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Big-Bang en el oriente

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7 enero 2009
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Introvertido y, en apariencia, dócil. El joven Akira dará a conocer su terruño al mundo.

Introvertido y, en apariencia, dócil. El joven Akira dará a conocer su terruño al mundo.

Un terremoto y el consecuente incendio a gran escala que se desata han arrasado con numerosos edificios en Tokio. El bohemio Heigo toma de la mano a su hermano pequeño y lo lleva a ver las ruinas. Lo regaña duramente y lo obliga a mirar los restos del desastre. Las construcciones resquebradas, cuerpos mutilados y el horripilante olor a carne quemada. “Un viaje para vencer el miedo” lo llama. Heigo se suicida años después junto a su novia, mientras su hermano menor -Akira Kurosawa- busca un horizonte laboral en la industria cinematográfica japonesa.

La infancia y la juventud de Kurosawa están marcadas por imágenes de violencia. El incendio en Tokio, la sábana ensangrentada que cobija el cadáver de su hermano, un perro blanco rebanado por un tren y, por supuesto, el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. No es de extrañar entonces que gran parte de su filmografía esté centrada en ella, ni que uno de los atentados más furiosos y agresivos contra la misma esté en una comedia suya de 1961 que, como dato anecdótico, encendió la mecha del Spaghetti Western.

“Yojimbo” se centra en un personaje del Japón feudal ya presentado antes por el cineasta. Un ronin, samurái errante a causa de la pérdida de su señor feudal a manos de alguna refriega entre lores. Interpretado por Toshiro Mifune, el vagabundo llega a una pequeña aldea de calles desiertas. Nadie sale simplemente a dar un paseo o a tomar el sol, pues podría ser fatal. El villorrio está asolado por la lucha entre dos bandos liderados por Seibei y Ushi-Tora, dominadores cada quien de alguno de los esmirriados bienes que tiene el pueblo que ofrecer: un puñado de prostitutas, una destilería de sake, UN revólver, algo de seda y supongo que se me olvida otra cosa más. Luego de hacer migas con el tabernero -quien lo pone al corriente de la situación- el protagonista se lanza a la maquiavélica tarea de manipular a ambas facciones, ofreciéndose como mercenario (yojimbo) para unirse a sus filas y azuzándolos para que paren las escaramuzas insignificantes y se lancen a una batalla campal que termine por exterminarlos a todos.

Perros que ladran. Sanjuro (en la torre) disfruta de su creación.

Perros que ladran. Sanjuro (en la torre) disfruta de su creación.

El pasado de nuestro amigo es oscuro, muchísimo más que el de Los Siete Samurais, tanto así que se niega a dar su nombre cuando se lo preguntan, e improvisa el de Sanjuro Kuwabatake, sólo por dar un nombre anodino según él mismo explica (afortunadamente para el público occidental). Pero eso no es lo único que lo aleja del clásico septeto. Sanjuro no está movido por el sentido de responsabilidad ni la necesidad de paga. Virtuoso espadachín y brillante titiritero, se da a la tarea de destruir a los violentistas por el puro placer de hacerlo. Mata por exhibicionismo, se aleja, vuelve, cagüinea un poco y se aleja de nuevo para presenciar su obra a carcajadas. Cuando realiza uno de los pocos momentos de altruismo a favor de una humilde familia, Kurosawa se encarga de dejarnos en la duda. ¿Es compasión o puro desprecio? Sanjuro arroja al suelo una treintena de piezas de oro. Los beneficiados se lanzan de rodillas a llorar agradecimientos.

_¡¡Lárguense pronto. Detesto a la gente patética!!
Aunque eminentemente un cineasta oriental, Kurosawa es uno de los insignes y grandes directores que comienzan a diluir los límites de la nacionalidad cinematográfica. Se adjudicó el recelo (o la envidia) de la escena japonesa por la facilidad con que occidente se daba a llenar las salas y premiar sus trabajos. Su negativa a depender demasiado del diálogo es responsable principal de esta empatía instantánea y el voluptuoso manejo de imágenes termina por clavar la pelota en el arco. Masaru Sato, el compositor, mezcla también sonidos japoneses más tradicionales con música de tintes hollywoodenses y es su partitura la que le da ese aire de ridiculez y patetismo al derramamiento de sangre.

El profundo océano cinematográfico en un solo plano de Kurosawa.

El profundo océano cinematográfico en un solo plano de Kurosawa.

Tan atractivo resultó al resto del globo que -era que no- pronto se dio el paso siguiente a la admiración. La estética Kurosawa fue emulada por los cinco rincones del planeta tanto en remakes -The Magnificent Seven (de Los Siete Samurai) y A Fistfull of Dollars (de Yojimbo)- como en nuestra propia tragedia épica Caliche Sangriento de mano de Helvio Soto.

Y basta de cháchara. Un canapecito de parte de Surruido, su página regalona.

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