágica por el juego que se despliega incluso más allá del mismo personaje. Todo hemos visto algunos de estos casos; si tuviera alguna intención de que esto sirviera para algo sería el señalar un hecho, un detalle del cuadro completo que el lector mirará y pondrá atención.
¿Utilizaste autores o textos para guiar la elaboración de tu libro?
No me interesaba que Siútico fuese la imitación de ningún libro o autor. Sí, en cambio, recoger cómo aparece a lo largo de la historia el término siútico en la literatura chilena, ya que siempre aparece como algo propio de Chile. Los clásicos, Joaquín Edwards Bello y Benjamín Subercaseaux, por ejemplo, tocan el tema racial que posteriormente dejaría de tratarse. Edwards Bello tiene cosas bastantes agudas sobre cómo acomodar categorías de la aristocracia europea a la realidad nacional y cómo no pueden encajar finalmente. Lo que me ocurre con sus crónicas es que se ensaña un poco con el siútico pero sin entregar un contexto: cosas como en qué trabajaba la gente, qué hacían los ricos, cómo era Santiago en 1920, los barrios elegantes. El número de profesionales apenas eran unos cientos, según las estadísticas. Un país donde no había fábricas, albergando sueños de modernidad que se traducían en proyectos de mejoramiento arquitectónico como el Parque Centenario, el Museo de Bellas Artes, el paseo del Cerro Santa Lucía. Sin embargo, unas cuadras más allá estaba el campo y el hacinamiento de la pobreza. Hablar también sobre la distancia que antes era más simbólica; la gente de mayor prosapia tenía que toparse con los pobres más a menudo. Me aburren muchísimo esas reflexiones tales como nos juntábamos en la plaza y todos éramos felices, y había árboles y pajaritos. No, eso pasaba en la hacienda y no la ciudad.
Esa estratificación de sectores sigue existiendo.
Ahora es más explícita. En la causa original de la crisis del Transantiago, en la distancia de los barrios, en la feroz segmentación existente. De lo contrario, no habría necesidad de miles de buses que cruzaran la ciudad una y otra vez. Una ciudad y su urbanismo tardío, Santiago, la única gran ciudad en Chile, donde está el poder.
Santiago nunca desarrolló un modelo urbanístico transversal.
Hay una obsesión por lo urbano, porque se relaciona con lo moderno. Santiago cada vez ha ido pareciéndose más a Los Ángeles, donde nadie camina y todo está circundado por autopistas. Claro, Los Ángeles es una ciudad desarrollada vital para la industria automotriz, pero Chile no posee industria automotriz. Las casonas con estucado de yeso, como las de calle Ejército, el neoclasicismo, la importancia del Estado en el barrio cívico, el modernismo social de las torres de San Borja, la ciudad jardín en Providencia, todos han sido islotes urbanos.
A partir del auge económico ha sido posible para los siúticos escamotearse de mejor manera: en la tecnología, los viajes al extranjero, la compra de automóviles.
Hubo más plata y apareció un segmento no tan pequeño que tuvo acceso a esta prosperidad, mejorando sus condiciones. Y al convertirse en algo más o menos masivo, nadie va a estar fijándose y poniéndole nombre a esa condición, salvo por la aristocracia que son las familias más antiguas. Para los nuevos ricos ellos se transforman en una meta a alcanzar.
La aristocracia nunca utilizó la plata como símbolo de estatus.
No, la aristocracia castellano-vasca venía del agro y ésta no es una riqueza como las que se forjan de las minas de Copiapó; su poder residía en la tierra, la hacienda, en la relación con los inquilinos, que se extiende a Santiago a través de la política. Son endogámicos, construyendo un nosotros que otorga identidad y esto no depende de la plata, no únicamente. Para el que empieza a ganar millones en el escenario del libre mercado, esos símbolos de estatus empiezan a cobrar sentido: una membresía en el club de golf no sólo se gana con plata, hay que conseguir una aprobación de un comité y aquí operan ciertos códigos y muletillas.
¿Cómo se explica esa anomalía que es el abajista, ese tipo que baja a los suburbios en busca de una conexión con las clases populares?
En un momento estuvo identificado con la política, durante los sesenta y principios de los setenta: el pije que se mete a partidos de izquierda para abogar por los más necesitados. Como ejemplo, están la directiva del PS, gran parte del MIR, y la idea del cura obrero. Una vez que las ideologías caen en el descrédito, aparece una nueva forma de atribuirle a las clases sociales populares un valor en sí mismo, como una suerte de turismo, de valor de lo exótico, y de lo que nos acercaría a convertirnos en un país con diversidad. Usualmente, los sectores sociales en Chile no mantienen contacto fuera de sí mismos; las relaciones siempre se sostienen entre quienes provienen del mismo lugar social. Esto hace que sea muy atractivo para ciertos tipos del barrio alto, donde su medio es súper uniforme, ven las mismas caras, asisten ciertas universidades y carreras, conocer otros parajes. Hay un discurso progresista que apela a un modelo internacional que dice que en los países de mayor prosperidad uno ve gente distinta. Esto implica buscar cosas nuevas lo que se traduce en bajar, ir a la Piojera aunque sea una desastre; no entiendo porque la gente va para allá, es horrible. Claro, representa una cantina chilena típica, que no es de barra ancha sino pobretona, más cercana a una ramada, frágil, sin demasiado atractivo.
¿Cómo observas la efervescencia que ha provocado la edición de Siútico?
Me gusta cuando le gente me dice que quedó con pena al terminar el libro, más que cuando me dicen que me rieron. Me provoca satisfacción el que provoque incomodidad.
Sí, provoca pena ver casos de gente que pareciera no tener otra alternativa para avanzar que ceder a la estrategia del arribismo, tendiendo una mano al vacío. Me refiero al caso de aquel niño que vive en una población de Avenida Santa Rosa y asiste a una escuela apadrinada por un establecimiento del barrio alto.
Sí, a uno le toca conocer gente que sabemos les será muy difícil conseguir algo mejor, a pesar de que tengan el empeño y la capacidad, pero que se enfrentan con una realidad que los hará permanecer en un lugar de relegación. Y no es tan difícil encontrar esos casos. Claro, ahora hay espacios de encuentro como la música, el cine, la literatura, cosa que hace 50 años no era posible. Así bien, para los protagonistas de la historia del libro les es muy duro constatar las diferencias que tienen no obstante sus afinidades. Me resultaba interesante, además, mostrar que la madre esforzada y viuda que ha sacado a sus hijos adelante también es capaz de establecer diferencias, por ejemplo, con los canutos del barrio. Es una constante transversal, los grupos siguen las mismas normas. Esto posibilita que la gente se reconozca como victimarios.
Es como lo que ocurre en el Chavo del Ocho. Doña Florinda vive en el mismo cité de mala muerte que Don Ramón pero ningunea a sus vecinos y los trata como chusma, intentando diferenciarse.
Claro, ocurre algo similar.














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La mejor forme de leer “Siútico” es entendiendo de antemano que te vas a encontrar escrito entre sus páginas. Tiene partes para reírse a carcajadas y otras tan graciosas como un médico explicándote exactamente dónde está localizado el cáncer y la forma en que se irá expandiendo inexorablemente hacia el esófago.
Ojalá volvamos a oír luego de Óscar Contardo, en lo que a publicaciones se refiere.
Contardo!!! púdrete.